El vaso de los recuerdos: Nafarroa Oinez 2012

MAITE me entregó el vaso de plástico reciclable… y me di cuenta, con sorpresa, que en su fondo, vibraban los recuerdos de cuarenta años de mi vida. De nuestra vida. De la vida de una comunidad que comenzó una valiente andadura desde el dolor de ver agonizar la lengua natal. La lengua navarrorum.

Pude ver en el fondo transparente de mi vaso el mapa que mi marido, Pello Irujo, después de una reunión con Atxa Jauna, extendió ante mis ojos deslumbrados, del seminario del Verbo Divino, en Zizur Txiki, con sus edificios rodeados de un campo inmenso, donde se instalaría la ikastola que desde sus inicios clandestinos podría, al fin, tener sitio digno para el empeño que la sostenía: recuperación del idioma perdido y modernidad de sistemas educativos.

Cuando aquella compra se efectuó y nuestros hijos/as pudieron acceder a ese paraíso, al menos eso nos parecía, los padres solíamos comentar, no del gasto económico al que nos comprometimos, sino del olor a campo que portaban los niños/as en sus personas, y hasta nos ufanábamos del barro que cubría sus ropas y botas.

Confiábamos que Atxa Jauna llevaría con aptitud la dirección de la ikastola que encomendábamos en sus manos, como así fue, y que el plantel de profesores estuviera a la altura de semejante misión. Como lo fue. Les entregábamos a nuestros hijos/as para que los formaran de acuerdo a nuestra tradición, pero les exigíamos que hicieran de ellos personas de valer. Creo que el pacto se cumplió.

En el fondo del vaso estaban también las caras de mis niños, de aquellos otros niños/as que formaban la familia de ikastola. Eran caras preciosas… algunos no están ya con nosotros. Quiero recordar especialmente, en nombre de los que faltan, a Mikel Yaben y a Estanis Aranzadi. Ambos entrañablemente queridos, uno amigo de mis hijos, y Estanis, algo mayor, que me informó, como si fuera cosa sin importancia, que no estaba seguro de que homologaran sus estudios por la reticencia oficial operante.

Pero fue cosa que superamos, como también el reto de mantener aulas iluminadas, campo abierto para que los niños/as juguetearan, una biblioteca, cuyo fondo bibliográfico es muy bueno, soportes informáticos, acrecentar los locales, mejorar las instalaciones deportivas, mantener la calidad del servicio del comedor, y la atención que el mismo requiere para la nutrición de los alumnos/as. Y la asistencia de buses que acercaban a la entonces lejana ikastola a la Iruña que empezaba a crecer fuera de sus murallas.

Y en el fondo del vaso vi las caras de otra nueva generación, menos afectada por los problemas políticos que hicieron arduos los comienzos del centro educativo, pero plenamente integrados en el espíritu que lo hizo caminar. Vi los rostros sonrientes, alegres y confiados de mis nietos/as, y de los otros nietos/as y sentí por ello, complacencia. Porque reflejaban, y lo aventuro, personalidades que crecen arraigados en sus raíces milenarias e identitarias, adquiriendo su lenguaje, el más viejo y enigmático de los lenguajes europeos, sin perder contacto con lo universal. Rostros de niños/as que se encaran al pasado, al presente y al futuro sin miedos a represalias, sin temor a demostrar los sentimientos de su esencia, y con el propósito de desarrollar sus personalidades plenas en el futuro que les toca afrontar.

En el fondo del vaso, más borrosas pero presentes, vi los rostros de generaciones antecedentes que fueron burladas y recriminadas por hablar euskara, desoyendo el mandato de Detxepare, de sacarlo de la casa a las plazas… y vi más cosas, algunas muy íntimas para ser reveladas, otras muy profundas para ser expresadas, todas mezcladas con ese vago orgullo de haber emprendido una empresa y verla desarrollarse con una magnitud mayor que la prevista en nuestros sueños, que algunos tildaron de románticos. Y sí que fuimos románticos, sin dejar de ser prácticos, porque pusimos ilusión en un proyecto rompedor y lo llevamos a cabo sin tapujos, y quienes tenemos la suerte de poderlo gozar en este día del Nafarroa Oinez, sentimos la realización del viejo anhelo vasco de ser dirigentes de nuestra propia educación, cosa que por siglos, se nos ha negado.

Así que, cuando me di cuenta, el vaso estaba rebosante de esos recuerdos, alegres y tristes… y lo llevé conmigo en mi trasiego del circuito del Nafarroa Oinez, aferrado a mi mano, como si cuarenta años de remembranza pudieran brotar de él como el gigante de la lámpara de Aladino. Y no me importó la humedad de la lluvia persistente, y cuando salió el sol al mediodía, me alegré por su luz y su calor, y cuando llegó la tarde, pensé que podía descansar, que el relevo generacional estaba cumplido. Era más de lo que podía esperarse, así que me sentí rica en lo que es esencial: la satisfacción de la labor realizada a plenitud.

http://www.noticiasdenavarra.com/2012/10/27/opinion/colaboracion/el-vaso-de-los-recuerdos-nafarroa-oinez-2012