No me parecen acertados, los argumentos aducidos por la Federación Escocesa de Fútbol como respuesta a la propuesta realizada por Andreu Subies, presidente de la Federación Catalana, de jugar un partido con las respectivas selecciones. Escocia no quiso jugar el pasado 30 de diciembre con Cataluña -finalmente lo hizo Cabo Verde- y tampoco lo quiere hacer este año 2014 como fiesta previa a los referendos de independencia de ambos países. Dice Escocia que no puede aceptar la invitación porque Cataluña no es miembro de la FIFA ni de la UEFA y que, por consiguiente, el partido no aportaría nada al currículo de su selección. Escocia, incluso, se pone de pie, mira a Cataluña por encima del hombro y añade que no juega nunca con naciones no reconocidas. Magnífico. El gobierno español debe estar contento de oírlo.
Esta decisión de Escocia, en todo caso, es lamentable por varias razones . En primer lugar porque, observando su desolador palmarés internacional, no parece que haya sacado mucho provecho del hecho de ser una nación futbolísticamente reconocida. Y si añadimos que no es un Estado, sus ínfulas aún resultan más tristes. Justo lo contrario de estados auténticos como Argentina y Brasil -dos potencias futbolísticas mundiales-, que no han hecho ascos a jugar partidos amistosos con Cataluña a pesar de saber que no puntuarían en su brillante historial.
Por otra parte, de una nación como Escocia, inmersa en un proceso político casi idéntico al de Cataluña, se espera receptividad y sintonía, no menosprecio y petulancia. Cataluña y Escocia son dos antiguas naciones de Europa que el azar ha situado juntas en una misma encrucijada histórica y resulta absurdo, por no decir ridículo, que una de las dos aproveche sus migajas para hacer cosquillas a la otra en lugar de propiciar una mutua colaboración en el camino para convertirse en estados libres e independientes. Escocia debería alardear menos ante Cataluña y recordar que la vida da muchas vueltas. No sea que un día se encuentre que quien ríe primero llora el último.








