El conocimiento científico cambia nuestra visión del mundo, incluida la de nosotros mismos. Y lo hace en una carrera constante de preguntas-respuestas-preguntas que va ensanchando nuestros horizontes mentales. Es conocida la expresión de Bernard Shaw de que “la ciencia nunca resuelve un problema sin crear diez nuevos”. Esto es parte del por qué el conocimiento científico resulta apasionante.
Podemos decir que la ciencia incide de tres maneras diferentes en nuestros horizontes. A veces nos permite precisar el uso de ideas que habíamos postulado a partir de intuiciones y observaciones inmediatas. Es el caso, por ejemplo, de cálculo del radio de la tierra (Eratóstenes, siglo III aC) que precisó el conocimiento que los antiguos griegos ya tenían sobre la forma esférica de la tierra. Otras veces, sin embargo, la ciencia nos lleva a pensar el mundo desde una perspectiva diferente a la que teníamos, como cuando nos damos cuenta de que primero la tierra, después el sol y, finalmente, la Vía Láctea no son ningún centro de la universo, sino que vivimos en un planeta pequeño, de una estrella vulgar, de una galaxia como millones de otras. O cuando entendemos que toda la vida del planeta está basada en una misma estructura de ADN que presenta diferentes patrones evolutivos desde hace unos 3.900 millones de años. Se trata de un cambio de mentalidad que al principio sorprende, pero que luego se va asimilando y, finalmente, se convierte en un conjunto de ideas integradas en las mentes de personas de cultura media. No ha sido hasta el siglo XX cuando hemos entendido qué son y cómo emiten energía las estrellas. En períodos anteriores, digamos cuando César, Shakespeare o Jefferson miraban el cielo, de hecho, no entendían que veían. La humanidad es algo muy pequeño a escala del universo, pero una de sus grandezas, quizás la más grande, es ir entendiendo el mundo que le rodea, incluida ella misma.
Finalmente, la ciencia a partir del siglo XX nos da una imagen del mundo que se encuentra bastante alejada de las intuiciones y percepciones de nuestros cerebros. Por ejemplo, en el campo de las matemáticas, la cosmología o la física actual. Siempre produce cierta estupefacción que nos digan, por ejemplo, que tal como el cerebro humano formula ideas matemáticas siempre habrá afirmaciones que nunca podrán ser probadas -las matemáticas siempre serán incompletas (Gödel)-. O cuando los físicos nos dicen que no hay nada sólido; que la solidez de los objetos es sólo aparente y que, de hecho, nosotros mismos no somos sino una ilusión convincente. O cuando los cosmólogos nos dicen que una “energía oscura” es probablemente la causa de la aceleración del universo, el cual experimentó una “inflación” rapidísima en una fracción de segundo justo después del big bang. Y ya no digamos cuando los físicos cuánticos nos hablan de que el vacío no tiene nunca energía cero, o que las propiedades de la realidad microscópica sólo aparecen cuando se miden (Bohr, Wheeler), o que hay partículas que interactúan entre ellas pese a estar a años luz de distancia. Y, sin embargo, buena parte de las tecnologías electrónicas de las que disponemos proceden de la física cuántica.
El desarrollo científico también conlleva consecuencias filosóficas. La concepción de la humanidad respecto al universo ha cambiado espectacularmente en los últimos cien años. También lo ha hecho la comprensión de los límites de nuestro conocimiento. Kant, el filósofo de los límites epistemológicos, estaría probablemente encantado con la teoría de la evolución darwiniana y con la cosmología actual. Saber más nos hace a la vez más modestos sobre qué somos los humanos. Saber que nuestra parte emocional a menudo nos sirve más para tomar decisiones que la parte racional -mucho más reciente en términos evolutivos-, también nos permite mirar el mundo natural de otra manera. Y nos procura un conveniente escepticismo racional, siguiendo la estela de Montaigne, sobre qué somos, cómo nos comportamos y qué se puede esperar de los humanos. El conocimiento científico es fascinante. Un componente fundamental de la calidad de vida intelectual de los humanos.







