Los periódicos madrileños llevan varias jornadas haciéndose eco de encuentros que se están produciendo, supuestamente a puerta cerrada, entre algunos presos de ETA y sus víctimas. En estos encuentros, según se nos cuenta, los presos estarían pidiendo perdón a aquellos que sufrieron por su actividad terrorista y se estarían produciendo conversaciones y confesiones mutuas de contenidos abiertamente catárticos, en los que los miembros de ETA ahora arrestados estarían reconociendo -según se nos traslada con pelos y señales- lo erróneo de su actividad violenta y de las ideas que los llevaron hasta ella.
No dudo de la validez moral de los postulados que mantienen que el recurso a la violencia, cualesquiera que sean las circunstancias, es un error. Por ello, me pregunto: ¿cuándo vamos a ver a los periódicos españoles recoger, con el mismo lujo de detalles, los encuentros entre los guardias civiles que secuestraron, torturaron y asesinaron a Joxean Lasa y Joxean Zabala, para pedirles perdón a sus familiares por la comisión de sus crímenes, reflexionando en profundidad sobre lo aborrecible que resulta que las fuerzas policiales, de un país supuestamente democrático, secuestren torturen y asesinen en nombre de objetivos políticos?
No, no se asusten. Estos segundos encuentros no se han producido, ni se producirán. Los autores de estos crímenes -como los asesinos de Santiago Brouard, los de los crímenes del GAL y tantos otros- no están en la cárcel, ni lo estuvieron nunca, a pesar de haber sido condenados por un tribunal de justicia. Además, en el remoto caso de que tales encuentros se produjeran -vaya usted a saber en virtud de qué iniciativa-, tengan ustedes por seguro que los medios de comunicación españoles jamás se harían eco de ello. Es que son muy respetuosos con la intimidad en cuestiones tan sensibles.
Mi pregunta es púramente retórica, y mi intención no es otra que la de llamar la atención sobre dos hechos en relación con estos encuentros entre algunos victimarios y sus víctimas, tan profusamente extendidos por los medios de comunicación españoles.
En primer lugar, se trata de destacar el poderoso contenido político de todo este despliegue político-informativo generado alrededor del perdón solicitado por miembros de ETA, y del que los medios de comunicación, supuestamente independientes, supuestamente democráticos y supuestamente amantes de la justicia, se hacen eco de forma tan decidida, sin parase a pensar por un segundo por qué “los otros” victimarios, los que asesinaron y torturaron en nombre de España, incluso los pocos que fueron condenados por ello, no llevan acabo catarsis similares con sus víctimas o sus familiares.
La respuesta, digo, está en la lectura política de esta iniciativa. ¿Quién tiene que pedir perdón? El que eligió la causa equivocada, la causa malvada. Quién asesinó por la causa equivocada tiene que pedir perdón porque las muertes que produjo, precisamente por lo erróneo de su causa, son crímenes. Sin embargo, los que asesinaron en nombre de la que se pretende imponer como “causa justa”, la sagrada unidad de España, no tienen que pedir perdón, precisamente, por la pureza de su causa. A estos asesinos no se les exige, día sí y día también, que reconozcan el daño causado y pidan perdón a sus víctimas, del mismo modo que a estas víctimas no se las considera en ningún momento, por parte de quienes han orquestado toda esta opereta política -PSOE y PP-, “la base sobre la que hay que construir el futuro de este país (Euskadi) en paz y en libertad”.
El sufrimiento de quienes padecieron en sus carnes la violencia de los defensores de la unidad patria española no es la base sobre la que construir nada, según los partidos políticos españoles. Sus asesinatos o las torturas que les infligieron fueron justas, porque sus victimarios actuaron en nombre de la causa correcta. Estas víctimas han de ser ignoradas y olvidadas, porque de lo contrario su recuerdo y su elevación al estatus de víctimas injustas implicaría, ineludiblemente, que la causa que impulsó a sus asesinos, la unidad de la patria española, también era una causa malvada, y eso es “inaceptable”. Por esto el Partido Popular se niega en redondo a que estas víctimas sean tenidas en cuenta y recordadas por el Parlamento vasco, porque, según dicen, eso supondría “equipararlas” a las víctimas “del terrorismo”, o sea, de ETA según su particular lenguaje político. Para el PP, hay asesinados de primera y de segunda, o asesinatos malos y asesinatos buenos. Por ello, según la tesis moral y política del Partido Popular, si mañana nos enterásemos de que se había producido un nuevo asesinato político, tendríamos que preguntarnos quién era el asesino y quién el asesinado antes de valorar moral y políticamente el crimen.
El hecho de que me haya centrado en la posición del Partido Popular no significa que la del PSOE sea distinta o mejor. El PSOE sí está dispuesto a reconocer que habido víctimas del nacionalismo español, pero siempre que sus crímenes sean endilgados a entidades fantasmagóricas, como el GAL o el Batallón Vasco Español, que, precisamente por la aparente imposibilidad de identificar a sus miembros, liberan de cualquier responsabilidad al Estado español en sus crímenes, con lo que en el fondo su objetivo es el mismo que el del Partido Popular: establecer una jerarquía moral entre la causa nacional española y la causa nacional vasca en base a la imposición de un relato según el cual sólo los agentes de la segunda han cometido crímenes. Esta pretensión tan particular del PSOE le ha llevado a alcanzar verdaderas cimas de la estupidez política con decisiones como la de endilgar oficialmente los asesinatos de Lasa y Zabala al GAL, cuando todo el mundo sabe que un teniente coronel de la Guardia Civil, Rodríguez Galindo, y varios agentes a sus órdenes, fueron juzgados y condenados por esos asesinatos.
La segunda cuestión que quiero destacar es el tratamiento que las autoridades españolas están aplicando a los presos etarras, ahora que la violencia de ETA ha finalizado, en relación con lo que hemos contado hasta ahora. Si durante los años de actividad de ETA los presos sufrieron un tratamiento excepcional por parte del Estado español como parte de la lucha antiterrorista, ahora están siendo tratados como rehenes en nombre de la victoria política de ese mismo Estado sobre ETA y su causa. No hay otra valoración posible para la exigencia, exclusiva para los presos etarras, de reconocer el daño causado y pedir perdón a sus víctimas -con la obligada presencia de los amanuenses mediáticos de los vencedores, que ofrezcan la oportuna interpretación de tales momentos- si quieren que las autoridades españolas dejen de aplicarles sus medidas excepcionales de encierro y comiencen a tratarlos como los presos “normales” que dicen que son. De presos de excepción a rehenes políticos mientras los asesinos de la causa española jamás han pisado la cárcel.
Como vemos, víctimas, victimarios y objetivos políticos siguen mezclándose y barajeándose al albur de las necesidades políticas de los distintos agentes implicados. Una vez más, queda demostrado que los hechos y las intenciones de los políticos no casan con las hermosas palabras con las que suelen intentar anestesiarnos. Desgraciadamente, este encontronazo entre las palabras y los hechos de los políticos no son, precisamente, y para parafrasearlos, una “base” adecuada sobre la que construir una convivencia normalizada. Y las víctimas, todas ellas, no merecen ser tratadas como meros peones en la partida de ajedrez político en que los políticos intentan convertir nuestras vidas.
Izaro News






