Historia de dos ciudades levantinas

Solo un centenar de kilómetros separan Beirut de Damasco y si no fuese por el puesto fronterizo de Masnaa, el viaje sería rápido. La historia de estas dos ciudades, tan cercanas y diferentes, resume la historia contemporánea del Levante. Mientras hasta el principio del siglo XIX Beirut solo era una pequeña localidad de unos miles de habitantes, bajo el gobierno del pachá otomano de Sida, Damasco era una gran y monumental ciudad histórica heredera del esplendor del imperio Omeya y que en el siglo veinte estuvo a punto de ser capital del prometido estado árabe independiente, cuyo primer rey, Faisal, fue derrotado por los franceses. Es a partir del mandato de Francia en El Líbano que Beirut se occidentaliza, alejándose cada vez más del estilo árabe musulmán, muy comprometido con las tendencias políticas nacionalistas postcoloniales de la milenaria población damascena, ¨corazón de los arabes¨.

Beirut se convierte en obligado cruce de caminos entre el mar y la montaña, puerta de Occidente, centro de la renovación cultural nada cosmopolita y liviana -¨hay ciudades que tienen nombre de puta exótica¨ escribió Santiago Plomera-, espejo de identidades asesinas, mientras Damasco, ciudad ensimismada y recoleta seguía viviendo al ritmo de su historia, esforzándose como en tiempos de las Cruzadas en ser vanguardia de la resistencia árabe ante las sucesivas tentativas de penetración extranjeras.

La capital siria se convirtió en sede de un estado fuerte, a veces implacable, mientras que Beirut sigue siendo base de una república mercantil, de equilibrios muticonfesionales, muy vulnerable a toda suerte de influencias de Oriente y Occidente. El modelo de economía dirigista y el establecimiento desde 1963 del régimen del Baas, con su lema de ¨unidad, libertad y socialismo¨, ahondo las diferencias entre ambas capitales. Beirut, la ciudad de la pólvora y jazmín, con su divisa de ¨laissser faire, laisser passer”, presume de su estilo de vida libre y espontáneo, mientras Damasco ha sido durante décadas para los libaneses, una ciudad de carácter provinciano muy conservadora, de valores ideológicos pasados de moda, con golpes de estado tranquilos hasta el que dio el Baas en 1963 que provocó un profundo vuelco en Oriente Medio.

El pueblo de Chtaura en la carretera de Beirut a Damasco es una ¨pequeña Andorra¨ para los sirios, con sus bancos, supermercados, tiendas de artículos de libre importación, al alcance de la mano. Es un centro floreciente del comercio que gracias a la pax siria desde 1976 al año 2005 fue un mercado preferido para los sirios que la visitaban para hacer acopio de lo que faltaba en su país. Viajando en taxi colectivo por este camino de años y leguas, mis recuerdos están a flor de piel. Hasta 1975 fueron los libaneses, llamados entonces los americanos del Oriente Medio, los que paseaban por los zocos de Damasco, adquiriendo a buen precio lo que se les antojaba, pistachos, brocados, tapices, muebles con incrustaciones de nácar. Después con su guerra civil de dieciséis años -no concluyó hasta 1990- y el hundimiento de la libra libanesa, fueron los sirios los que hacían su agosto acudiendo a comprar a sus tiendas o a los almacenes de Beirut.

Esta carretera de Beirut a Damasco es una de las carreteras más concurridas del Oriente Medio, construida en 1863, bajo el dominio otomano, junto con su linea de ferrocarril, desmantelada a causa de la guerra civil libanesa.

La relación turbulenta entre ambas ciudades está hecha de sentimientos de vecindad y de rechazo -hay libaneses que aun presumen de no haber viajado nunca a Damasco, mientras que cien veces fueron a Paris- y varían al vaiven de cambios políticos de Siria. Beirut ha sido refugio de golpistas militares fracasados, de intelectuales damacenos, de burgueses alepinos ahuyentados por las nacionalizaciones baasistas de los sesenta. Durante años se ha convertido en gran mercado para la mano de obra siria, que a veces alcanzó al número de más de medio millón de trabajadores, atraidos por su economía liberal. Era difícil explicar la gran paradoja de que si bien Siria fue el máximo poder político del Líbano, por otro lado centenares de miles de sus emigrantes eran empleados por constructores, campesinos, comerciantes libaneses, que les ofrecían mejores condiciones de trabajo.

También en los años de sus guerras -la última en el 2006- Siria abrió de par en par sus fronteras a todos los libaneses, musulmanes y cristianos, que huían de combates y atrocidades. Ahora desde hace diecisiete meses, desde el principio de esta guerra sórdida y opaca, son los sirios, y no solo refugiados de localidades fronterizas o desertores de su ejército, los que buscan amparo al otro lado de la frontera libanesa. El territorio libanés, sus regiones de Akar y de Trípoli en el norte, se convierten peligrosamente en retaguardia de las fuerzas rebeldes contra el régimen de Damasco.

Estos meses Chtaura, parada y fonda de viajeros, ha perdido su habitual animación. La carretera desde la frontera libanesa a Damasco está poco concurrida. El flamante pabellón sirio de la zona franca no tiene clientes. En algunos puestos de vigilancia, militares y mojabarat, agentes de seguridad, escrutan los raros automóviles de los viajeros. Al final del camino, Damasco antaño la capital que presumía ser la ciudad segura y sólida del Levante, va cobrando con la guerra miedo y heridas en su piel, como las sufridas antes por Beirut, que se había vanagloriado durante décadas ser la ciudad ¨alegre y confiada¨ del Mediterráneo Oriental.

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