Entrevista con Carles Boix, profesor de política de la Universidad de Princeton· Comenta el estado actual de la política catalana y el proceso hacia el Estado propio
Todo se acelera. En política, en economía y en el ámbito de la transformación social. En todo el mundo y en nuestro país. La crisis financiera, el fracaso del estado autonómico y el avance social del independentismo sitúan a Cataluña en una encrucijada que hay que saber interpretar. Y hemos pedido a Carles Boix que lo haga. Boix es profesor de política y asuntos públicos de la Universidad de Princeton y autor del libro ‘Cartas yanquis'(Acontravent, 2012), en el que propone una carta de navegar del viaje catalán a Ítaca.
– ¿Como ven Cataluña desde los Estados Unidos?
– Ahora mismo acababa de ver la sesión de control del parlamento en casa y me ha hecho el efecto que estaba muy lejos, que las personas que hablaban todavía se dan mucho tiempo para llegar a algún lugar. He abierto el periódico y he leído artículos de algunos intelectuales con influencia sobre el partido del gobierno y sus respuestas me han parecido excesivamente prudentes. Las respuestas de la gente con una supuesta influencia a la pregunta de qué debe hacer el gobierno de Mas son muy etéreas.
– La sociedad ya es independentista…
– Me gustaría saber, no tanto la profundidad de este sentimiento, sino la extensión. Sigo pensando que en Cataluña hay tres tercios: el tercio comprometido que ha evolucionado a un independentismo completo; el tercio que por muchas razones e intereses es contrario, y el tercio que optará según la gestión que haga el gobierno. Y el hecho es que en unos casos el gobierno va delante y genera efervescencia, pero en otros, cuando está a punto de pasar algo, actúa para que no pase nada.
– El CEO habla de un 51% de independentistas.
– Los tercios que dibujo no deben entenderse como algo exacto. Es cierto que, cuando pides a la gente en frío si quieren la independencia, dicen que sí. Es un paso extraordinario que no habíamos visto nunca. Pero, cuando llegue el momento, habrá un debate en el que se expondrán posiciones muy diferentes y contrarias. Se utilizarán argumentos que, a pesar de no ser válidos, la gente tomará por buenos. Como el de las pensiones, el coste de quedarse fuera de Europa, etc. No serán ciertos, pero en muchos casos serán efectivos. No digo que no haya un 51% favorable a la independencia, sino que hay una parte que quizás se asustará.
Y esto liga con el hecho de que cuando pides cuál es el proyecto óptimo para Cataluña, hay un tercio que dice el Estado propio y otro tercio que dice un Estado federal. Por cierto, que nadie sabe qué quiere decir federal porque, como he dicho en algún artículo, los federales son los que quieren hacer la tortilla sin romper los huevos. A estos, se les debe explicar muy bien cuál es el camino y creo que se puede hacer bien. Pero es competencia del gobierno, si realmente quiere dar un paso de verdad.
– ¿Cuáles son los desencadenantes de los procesos de independencia?
– Si miramos los procesos que ha habido, casi todos se producen en un momento de quiebra de un Estado, normalmente autoritario, que en medio del barullo y descontrol no es capaz de ajustarse y acomodar las demandas de la periferia en una estructura de Estado más flexible. Por tanto, las olas de 1918, del 1945-50 con la descolonización, la ola del 1990 con la caída de la Unión Soviética, todas ocurren cuando se derrumban los imperios que el día anterior parecían sólidos y estables. Las independencias que no se han hecho así son una minoría. Serían los casos de Noruega o Finlandia, países con una cultura cívica de colonizados y colonizadores muy específica.
– ¿Y en nuestro caso?
