Así respira Ucrania

Si hubiera que resumir el estado de la opinión pública ucraniana sobre el destino de su país, el sentir mayoritario podría ser, al día de hoy, el siguiente: sí a la unidad e independencia del Estado ucraniano y sí a unas buenas y fluidas relaciones amistosas con Rusia. Así lo sugiere la última encuesta disponible realizada por el Instituto KMIS de Kíev entre el 21 y el 25 de febrero y divulgada ayer por medios en sintonía con el contestado gobierno pro-occidental instalado en la capital.

Un 68% declara que Ucrania y Rusia deben seguir siendo países independientes pero amigos, con fronteras abiertas, sin visados ni aduanas (Opción 1). Otro 12,5% lleva la amistad hasta el extremo de la disolución nacional del Estado ucraniano para fundirse en un único Estado con Rusia (Opción 2). Finalmente, un 14,7% favorece que la relación con Rusia sea tan estricta como la que correspondería a cualquier otro estado: con fronteras, visados y aduanas (Opción 3).

El problema es que ese sentir que sugiere un sentido común mayoritario hacia una solución de consenso y equilibrio, tiene una distribución regional muy contrastada, lo que lo convierte en algo mucho más complejo y dramático capaz de abonar un escenario de federalización o partición del país, especialmente teniendo en cuenta la negativa influencia de los dos grandes vecinos: Rusia y Euroatlántida.

Dividido en cuatro sectores geográficos (Este, Sur, Centro y Oeste) la Opción 1 vence en todas partes (72,2% en el Este, la región más rusófila; 63,8% en el Sur –que incluye la península de Crimea ocupada por Rusia-; 69,7% en el Centro; y 66,7% en el Oeste, que incluye la región de Galitzia que perteneció al Imperio austro-húngaro y que en su mayoría solo se integró en la Rusia soviética en 1945.

La Opción 2, renunciar a la independencia de Ucrania y reunificarse con Rusia en un único Estado, solo la apoya el 0,7% de la opinión en el Oeste, el 5,4% en el Centro, el 19,4% en el Sur y el 25,8% en el Este más rusófilo.

El panorama que arroja la Opción 3, que contiene una sugerencia de firmeza y cerrazón hacia el vecino ruso, con fronteras estrictas, solo la apoya el 2% de la opinión del Este de Ucrania y el 10,5% del Sur. Sin embargo, en el Centro y en el Oeste está posición, muy bien representada en el actual gobierno pro-occidental de Kíev, encuentra muchos más partidarios: 20,9% (Centro) y 24% (Oeste), respectivamente.

Pero, por importante que sea, la relación con Rusia es sólo un aspecto de la actual crisis. Preguntados, en febrero, por el motivo de las protestas en la plaza central de Kíev (Maidán), la mayoría (43%) respondía que “el enfado hacia el régimen corrupto (del Presidente) Yanukovich”. Otro 30% explicaba la protesta en la “influencia occidental que quiere atraer a Ucrania hacia la órbita de sus intereses”.

Respecto a la responsabilidad por la escalada del conflicto en Kíev, un 49% culpaba a Yanukovich, entre el 21 y el 25 de febrero cuando la victoria de la oposición parecía total y aún no había aparecido una fuerte protesta “anti-Maidán” en el Este y el Sur del país. Otro 34% culpaba a la oposición. Una vez más: todas estas opiniones reflejan un vivo contraste regional dentro del país.

Siendo el deseo de buenas relaciones con Rusia y el deseo de mantener la independencia e integridad del Estado ucraniano, los dos ejes de la situación, quien sea visto como una amenaza para cualquiera de ellos se desprestigiará. Esto afecta tanto a los jugadores locales, como a los imperios que rodean el país.

El gobierno de Kíev se ha desprestigiado y no representa al conjunto del país por su rusofobia y porque el grueso de sus miembros proceden del Oeste o son magnates en la órbita occidental. Por otro lado Putin se desprestigia también por ser visto como amenaza a la integridad e independencia de la nación y por apoyarse en magnates cuyos negocios están relacionados con Rusia.

