En el año 1913 -se ha escrito muchas veces- la aristocracia europea vivía en un mundo de balnearios elegantes, yates magníficos, levitas, sombreros, largas faldas y sombrillas, pero los viejos monarcas que habían marcado la pauta de este mundo estaban desapareciendo. En Viena, el viejo emperador Francisco-José había cumplido 83 años y hacía 64 que reinaba. En Inglaterra, no sólo la reina Victoria sino también a su hijo -el rey Eduardo VII- habían muerto. La desaparición del rey Eduardo dejó a su sobrino -el emperador de Alemania Guillermo II- como la figura descollante de la realeza europea. El káiser, que se cambiaba de uniforme cinco veces al día, miraba con desprecio a sus dos apacibles primos -los tres eran nietos de la reina Victoria- que ocupaban los tronos de Inglaterra (Jorge V) y Rusia (Nicolás II).
Pero aquel año 1913, sin que casi nadie se diera cuenta, todo este mundo estaba al borde del abismo. En un plazo de cinco años, tres imperios europeos desaparecerían, tres emperadores morirían o irían al exilio, y las antiguas dinastías de los Habsburgo, los Hohenzollern y los Romanov serían derribadas. Veinte millones de hombres y mujeres, aristócratas y plebeyos por igual, morirían. “Las lámparas se apagan en toda Europa -dijo Edwards Grey, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, mientras contemplaba las luces de Whitehall la noche de 1914 en que la Gran Bretaña y Alemania entraron en guerra-. No volveremos a verlas encendidas antes de morir”. ¿Qué había pasado? Es sorprendente, pero aleccionador, que Eric Hobsbawm diga que “es totalmente seguro que ningún gobierno de una gran potencia, en los años anteriores a 1914, deseaba una guerra general europea”. Ciertamente, las potencias no eran pacíficas -menos aún pacifistas- y se preparaban para la guerra, pero el factor desencadenante del conflicto fue la convicción de que la guerra era inevitable, por lo que algunos gobiernos decidieron que era necesario elegir el momento más favorable para desencadenarla. ¿No era mejor empezar la lucha -se preguntaron- antes de que la situación fuera menos favorable? Hasta el final de su vida, Gavrilo Princip –el asesino del archiduque Francisco-Fernando en Sarajevo- no pudo creer que su insignificante acción hubiera puesto el mundo en llamas.
¿Y por qué la guerra era considerada inevitable? Parece claro que el desarrollo capitalista llevó inevitablemente al mundo en la dirección de la rivalidad entre los estados, a la expansión imperialista, al enfrentamiento y a la guerra. La rivalidad nacional para conquistar los mercados mundiales, los recursos materiales y el control de determinadas regiones como Oriente Próximo y Oriente Medio, fueron las causas directas de la guerra. Y detrás de esta realidad había una idea clave: la inevitable correlación entre crecimiento económico y poder político. O, dicho de otro modo, la convicción de que, cuanto más poderosa sea la economía de un país, más hegemónica debe ser su posición nacional como Estado nación. Como afirma el pensamiento nacionalista alemán: ” Heute Deutschland, Morgen, die ganze Welt “, es decir,” Hoy Alemania, mañana el mundo entero”. Había producido la fusión de la política y la economía. La rivalidad política internacional se establecía en función del crecimiento y de la competitividad de la economía. No es extraño, por tanto, que esta guerra llevara la revolución, inicialmente la revolución rusa, pero, más en general, la revolución como una constante mundial en la historia de todo el siglo XX: la humanidad necesitaba una alternativa. Es lógico, por tanto, que la Revolución de Octubre originara el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna, que pretendió crear un sistema alternativo y superior al capitalismo.
Este espejismo se consumió por completo hace un cuarto de siglo, lo que no significó “el fin de la historia”, sino, en algún sentido, el retorno de la historia, otra vez dominada por el hecho económico, hasta el punto de que ha recuperado plena vigencia la vieja fórmula de que poder económico es igual a poder político, de forma que quien tiene el poder económico ejerce una hegemonía de hecho sobre todos aquellos que están dentro de su ámbito de influencia. En el fondo, cuando se habla de la disyuntiva entre una “Alemania europea” y una “Europa alemana”, se está haciendo referencia al posible regreso de una Alemania económicamente poderosa, que imponga su hegemonía, en beneficio propio, sobre los otros países europeos. Esta posibilidad, que era muy remota en el año 1953 -cuando Thomas Mann exhortó a sus compatriotas, en un discurso que pronunció en Hamburgo, para que nunca más se esforzaran en conseguir una “Europa alemana”-, es hoy un riesgo real, a consecuencia de la crisis del euro, gracias a la cual la principal potencia económica del continente está en situación de dictar el hoja de ruta a las naciones más afectadas por la crisis. No es extraño que Jürgen Habermas haya escrito estas palabras: “El redescubrimiento del Estado nacional alemán, las nuevas formas de una política que avanza sin brújula y a corto plazo, y el acuerdo de la clase político-mediática son razones suficientes para pensar que a la política le falta aliento para un proyecto tan grande como la unión de Europa”. Y, si esto es así, ¿cómo salir de este callejón sin salida? Según el mismo Habermas, “puede ser que la mirada hacia arriba, hacia las élites políticas y los medios, se equivoque de dirección. Es posible que la motivación que falta ahora tan sólo pueda proceder de abajo, de la sociedad civil”. Puede ser. El colapso de las clases dirigentes hace prever que serán incapaces de iniciar un proceso de regeneración.
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