El hecho que tuvo lugar en Sant Celoni (Barcelona) el 8 de febrero, en el que dos agentes de la Guardia Civil fueron pillados en la plaza de la Villa tomando nota de los pisos que tenían una estelada en el balcón, es de una gravedad extrema. Sí, ya sabemos que, visto el revuelo que se ha creado, la Guardia Civil ahora lo niega -¿qué puede decir, si no?-, pero tiene tanta credibilidad como María de los Llanos de Luna. El franquismo siempre ha estado aquí, no se ha ido nunca, y si hasta ahora tenía poca visibilidad era porque la sumisión de los catalanes lo hacía innecesario. Ahora, todo ha cambiado. El gobierno español ha empezado a tomar conciencia de su debilidad y se ha asustado. Sabe que Cataluña se va y que no podrá hacer nada para impedirlo. Absolutamente nada. Salvo mucho ruido y de acciones totalitarias, como la prohibición de banderas, tildándolas de anticonstitucionales, en las finales de la Copa del Rey de baloncesto y de fútbol. Si se pudiera respirar en catalán también sería anticonstitucional.
Como digo, la identificación de personas en función de su color político nos traslada a las criminalizaciones que hacía el franquismo y nos recuerda que el poder de España está en manos de sus herederos ideológicos, lo que debe ser denunciada en el Parlamento Europeo para que el mundo vea que en pleno siglo XXI las autoridades españolas persiguen los mismos símbolos de libertad que perseguía aquel régimen totalitario. No podremos impedir que, vestidos de paisano, continúen tomando nota de los catalanes que cuelgan una bandera en el balcón, pero la denuncia internacional neutralizará sus intenciones -ya lo está haciendo- y recordará que el Estado que hace esto es el mismo que ya fue seriamente advertido por la Comisión Europea por banalizar el nazismo. Lo mejor de todo es que cada reacción española contra Cataluña no sólo no logra sus objetivos, sino que tiene un efecto boomerang que evidencia aún más, ante el mundo, que el conflicto entre el pueblo catalán y el Estado español es un conflicto entre dos sentidos antagónicos de la vida: respetuoso y democrático, el primero; agresivo y totalitario, el segundo. La estaca está a punto de caer y nosotros nos estamos preparando para celebrarlo. Con esteladas (banderas estrelladas), naturalmente.
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