El combate de un escritor

ENTRE los meses de julio y octubre de 1952 apareció, por entregas, en la revista Novy Mir la que sería la primera de una dilogía esencial en la historia de la literatura soviética y universal. Por una causa justa (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2011) sería continuada años más tarde por Vida y destino (GG/CL, 2007); podría hablarse de trilogía, si añadimos la novela inconclusa, Todo fluye (GG/CL, 2008) del autor Vasili Grossman (1905-1964).

La existencia de este ingeniero metido a periodista fue vivida con intensidad y sin descanso. Admirador de Lenin y esperanzado con la revolución de octubre no llegó a afiliarse al partido comunista. Cuando los nazis comenzaron su marcha invasora hacia el este, Grossman que no pudo enrolarse debido a sus problemas de miopía, consiguió ser admitido como corresponsal de guerra para la revista del Ejército Rojo, Estrella Roja, labor que desempeñó entre 1941 y 1945. En primera línea vivió las maldades de la guerra en el cerco de Stalingrado, las muertes provocadas por la hambruna; participó en el avance hacia el oeste siendo testigo de las masacres al por mayor cometidas, con los judíos, por los nacionalsocialistas en tierras ucranianas y viendo sur place el horror de los campos de Treblinka y Majdanek; hasta posteriormente entrar en la capital del Tercer Reich, Berlín. De estas andanzas, y sus crónicas, queda fiel testimonio en Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945, editado por Anthony Beevor y Luba Vinogradova (Crítica, 2006), y también en Años de guerra (GG/CL, 2009).

A lo largo de este periplo por el espanto, su visión del mundo se fue transformando al ver hechos y comportamientos difíciles de soportar por cualquier humano con sensibilidad; podría hablarse de una verdadera conversión provocada fundamentalmente por el descubrimiento del odio hacia los judíos (cuestión que a él nunca le había preocupado ya que se consideraba “ateo e internacionalista”) profesado por los invasores que acabaron con poblaciones enteras, entre ellas con su localidad natal Berditchev, Ucrania, en cuyo gueto todos sus habitantes fueron asesinados, entre ellos su madre; el siniestro espectáculo de los stalag antes nombrados profundizaron esta conciencia de la que hablo. Sobre tales prácticas asesinas le fue encargado por el comité central del partido la realización, junto a Ilya Ehrenburg, de El libro negro sobre el exterminio de los judíos en la URSS y en Polonia(1941-1945) (GG/CL, 2012); sea dicho al pasar, que los materiales de esta investigación sirvieron como pruebas en los juicios de Nuremberg. La desconfianza que él palpaba en las filas militares con respecto a los judíos, se fue traduciendo en una política diseñada desde la propia nomenklatura hacia los judíos como se mostraba en las una y mil dificultades que hubieron de sortear los autores del Libro negro, la férrea censura que intentaba que no se subrayase el carácter judío de las víctimas (pues esto supondría caer en el ‘nacionalismo burgués’, además de hacer el juego al sionismo) pues según decían todas las víctimas eran soviéticas, a lo que se sumaba la prohibición expresa de denunciar la colaboración con las tropas invasoras de algunos ucranianos, letones, polacos, etc. pues esto sería sembrar la discordia en el seno del pueblo; con recelo se veían igualmente las relaciones con quienes apoyaban el libro mentado desde Occidente, en especial desde EEUU, impulsados especialmente por Albert Einstein, pues esto podía suponer cierto contagio con los modos de vida ajenos al soviético. Estas cortapisas de las que hablo imposibilitaban de hecho la publicación de la obra, previamente encargada, a no ser en pequeñas dosis y en revistas escritas en yidis, lo que hacía que el acceso a tales escritos de denuncia solo pudiesen llegar a lectores judíos.

