A medida que se acerque el 9 de noviembre veremos aumentar los intentos de crear un clima de violencia en Cataluña. No una violencia desatada, pero sí una violencia conceptual y estratégicamente orquestada que permita al Estado construir el relato mediático, de puertas afuera, de una Cataluña al borde del abismo. La frase de Aznar, “antes se romperá la unidad de Cataluña que la de España”, lo resume muy bien. Se trata de hacer creer al mundo, con la colaboración de algunas cabezas de puente catalanas del nacionalismo español, como Alicia Sánchez-Camacho, Albert Rivera, Enric Millo, Pere Navarro, Maurici Lucena, etc., que en Cataluña una gravísima fractura social fruto del proceso independentista. Es decir, que si no hubiera independentismo no habría fractura. El fracturador es el independentista, el fracturador es el sujeto que tiene la osadía de querer ser tan libre como el dueño.
“Qué buenos eran aquellos tiempos, en que los catalanes se mostraban callados, miedosos, sumisos, obedientes y desmemoriados y bastaba echarles un grito para agacharan la cabeza, pidieran perdón y se portaran bien, muy bien”. Así es como piensan todos aquellos que, ya sea desde la derecha o desde la izquierda, siempre han compartido el principio básico del franquismo: la unidad de España. Su suerte fue que Cataluña estaba nacionalmente aturdida y no necesitaban significarse. Eran tiempos en que la izquierda española y sus tambores catalanes podían marcar distancias con la caverna haciéndose pasar por catalanistas, progresistas y demócratas de toda la vida. Ahora, sin embargo, Cataluña se ha despertado, la comedia ha terminado y las máscaras han caído. Y ahí están, PP, Ciudadanos y PSOE de Cataluña hermanados contra el derecho democrático más elemental: el derecho de toda colectividad a decidir su futuro por medio de las urnas.
Será necesario, por tanto, una vez situados en este punto, mucha sangre fría y no caer en provocaciones. La respuesta firme, serena e imperturbable les exaspera mucho más que el ‘grand guignol’. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de una gente que se ha sentido muy cómoda mientras el status quo les favorecía. La conciencia nacional, como decíamos, estaba en estado letárgico, el independentismo era minoritario y de la conversión de Cataluña en un Estado libre como Austria o Dinamarca sólo se hablaba en voz baja y como si fuera la quimera del tío excéntrico de la familia. Ahora, mira por donde, la situación se ha invertido, han salido dos millones de personas a la calle, el independentismo es mayoritario y la quimera está a punto de transformarse en realidad. Y, mientras tanto, los inmovilistas se pellizcan y no se lo creen. Se sienten tan perdidos y asombrados como un actor al que le han cambiado el decorado habitual en medio de una representación teatral.
Pero no debemos menospreciar este asombro, porque no evitará que jueguen sucio. Ellos tienen a su alcance todos los instrumentos del poder y los utilizarán como han hecho siempre, por la vía de la fuerza. Por ello -salvo que Europa les obligue- no permitirán nunca ningún tipo de consulta. Por una parte, porque tienen la convicción de que la perderían, y por otro, porque, fuera cual fuera el resultado, supondría un reconocimiento de la subjetividad jurídica de Cataluña, es decir, de la nación catalana. Y las manifestaciones de Alicia Sánchez-Camacho, diciendo que “la nación catalana no ha existido nunca”, forman parte de este ideario. El ideario de la FAES. La FAES, eso sí, necesita de ignorantes que le hagan el trabajo sucio, y Camacho, diciendo sin el más mínimo sentido del ridículo que “la nación catalana no ha existido nunca”, demuestra ser la ignorante perfecta.
Ya lo vemos, pues: son mentirosos, soberbios y capaces de grandes bajezas para conseguir sus propósitos, y seguirán tensando la cuerda a fin de empujar a una crispación y una quiebra que puedan ser filmadas y que les sirvan de coartada para actuar militarmente. Quien espere algo mejor, se equivoca. Estamos hablando de un gobierno que pone medallas a nazis, que calumnia impunemente el presidente de Cataluña, que lo tacha de loco porque deja que la gente se exprese en las urnas, que criminaliza el derecho de decidir, que se niega a condenar el franquismo, que se niega a pedir perdón por el asesinato del presidente Companys, que se niega a reconocer la ejecución de Salvador Puig Antich como crimen de Estado, que tiene como objetivo el exterminio de la lengua catalana y que dispara balas de goma y gases lacrimógenos contra inmigrantes indefensos que llegan nadando a sus aguas con un resultado de quince muertos. Estamos hablando de un gobierno del que sólo se puede esperar violencia, mucha violencia. No caigamos, pues, en su trampa. A su violencia, opongamos la nuestra inteligencia.
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