Tanto el deseo occidental de una Ucrania contra Rusia, como el de Putin que para evitarlo pone en cuestión la integridad territorial del país con la ocupación militar de un trozo de ella, chocan con el consenso mayoritario. Ninguna de las dos cosas gustan, pero ¿cual es más decisiva para configurar “el promedio” de la opinión pública ucraniana? En lo que este conflicto depende del estado de la opinión pública –quizá no mucho- estos son factores a tener en cuenta.

¿Cuál es el motivo de la protesta popular en Kíev? Ucrania – Rusia

La influencia occidental que quiere a Ucrania en su órbita: 30% – 43%

El ambiente nacionalista: 26% – 31%

El enfado por la corrupción del régimen de Yanukovich: 43% – 17%

Deseo de liberarse del dictado de Rusia: 12% – 11%

Deseo de que Ucrania sea civilizada como Europa: 27% – 12%

Sentido de la dignidad y rechazo de la arbitrariedad: 25% – 11%

Protesta ante la dureza de los antidisturbios: 26% – 4%

Otros: 5% – 1% No sabe, no contesta: 9% – 13%

(*) FUENTES: Centro Levada / Instituto Internacional de Sociología de Kíev (KMIS)

Fuente: http://blogs.lavanguardia.com/berlin/?p=595

 

Ucrania no quiere violencia y pide diálogo

Rafael Poch de Feliu

La Vanguardia

 

El 68% de la población quiere independencia con relaciones amistosas y fluidas con Rusia. Fuentes militares de Estados Unidos reconocen que Rusia se ha hecho con el pleno control militar de Crimea.

Mientras el partido de la no violencia y de una independencia nacional con intensas y amistosas relaciones con Rusia es claramente mayoritario en el país, según la última encuesta disponible, fuentes militares de Estados Unidos reconocen que Moscú ya tiene, “el pleno control operativo de la Península de Crimea”, territorio ancestral ruso mayoritariamente poblado por rusos pero que pertenece a Ucrania y que, alegando inestabilidad, Moscú ha ocupado ilegalmente.

En Balaclava, base de la armada, una nueva unidad ucraniana se rinde: la mitad de los soldados firman por Crimea (léase Rusia), la otra mitad optan por Ucrania y se van tras firmar un papel. En otra un ultimátum de fuerzas rusas anoche que éstas desmentían: los ucranianos tienen órdenes de Kíev de no usar armas, pero cualquier incidente armado con muertos en territorio ocupado significaría un desastre para la operacion de Putin.

En la capital, donde desde hace una semana hay un gobierno pro occidental a todos los efectos (UE, OTAN y FMI), se percibe desencanto. Creían tener todo el poder y se reconocen débiles. No solo por lo de Crimea. No solo porque sus adversarios – el “anti Maidán”- andan crecidos y a la ofensiva en el Sur y el Este del país, con asaltos a sedes de gobierno regionales en Odesa, Donetsk y otras ciudades donde minorías radicales piden referéndums para emular el estatuto de Crimea -el asalto de Odesa lo presencié sobre la una de la tarde-, sino también porque perciben cierta división entre sus protectores.

Síntomas de división entre Estados Unidos y Alemania, cuyo sector empresarial tiene muchos intereses en Rusia y teme que mantener la línea radical (con ayudantes polacos y script de Washington) no conduzca a ninguna parte.

De la tensión de esa división (“Fuck the EU”, decía el 25 de enero una alta funcionaria de EE.UU en una conversación telefónica que fue grabada) resultaba una filtración con efecto cizaña: según la Casa Blanca, Merkel dice que en su conversación telefónica de ayer con Putin, el presidente ruso parecía, “haber perdido el sentido de la realidad”.