La culminación de este anti-semitismo se tradujo, de manera más rotunda, en la eliminación física de los miembros del CJA (Comité Antifascista Judío) por su supuesta colaboración con el sionismo y por su propósito anti-soviético de crear un estado propio en tierras de la URSS. Si el nombrado fue un juicio-farsa, no de menor calado fue la campaña contra el ‘cosmopolitismo’ y el posterior ‘complot de los blusas blancas’, médicos a los que se acusaba de intentar envenenar a cuadros del Partido. Así, Grossman veía con claridad que la judeofobia no era exclusiva de los nazis, ni tampoco era cosa del pasado con los salvajes progroms (invento ruso), ni por los demenciales ‘Protocolos de los Sabios de Sión’ que alimentaba la teoría del complot judío para hacerse con el dominio del mundo, mensaje -que luego se demostraría que era un trabajo encargado por el zar a un docto clérigo- que por cierto se extendió más allá de las fronteras rusas para llegar hasta el otro lado del charco (y si no que se lo pregunten al mismísimo Rooselvelt, que llegó a picar el anzuelo), sino que empapaba la totalidad del tejido social de los países encuadrados en la URSS, desde el último campesino hasta la mismísima cúpula del Estado.

Todos estos aspectos que señalo fueron convirtiendo a Grossman, que anteriormente había asistido impasible a los procesos moscovitas de finales de los años treinta, (entre los juzgados o investigados había parientes suyos, y las molestias llegaron hasta su mujer, investigada por sus relaciones con su anterior marido) con aquellas demenciales acusaciones sobre el ‘centro terrorista trotskista-zinoievista’ o sobre el ‘bloque de derechistas y trotskistas’; hasta llegó a firmar alguna infame petición de que se aplicase ‘la pena de muerte’ a algunos de los juzgados/condenados. Los ojos se le fueron abriendo sobre la marcha y fue tomando honda conciencia de que no era posible mantener los ojos cerrados frente a la deriva que dirigía la marcha del país de los soviets. Todo esto va forjando su escritura y el combate por decir la verdad se va viendo que asciende desde su primera obra, que sigue los cánones del ‘realismo socialista’, a las posturas críticas explícitas que empapan sus siguientes obras.

Si Por una justa causa se publicó no sin problemas (casi cinco años de tiras y aflojas: que si quita esto y pon lo otro) y fue un éxito de lectores y ensalzado por los cuadros del partido al elogiarse en él la heroicidad de los soldados en su lucha contra el fascismo hitleriano, también es cierto que algunos echasen en falta los elogios al ‘gran estratega’ del Kremlin y un exceso de énfasis en el protagonismo de los judíos, las siguientes no vieron la luz hasta bastante después del fallecimiento de Grossman. La que para él era su obra fundamental, Vida y destino, finalizada en 1960, no pasó los trámites de la censura, es más la obra fue “detenida”, ya que los agentes que acudieron a su domicilio se llevaron todas las copias de la novela y hasta las hojas de calco como explica el atormentado escritor en su carta al primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Serguéyevich Jruschov (So- bre “Vida y destino”, GG/CL, 2008) ; en una entrevista que Grossman mantuvo con un responsable de la censura, este le dijo que su libro tardaría en ser publicado en la URSS al menos doscientos años. El escritor murió sin ver publicada su obra, que vio la luz en el extranjero allá por los ochenta, en versiones incompletas debido a que algunos de los microfilms que habían atravesado el telón de acero se perdieron (una muestra de lo que digo es la versión que publicó Seix Barral en 1985). La novela inacabada de nombre heracliteano, Todo fluye, no vio la luz hasta 1970, también en el extranjero con una primera edición en ruso.

Como queda señalado, las vivencias en vivo y en directo de Vasili Grossman fueron la materia prima de su escritura, que fue comparada con el Guerra y paz de Tólstoi, en la que este daba cuenta de la guerra contra los invasores napoleónicos. Este era el modelo que guiaba a Grossman y al que temía no poder alcanzar en su combate por “decir la verdad de la guerra”, y… de todo lo que la rodeaba.

Vasili Grossman, un combate contra el fascismo, por la libertad, por la verdad, por el amor, y…la bondad que en el fondo era lo que guiaba toda su actividad desde el principio hasta el fin; una escritura de guerra, una saga familiar, un canto al amor y a la verdad. “Es preciso conservar la memoria de las gentes de esta gran época. Somos los testigos y los certificadores de lo que un mal sombrío, mundial, hizo surgir sobre las vastas extensiones de Europa, aplastando, reduciendo a cenizas el bien, la moral y la vida misma”. Así Vasili Grossman, manteniendo en alto la dignidad de la literatura y su responsabilidad de cara al futuro… este “escritor de combate”, que dice su exhaustiva biógrafa Myriam Anissimov.

 

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