Pocos conocen los orígenes históricos de Suiza. El país alpino se forjó a partir de una antigua alianza de valles y ciudades para resistir al dominio de los agresivos imperios que le rodeaban. Una alianza que, siglo tras siglo, iba acumulando voluntariamente adeptos que sentían la necesidad de resistir al dominio del Sacro Imperio, al del reino de Francia, o de las incursiones de las potencias europeas que anhelaban expansionarse a costa de cualquier pueblo. Suiza, con dimensiones geográficas y demográficas similares a las de Cataluña, tiene su mérito, ya que se trata de una nación fruto de la adición de territorios con lenguas, tradiciones y religiones heterogéneas. Y sin embargo, desde hace siglos ejemplifica el éxito de cómo un país puede sobrevivir en condiciones geográficas, económicas y geopolíticas adversas. Y sin embargo, siendo una isla dentro de la Unión Europea, es una de las economías más abiertas y pujantes. No será casualidad, esta reticencia a fundirse en un macroestado, dominado además por los herederos de sus enemigos ancestrales, teniendo en cuenta que quizás por no tener que asumir directivas europeas puede disponer de un sector agrícola que ocupa más personas que en cualquier otro país de la UE o con una industria que ocupa el 26% de la población activa y representa el 34% del PIB. O, aún más importante, que se permite un sistema de democracia directa que se convierte, hasta el momento, en el principal cortafuegos respecto a la ola neoliberal proveniente del consenso de Washington y de las crecientes imposiciones de Berlín. Y es precisamente debido a su sistema confederal y de democracia directa que ha permanecido al margen de una UE que cada vez más, por acción y pensamiento, recuerda a los viejos imperios que a lo largo de los siglos, tanto sufrimiento han causado en Europa .
La creación de una Europa unida fue una excelente idea, pésimamente ejecutada. Ciertamente, la tradición continental de vivir en conflictos bélicos permanentes causó demasiadas tragedias. Después de esta especie de guerra de los treinta años que los europeos vivimos a lo largo del siglo XX, era absolutamente necesario buscar un mecanismo de mantenimiento de la paz que pudiera asegurar una cierta prosperidad y convivencia en un territorio tan heterogéneo. Una convergencia política, fundamentada en la armonización de intereses económicos, pareció una buena opción… mientras los europeos se adentraban en políticas de bienestar e igualdad social. Sin embargo, a partir del momento en que el neoliberalismo ha ido dominando como dogma político, en el que las élites europeas decidieron romper el consenso socialdemócrata, la UE ha marcado una involución política y social que nos ha llevado a la impotencia colectiva y a la depresión económica actual.
El Tratado de Maastricht, de 1992, con una serie de draconianas imposiciones, marca ese punto de inflexión que ha transformado el sueño europeo en pesadilla. Posteriormente, la idea de una unión monetaria ha terminado forjando una Europa a dos velocidades. La renuncia de los estados a su soberanía ha acabado convirtiéndose en un robo a gran escala de la soberanía ciudadana, ya que a los europeos no nos dejan decidir sobre el modelo político o económico que anhelamos. De hecho, cuando irlandeses, holandeses y franceses han respondido negativamente a los tratados europeos, se les ha ignorado olímpicamente. Cuando algún candidato, caso de Syriza o Grillo, cuestiona el dogma neoliberal, Bruselas, la maquinaria europea interviene desvergonzadamente. Cuando Berlín empuja a la miseria a los mediterráneos, ningún órgano comunitario mueve ningún dedo. Y a pesar de una retórica legalista, a pesar de una elitista cultura jurídica, a la hora de la verdad, y por intereses poco confesables, los criterios se flexibilizan (para expandirse hacia el antiguo bloque del este, para cerrar las puertas a Turquía o para acoger en la Unión Monetaria a estados sin los mínimos requisitos) mientras terminan siendo lobbistas poderosos los que redactan las directivas que los europeos debemos comer con patatas. Unas directivas, por otra parte, que son las que impulsan el desmantelamiento del estado del bienestar, la potenciación de las privatizaciones y la sumisión de los bolsillos de los ciudadanos a los banqueros alemanes y a los especuladores financieros londinenses. Lo peor de todo es el papel de una Alemania que, un siglo después de su fracaso a la hora de intentar imponer su hegemonía continental vía militar, ahora la está consiguiendo vía económica y burocrática. En realidad, es el espíritu prusiano el que ha tomado, desde su unificación, las riendas de las instituciones europeas, y quien dicta unas políticas que favorecen a los junkers contemporáneos. Y ya sabemos qué sucede cuando los alemanes intentan imponer su manera de vivir: la catástrofe humanitaria es asegurada.
Todo ello nos indica una verdad que nos atañe. De la misma manera que los suizos, una frágil y sólida nación que fue creada para protegerse de los grandes imperios que la rodeaban, una futura independencia de Cataluña se debería considerar como una oportunidad para librarse de una Unión Europea que ha perdido atractivo para los europeos. Como los suizos, partimos de una geopolítica desfavorable, de una historia convulsa y de unos recursos naturales escasos, más allá de nuestra voluntad de ser. Una independencia catalana, a la suiza, al margen de Madrid y Bruselas, fundamentada en democracia directa, estado del bienestar y expulsión de políticas neoliberales podría convertirse en la gran contribución catalana a Europa, porque serviría para poner en evidencia la deriva imperial de la actual Unión. Porque, de hecho, desgraciadamente, Europa ya hace tiempo que dejó de ser solución para convertirse en problema.