En cualquier caso hay tufillo de paso atrás en el ambiente. “Practicar la diplomacia no es debilidad”, dice el ministro de exteriores alemán Frank-Walter Steinmeier en Bruselas. En Ginebra su colega ruso, Sergei Lavrov, apela a los pro occidentales de Kíev a respetar el acuerdo para formar un gobierno “inclusivo” que represente a todo el país que firmaron el 21 de febrero con el ausente presidente Victor Yanukovich bajo mediación de la U.E.

John Kerry, el secretario de Estado americano, llegaba anoche a Kíev mientras las potencias se retiran del encuentro del G-8 que debía celebrarse en Sochi. “Será un perjuicio para el G-7, no para Rusia”, decía chulesco en Moscú el portavoz de Putin, Dmitri Pskov. “Quienes interpretan nuestras acciones como una especie de agresión y nos amenazan con sanciones y boicots son los mismos que han estado animando a sus aliados (en Kíev) a declarar ultimátums y renunciar al diálogo”, dice Lavrov.

El paso atrás es necesario por Ucrania, un país en alto riesgo que necesita un mediador para iniciar distensión. Si alguien con autoridad fundara el “Movimiento contra la violencia en Ucrania” se llevaría al país de calle. ¿Pero quién? Quienes tienen autoridad en el oeste y en el centro del país, no son reconocidos en el este y el sur, y viceversa. Las Iglesias están divididas y más bien contribuyen a la radicalización. ¿Un mediador internacional?: la UE es parte del problema, Rusia también. Secuestrada por una “comunidad internacional” que no pasa de representar al 5% de la población mundial, la ONU apenas existe… Ucrania pide a gritos un acuerdo. Un 68% quiere que Ucrania y Rusia sean países independientes pero amigos, con fronteras abiertas y sin aduanas, según la última encuesta disponible. Un 12,5% prefiere reunificación con un único estado (en Rusia lo quiere un 16%), y un 14,7% quiere que los dos países mantengan relaciones normales, es decir con fronteras, visados y aduanas estrictas. Los radicales son clara minoría pero determinan la situación.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/internacional/20140304/54402768702/ucrania.html

 

¡Que vienen los rumanos!

Rafael Poch

La Vanguardia

Un periodista y un diputado rumanos publican en el diario Adevarul de Bucarest – heredero de “Scinteia”, el “Pravda” de Ceaucescu- y en su blog, respectivamente, una reflexión sobre la necesidad de defender a la minoría rumana en Ucrania, ahora que éste país entra en riesgo de guerra civil. “Una Ucrania desmembrada ofrece la ocasión para recuperar la Bucovina, Besarabia y la región de Odesa”, escribe Ninel Peia, secretario de la “Comisión para la Diáspora” en Bucarest. “¿Está nuestro ejército preparado?”, dice.

El 20 de febrero, en plena batalla campal en el centro de Kiev, la noticia aparece en Rossiskaya Gazeta, portavoz oficial del Kremlin: “el ejército rumano se prepara para intervenir en Ucrania el día 26”. Es la operación “Romania Mare”, una invasión en toda regla con el objetivo de “anexionarse” aquellos territorios que Rumania ocupó a la URSS entre 1941 y 1944 de la mano de los nazis. El plan se ha adoptado, “sin consulta con la OTAN, ni permiso de Berlín”, afirma el diario. Inmediatamente la noticia circula por determinadas webs de la región de Odesa.

“Es una fantasía y una provocación”, me dice Emil Rapcea, cónsul general de Rumania en Odesa y ex embajador en Kazajstán. “A Ninel Peia se le considera un cretino en Bucarest, nadie le ha hecho caso”, explica otra fuente rumana. El cónsul aventura que quizá “alguien pagó” para que se escribieran esas cosas. Y añade: “¿Acaso son rumanas las tropas que han entrado en Crimea?”.

