Nosotros, cincuenta años

En un texto de 1973, dedicado a un público “progresista” español, Fuster intentaba exponer la “singularidad amarga” del País Valenciano: “Como si este trozo de mapa que ocupamos no tuviera entidad propia: como si la gente que la habita -ni «catalanes» ni «castellanos», en principio- no llegasen sino a una identificación puramente administrativa, o geográfica”. Este, de hecho, es el interrogante con el que comienza ‘Nosaltres els valencians’, una pregunta sobre el ser, sobre la identidad: es muy probable que, si Fuster hubiera sabido quiénes somos, no habría escrito ese libro, o no de la misma manera. Pero, ¿cómo y cuándo nos hemos definido los valencianos?: Poco, y mal, esa es la cuestión. Y Fuster, de entrada, intenta delimitar como mínimo los términos, las razones y las condiciones de esta indefinición valenciana. No por puro interés especulativo, sino para que la conciencia de los déficits pasados y de las indecisiones presentes sea una base firme para una decisión de futuro: le interesa contar para transformar, revisar críticamente el camino de nuestra historia para reencontrar la buena ruta perdida. ‘Nosaltres els valencians’, de cuya publicación hemos celebrado hace pocos días los cincuenta años, es, sin embargo, un libro provisional y cohibido. Provisional, y asumido como tal, porque está escrito en un momento, en 1962, en que los estudios sobre la realidad valenciana, histórica o contemporánea, sociológica o económica, eran todavía muy pobres y escasos. Y fue un libro cohibido, porque tenía que publicarse en plena dictadura, teniendo presentes todas las cosas que no se podían escribir ni explicar públicamente.

 

Pasados los años, como él mismo afirma en el prólogo de ‘Un país sense política’, quizá habría escrito una versión nueva, pero no tuvo tiempo ni ganas. Entre otras cosas porque, en realidad, el hombre que plantó entre los valencianos las bases de una ideología nacional, dedicó al tema de la nación una parte muy reducida de su obra. Si repasamos el conjunto de sus escritos, el número de páginas dedicadas a hablar directamente de la materia de la nación, de las naciones o del nacionalismo es absolutamente insignificante. Este no era su tema. Fuster, más de una vez, expone el fundamento moral de su nacionalismo tan poco emocional. Es un fundamento racional que se basa, por ejemplo, en la diferencia entre normalidad o plenitud, y frustración. “Los otros pueblos europeos, entre esta centuria y Napoleón, o bien son pueblos sobresalientes -completos o en vías de cumplirse en su destino normal de pueblo-, o bien son pueblos frustrados en un grado casi letal…” El nacionalismo de Fuster es una reacción contra esta frustración colectiva: una insistente aspiración a la normalidad, la negativa a aceptar la no realización permanente.

 

Pero esto, completarse en el propio destino normal de pueblo, debe tener su reflejo en un proyecto de cumplimiento político, porque toda definición nacional supone uno, necesariamente. Y llegados aquí, el propio Fuster, justamente porque ponía siempre la razón por delante, sabía que un determinado proyecto, “los Países Catalanes, entendidos políticamente”, era “ahora mismo”, “una pura ilusión del espíritu”, en la expresión que tanto le gustaba a Josep Pla para marcar la irrealidad de un deseo o de una visión. “Ilusión” que, por otra parte, no debe ser obstáculo a posibilidades y actuaciones en un terreno prepolítico o extrapolítico, que sería el campo de la elección u opción personal, y el campo de la lengua, la cultura y la acción cívica. Y de todas maneras, para Fuster, si las posibilidades del proyecto político son ilusorias, esto no anula la realidad virtual de este espacio: “Si los Países Catalanes no encuentran una encarnación política urgente, no por ello dejarán de ser lo que son. Y no por ello dejarán de ser lo que deberían ser”. Qué son o qué deberían ser, ya es otra cuestión. ¿Acaso no tiene la misma respuesta desde la calidez de la fe y desde la frialdad de la razón?

 

Cuando Fuster, en otoño de 1982, se vuelve a plantear la misma pregunta, las respuestas serán también las mismas de siempre, las de su fe y su razón, pero con un interrogante añadido: “De Salses a Guardamar, y de Fraga a Maó, todo el mundo es catalán, y muchos no saben que lo son. La mayoría. Y no saber que lo son, ¿quiere decir que no lo son? La pregunta es delicada. “Tan delicada, que la única respuesta es seguir haciéndosela: “¿Somos una nación? Hablemos de ello”. Si no me equivoco, esta fue la última palabra de Fuster sobre el tema. Al menos la última palabra escrita y publicada: hablar, sin dar como definitiva ninguna respuesta dominante o dogmática (¿cuál?). No olvidar la pregunta, sobre todo. En cuanto a las respuestas más o menos invariables o variables, dudosas o contundentes, metódicas o perplejas, y que finalmente se cierran con una pregunta, hay que tener presente otro de sus principios inmutables: “Todas mis ideas son provisionales”, afirma, del mismo modo que asegura no tener miedo de las propias contradicciones. Pasados los años, tampoco deberían tenerlo sus lectores.

 

En otros libros, artículos o intervenciones directas y discursos, la militancia valenciana de Joan Fuster (nacional valenciana: esto es, para él, catalana) fue manifestada y ejercida de manera mucho más contundente y explícita. Ante unas elecciones inminentes en el Parlamento español, Fuster comenzaba un artículo con estas palabras: “Ahora me gustaría escribir este artículo sobre política…” Avisando que se propone decir “algunas impertinencias, que procuraré que sean suaves, pero que no puedo aguantar el decirlas”. Las impertinencias en cuestión hacían referencia, no hay que decirlo, a los límites y definición de la nación, de la nuestra. Pero, ¿cuál es la nuestra? A un lado y a otro lado del río de la Sénia, “¿somos o no somos la misma nación?” Para Fuster, sí: para él, ser catalán es la única manera de ser nacionalmente valenciano, y en tanto que valenciano se define como nacionalmente catalán. Pero él mismo sabe que una cosa son las definiciones con base histórica reciente o remota, y otra cosa, eventualmente, la conciencia que se tiene o las condiciones del presente. Y que esta distancia provoca problemas teóricos y prácticos difíciles de resolver.

 

Con esta constatación, con la delicadeza de una cuestión mal resuelta, podemos decir que se cierra un ciclo de reflexiones que se había abierto treinta años antes en el Dietario . “Sobre saber i ser” o “sobre el ser y la conciencia”, podría ser un epígrafe que expresaría el fondo de aquellas reflexiones. Hace cincuenta años, y, todavía, ahora mismo.

 

 

http://www.elpuntavui.cat/