Me parece que el nuevo obispo de Tortosa, el valenciano Enrique Benavent, ha reflexionado muy poco sobre los derechos históricos de los pueblos, por más que dice ser su defensor inflamado. Salvo, claro, que sólo lo sea de algunos pueblos, no de todos. Dice el obispo Benavent: “Yo defiendo los derechos históricos de las personas, los países y de las tierras”. Muy bien, es bueno escuchar. Hace pensar que un obispo así nunca hará ascos a defender los derechos históricos de Cataluña y que se pondrá al lado de la mayoría de la sociedad catalana en su reivindicación de ser un Estado independiente. Pues resulta que no. Resulta que monseñor Benavent huye del estudio y dice que no se puede pronunciar porque “no todos los cristianos comparten este objetivo y se pueden sentir incómodos”.
Situados en este punto, cabe preguntar a monseñor Benavent: ¿está seguro de que la independencia de Cataluña es el único tema en el que no coinciden todos los cristianos? ¿En todo el resto de temas opinan exactamente lo mismo? ¿No hay diversidad de cristianos y cuando has conocido a uno los has conocido a todos? A mí me parece que no. Y supongo que monseñor Benavent estará de acuerdo. Por ejemplo, hay muchísimos cristianos que no comparten la jerarquía machista de la Iglesia sin que, no obstante, su juicio sea tenido en cuenta por las rígidas estructuras vaticanas. ¿Qué hace que la incomodidad de los cristianos progresistas no cuente para nada mientras que la comodidad de los cristianos españolistas sea sagrada? Curioso.
Quizá monseñor Benavent nos pueda explicar qué entiende por defender “los derechos históricos de los países” y por qué los derechos históricos de Cataluña no merecen que él los defienda. ¿Dónde está escrito que la restitución de un derecho o la reparación de una injusticia sólo pueden ser defendidas desde la unanimidad? Un derecho es un derecho aunque el beneficiario no sea consciente de que lo tiene, y una injusticia sigue siendo una injusticia aunque la víctima no la perciba como tal. Por tanto, monseñor Benavent no puede rehuir el pronunciamiento personal en un tema de derecho democrático y de justicia social como la independencia de Cataluña. No hay nada, salvo la fuerza de las armas, que pueda obligar a un pueblo a vivir subordinado a otro pueblo, y la Iglesia, si no quiere vivir al margen de la realidad y de los derechos humanos, debe apoyar a todo pueblo que defiende su derecho a la libertad, sea cual sea el pensamiento individual de sus fieles. De lo contrario se convierte en una secta.