– En el contexto catalán, el desencadenante es que con la estructura de gasto y de recursos que tiene Catalunya para gestionar la sanidad, la educación y muchos servicios más, tiene un sistema de financiación y de transferencias económicas extremadamente injusto. Hay un déficit tan grande que, acentuado por la crisis, el gobierno catalán debe endeudarse sistemáticamente para poder pagar las nóminas de los funcionarios. Y el balón se va haciendo cada día más grande. El gobierno español no responde, por todas las razones que ya sabemos. Y el gobierno de Artur Mas se verá obligado a dar un paso en alguna dirección en breve. Y eso es cuestión de pocos meses por el vencimiento de los bonos patrióticos.
– ¿La independencia pasa por CiU?
– Hay que tener en cuenta que, con toda su complejidad y sus familias, la CiU de hace dos años y de ahora no tienen mucho que ver. Tengo el convencimiento de que, cuando ganaron, no pensaban ni deseaban que todo iría como ha acabado yendo. Su apuesta era de ofrecer un pacto fiscal -si podía ser de máximos, mejor- y que no habría una mayoría absoluta en el congreso español, para poder volver a decir: ‘Vosotros queréis una transición nacional y eso es muy costoso y muy difícil de gestionar, y por eso os ofrecemos un primer paso’. Es eso que querían. Pero esta estrategia ya no se aguanta de ninguna manera. Ha fracasado.
– ¿Y qué hará ahora?
– No lo sé. Hay muchas convergencias. Seguro que no quieren la misma cosa ni a la misma velocidad Mas, Oriol Pujol, los jóvenes, etc. Pero es que la realidad corre más rápidamente, y esta es la oportunidad y también el problema. Porque hay que gestionarlo y hacerlo bien. Lo importante es saber, si el fracaso del pacto y el colapso financiero precipitan unas elecciones adelantadas, qué propuesta presentará CiU. ¿Buscarán una fórmula que les legitime para hacer la hacienda propia o serán más atrevidos y presentarán una propuesta de creación del Estado propio con un proceso constituyente claro? Esto cada uno se lo tiene que imaginar porque parece que nadie lo sabe de cierto.
– ¿Estamos preparados?
– El problema es que el paso que se haga requiere una serie de actuaciones y de preparaciones del gobierno de Cataluña que hagan creíble la posibilidad de hacerlo. Es aquí donde yo no veo ningún movimiento. En la corta distancia nos dicen que hacen cosas y que se mueven, pero yo todavía no he visto nada sólido y concreto que nos permita pensar que esto pasará. Y es claro que no queremos un 6 de octubre. Eso sería un desastre absoluto. No queremos ni épica, ni emoción… Esto debe evitarse y quién lo puede hacer es quien gobierna, que tiene mecanismos para hacerlo. El problema de CiU es que, si no hace ésto, no sé ver qué otra cosa puede hacer. Y por tanto, tiene que ponerse a ello. Y debe evitar a todo trance la épica del 6 de octubre, que hay una parte pequeña del movimiento independentista que vive del mismo. Y también ha de evitar lo que pasó el 6 de octubre: que quedemos entrampados en la política española. El error del 6 de octubre fue el de participar más en la pelea izquierda-derecha que en cuestiones catalanas. Hace unos días vimos a los mineros que bajaban de Asturias a Madrid a la vez que el gobierno de la Generalitat se peleaba fuerte con el del Estado… y el 6 de octubre fue estas dos cosas juntas. Esperemos que ahora no pase ésto.
– ¿La crisis favorece o perjudica el proceso de independencia?
– Es más la respuesta del gobierno español a la crisis lo que ayuda a reforzar y a ampliar la adhesión al proyecto independentista. En España no quieren compartir sacrificios, han construido un discurso de culpabilidad que empezó, hay que recordarlo, contra las cajas. Pero después de las cajas, en este proceso de culpabilización, están las autonomías. Efectivamente, hay autonomías que no funcionan porque el sistema español cuadra perfectamente con el modelo pésimo de construir un Estado preparado para descentralizar. Todo ello favorece el proceso. Pero también hay que tener en cuenta que esta crisis es continental y que los estados como Francia y Alemania tienen un papel muy determinante a la hora de tratar de resolverla, con más éxito o menos. Por lo tanto, les interesa muy poco que haya más inestabilidad en la península ibérica. Y eso también lo tenemos que tener en cuenta. En conclusión, la crisis tiene muchas caras y no podemos decir que nos favorezca o nos perjudique como un todo o nada.