Lo que se ve en la península, por lo menos de momento, es una operación perfecta; toma de infraestructuras, centros neurálgicos, movilización de líderes populares, cambio de gobierno local. Uno tras otro hasta cinco mandos militares ucranianos de Crimea reniegan de Kíev, con gran efecto sicológico. Nada parece haber sido dejado a la improvisación. Es obvio que la inteligencia militar rusa, y no solo la militar, preparó esta arriesgada respuesta con años de antelación. Casi tantos años como el empeño del otro imperio por arrastrar a Ucrania al regazo de la OTAN y realizar el sueño de los halcones de Washington y Bruselas: amarrar sus barcos en Sebastopol y Balaclava, las bases militares rusas de Crimea, escenarios de seculares glorias militares ruso-soviéticas y decir, “!aquí estoy yo¡”. Como meter el Yuri Dolgoruki, un submarino estratégico ruso de última generación en el puerto de San Diego. ¿Absurdo? En esta quimera geopolítica de machos, la OTAN se ha encontrado con la horma de su zapato: “!Hasta aquí hemos llegado”¡, ha dicho el Kremlin.

Desde la misma disolución de la URSS (1991) y la siguiente independencia de Ucrania, todas las encuestas de opinión han ofrecido una mayoría de ucranianos hostiles al ingreso de su país en la OTAN. Esa realidad, así como una mínima atención a los intereses de seguridad de Rusia (ese país existe, tiene fronteras e incluso intereses comerciales con sus vecinos, que no pueden reducirse a “imperialismo”), habrían aconsejado un estatuto de neutralidad para Ucrania, pero a base de dinero, influencias, inversiones en medios de comunicación y “centros de estudios estratégicos independientes”, compra de magnates y operando siempre sobre la identidad nacional (antirusa) de un sector minoritario del pueblo ucraniano, mayormente del Oeste del país, el asunto se ha forzado. Para hacer la tortilla, incendiamos la cocina.

En la última Conferencia de Seguridad de Munich, el gran cónclave euro-atlántico anual de halcones militaristas, el Secretario General de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, dijo que “Ucrania tiene que tener la libertad para elegir” si entra o no en la OTAN.

“Habría sido mucho más sabio decir, “Ucrania eligió el no alineamiento y nosotros lo respetamos”, observa el comentarista de The Guardian Jonathan Steele, un veterano ex corresponsal en Moscú.

En lo que tiene de pulso imperial, la batalla de Ucrania, cuyo último capítulo ha sido esa mezcla de revuelta popular y cambio de régimen inducido desde Occidente, lo ha puesto todo hecho unos zorros. Se dice que el servicio secreto polaco ha financiado a los neonazis del “Pravy Sektor” en Kíev. La Fundación Konrad Adenauer de la canciller Merkel ha financiado al opositor Vitali Klichkó, los americanos a otros. ¿Y qué decir del Canal 5 de la tele ucraniana, del magnate atlantista Petró Poroshenko (quinta fortuna del país), con conexión directa con “La Voz de América”, el principal medio de comunicación del nuevo gobierno de Kíev? Todavía no ha mentado que entre los caídos en las violencias de Kiev hay unos cuantos policías muertos por arma de fuego – ya tengo once nombres anotados y contrastados en mi libreta, pero dicen que hay más. Esto es muchas cosas, pero también es un festival de intoxicaciones. Y en la respuesta que estamos observando del otro lado, se trata de lo mismo.

En el anti-Maidán que está ahora en plena efervescencia aquí en Odesa y en todo el sur este de Ucrania, hay mucho de organizado, de agitadores radicales activados, sostenidos y pagados desde Moscú. Los estoy viendo cada día. La televisión rusa, que cubre Ucrania con histérica manipulación, forma parte del mismo esfuerzo. Lo del “¡Que vienen los rumanos¡” no es más que su expresión más burda, pero el rastro de todo esto se percibe por igual en Crimea, en Odesa, en Donetsk, en Jarkov y en muchos otros lugares. Sí, también Moscú promociona y moviliza, a su manera, “la sociedad civil”.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/internacional/20140304/54401988040/rumanos.html