Hama es una ciudad suni, conservadora y ensimismada, con sus antiguas y ennegrecidas norias del río Orontes, uno de los ríos más literarios del Levante. En el cruel invierno de 1982, Hama quedó empapada en sangre. Los soldados del Rais Hafez el Asad, padre del actual presidente, que en 1970 consolidó el poder alaui sobre una población de mayoría suni, aplastaron la rebelión de los ¨Hermanos Musulmanes¨ en una matanza que entonces casi pasó desapercibida en el mundo, que costó la vida a cerca de veinte mil personas.
Su viejo barrio en torno a la mezquita Nui, de las nobles mansiones de los Kaylani y Barudi, con sus casas encabalgadas sobre callejuelas donde se atrincheraron los guerrilleros, fue destruido a sangre y fuego. Al alborear el 3 de febrero de 1982, francotiradores de la Cofradía de los Hermanos Musulmanes apostados en la colina del viejo barrio, atacaron patrullas del ejército matando a muchos soldados. Bandas de rebeles incendiaron y saquearon comisarías, oficinas del partido Baas, viviendas, degollando a setenta dirigentes gubernamentales, declarando Hama ¨ciudad liberada¨. El régimen decapitó a la organización integrista suni que desde el principio de la década de los ochenta con sus atentados contra las academias militares de Homs y de Alepo, había querido desafiarlo.
En los viejos barrios de Hama, Homs, Damasco, en torno a los zocos y mezquitas, viven muchos habitantes sunis, artesanos, comerciantes, gente de clase media de tendencia políticas tradicionales. Si Egipto presume ser ¨madre del mundo¨, Damasco se considera ¨corazón de los árabes¨.
Desde 1940 a 1963, en los primeros años de su independencia, Siria fue una república de notables, de poderosas familias feudales sunis -los ortodoxos del Islam- zarandeada por constantes y efímeros golpes militares. El fracaso del rey Faisal de la dinastía hachemi, aupada por los colonizadores europeos tras la derrota del Imperio Otomano, entronizado en Damasco, dio al traste con las vanas promesas de una gran nación árabe. Nació la nueva república que como El Líbano, había sido una población sometida al mandato francés con la aspiración de ser un régimen liberal parlamentario.
El golpe de estado de 1963 no fue como los anteriores en los que generales o coroneles al mando de algunas tropas se apoderaban de centros oficiales de la capital, cumpliendo a rajatabla con la técnica del golpe de estado descrito por Curzio Malaparte, publicando sus comunicados revolucionarios para derrocar gobiernos ¨corrompidos´ y liberar Palestina. En 1963 no solo el ejército sino del partido Baas, un partido entonces con un programa de reforma agraria, socializante, laico, regeneracionista, consumaron el golpe que hizo cambiar, en primer lugar, la clase dirigente, ya que el Estado pasó a ser dominado por la minoría alaui, y dio otro rumbo muy diferente a la historia contemporánea de Siria.
Los alauis, marginado pueblo de las montañas, excluido por los sunis, propietarios rurales y comerciantes del bazar, ya habían empezado su salida de su postración social enrolándose en el ejército de la época del mandato francés, que reclutaba especialmente a gentes de las minorías, militando en el partido Baas Hafez el Asad, en sus tres décadas de gobierno autoritario e implacable, impulsó este fulminante ascenso de los alauis. Pertenecientes a una secta considerada por musulmanes sunis integristas, herética incluso al margen del Islam, una secta escindida de los chiis, habitan como los cristianos maronitas o los drusos, regiones abruptas para protegerse de sus enemigos. La mayoría de esta comunidad vive en la ciudad de Lataquia, en sus montañas circundantes, en el litoral mediterráneo de una superficie de cinco mil kilómetros cuadrados, constituyendo alrededor del diez por ciento de la población de la república. De este enclave, o djebel alaui, autónomo durante el mandato francés, proceden numerosos miembros de las unidades más aguerridas del ejército y de las fuerzas de represión del régimen con el que plenamente se identifican.
Es el enfrentamiento de sunis y alauis con su trasfondo histórico de hostilidades, el factor más destacado en este complejo conflicto sirio. El régimen de los Asad, bajo el laicismo proclamado que disimula su acaparación del poder por un grupo minoritario, sabe manipular las sensibles identidades de su población, y hasta ahora consiguió contemporizar con las tendencias sunis islámicas moderadas. Denominando el país como república árabe siria, que pone de manifiesto su realidad musulmana mayoritaria suni y su diversidad confesional y étnica local, ha pretendido establecer la integración de una sociedad plural en un estado. ¨Antes -me decía un profesor de literatura damasceno- éramos baasistas, naseristas, comunistas, nacionalistas árabes, y ahora somos sunis, cristianos, alauis, drusos…¨
A partir del año 2004 comenzaron en Damasco, atentados terroristas provocados por jihadistas procedentes de la sección iraki de Al Qaida. El régimen alaui ha mantenido un stau quo con ulemas sunis moderados y no ha tenido más remedio que ampliar el campo islámico para que se expanda la mayoría musulmana suni. Pero su violenta represión a insurrectos y manifestantes, la pauperización de su extensa juventud, las diferencias de clase agravadas, como en Egipto, por la política especulativa de los privilegiados del poder alaui, han exacerbado este enfrentamiento.
En este ambiente de venganzas, de ajustes de cuentas que se remontan a la carnicería de Hama de 1982, de miedo, los grupos sunis mas radicales, los salafistas azuzados por las monarquías retrógradas y ricas del Golfo, aprovechan la pérdida de control de la seguridad del gobierno, para irle asestando duros golpes. Su objetivo es eliminar a los alauis de la clase dirigente de la república que consideran que han usurpado durante medio siglo.