– ¿Qué posibilidades de reconocimiento internacional tenemos?
– Completas. Totales. Si esto se hace bien, democráticamente y con transparencia, no hay ninguna razón para que la comunidad internacional no lo acepte. Salvo los países que tienen intereses muy concretos, como España, o los países que tienen minorías nacionales activas dentro, como China con el Tíbet y algunos más. El reconocimiento no debe llegar de todas partes al día siguiente. Puede haber un proceso de varios meses de consolidación. No puedo imaginar que Estados Unidos se opongan, si se propone bien la independencia. Por ejemplo, si Québec lo hubiera conseguido, EEUU no habría puesto ninguna pega y lo habrían reconocido.
– El factor Escocia, ¿qué juega?
– Escocia no será independiente. Por dos razones: una, porque no hay una mayoría -nosotros tenemos más mayoría que tiene Escocia-; y la otra, porque como la Gran Bretaña es un país racional, hará lo que hacen los países racionales. Cuando una minoría les pide la separación, como ocurrió con el Quebec y Canadá, no juegan a todo o nada, sino que dicen: ‘A ver, vosotros venís y me pedís la independencia. Yo sé que, si os concedo tal cosa y tal otra, los del centro, los moderados, preferirán quedarse y votar que no a la independencia que pagar el coste de transición’. Por eso el referéndum de Quebec siempre ha terminado en un 50% o en un 49%, porque los canadienses habían pagado lo que hacía falta para no perder. Y yo diría que en Inglaterra, en Gran Bretaña, pasará esto.
– ¿Cuál debe ser la primera decisión del día D?
– Cuando se ha llegado a este momento es que ya se han hecho todos los pasos correspondientes para tener las infraestructuras apropiadas para continuar gobernando tranquilamente. De hecho, ya tenemos algunas: policía, sanidad, educación, cuerpo de funcionarios… No tendremos que levantar una casa en un día. Creo que la parte más importante es la gestión del reconocimiento y empezar a decidir qué tipo de país queremos.
– ¿Y qué clase de país podemos ser?
– En Europa hay dos tipos de países: los grandes y los pequeños. Bueno, también están los del este de Europa, pero de los que funcionan hay de dos tipos. Los países pequeños funcionan muy bien. Suiza, los Países Bajos, Dinamarca, Escandinavia… Son países de nuestro tamaño y que funcionan como un reloj. Estos países, por alguna razón que algún día estudiaré, tienen mucha disciplina interna y cívica. También tienen pegas, pero vaya… Imagino que Cataluña quiere ser eso y no quiere ser una Sicilia independiente. Necesitamos un componente cívico que quizás sí tenemos. No tenemos la reforma protestante. La cuestión es cómo diseñaría instituciones para disciplinar a todos. Esto es una de las cosas que me preocupa más.
– ¿Cuál es el camino?
– Creo que Cataluña debe aspirar a ser un país tan bueno como sea posible. Debemos entender que somos un país pequeño, por lo que por un lado tenemos que gestionar nuestros recursos y debemos tener soberanía política. Para mí, la soberanía política significa ser cuerpo soberano con quienes son soberanos. Este es el concepto de la independencia de hoy. Pero Cataluña ha de entender que Europa es su espacio. Por tanto, en el mundo académico, de la investigación, de la industria…, si nos quedamos nosotros solos, es demasiado poco. Ésto es que lo nos pasa con España, que nos ahogamos porque es muy pequeña, porque no basta para competir y ser los mejores. Para ser los mejores tienes que competir: el mercado disciplina y crea virtud cívica, de verdad.







