Primaveras árabes y banderas del Islam

Fue un escritor francés, Jacques Benoist Mechin, quien publicó en 1960 un hermoso libro titulado Primavera árabe. Recorrió miles y miles de kilómetros por estos pueblos, conociendo desde humildes fellahs o campesinos hasta fastuosos soberanos, entrevistando a jefes de Estado y ministros, y como escribe en su prólogo, ¨viviendo el tumulto de las plazas populares,  el entrechocar de armas en los palacios reales, el murmullo de los surtidores en lo hondo de los palmerales¨. Uno de sus huéspedes más generosos fue el  príncipe Faisal, antes de ser coronado rey de la Arabia Saudí. Su brillante estilo con descripciones paisajísticas, fragmentos de historia viva, reflexiones políticas, nos acercaba a un mundo oriental periclitado.

Las primaveras árabes de ahora, o los otoños islámicos, como ya han escrito algunos historiadores, han puesto de manifiesto lo que se sabía. ¿Cuántas veces se repitió, durante años, que si se organizasen elecciones verdaderamente libres ganarían los partidos de tendencia islamista, ya sea en el Magreb como en el Machrek? En Argelia,  la victoria del FIS le fue arrebatada por la fuerza de los militares.

Los regímenes considerados laicos pero dictatoriales han gobernado contra estos movimientos de profunda raigambre popular, que de una u otra forma proclaman,  como la Cofradía de los Hermanos Musulmanes,  que el “Ïslám es la solución”, haciendo valer sus veleidades totalitarias, su tendencia hacia el empleo de la fuerza o del terror. Es bien sabido que hay muchas diferencias entre grupos islamistas, desde los denominados moderados hasta los más radicales y oscurantistas, con la minoritaria organización terrorista de Al Qaida, al fondo.

El triunfo electoral de Túnez,  la consolidación del gobierno provisional de Libia, que derrocó a Gadafi gracias al apoyo militar de la OTAN, son los primeros frutos de esta primavera árabe, que se espera recoger pronto en Egipto en las próximas elecciones y en otros países árabes.

Estos vientos de la historia acabarán de arrancar los últimos vestigios ideológicos y políticos de las frágiles organizaciones liberales, laicas, de la agonizante izquierda árabe, ya sea egipcia, siria, iraquí, palestina, derrotadas ante todo entre sus poblaciones, por su ineficacia. Es la hora del réquiem para los socialismos y panarabismos de toda una época de ilusiones postcoloniales. De los dos regímenes árabes laicos, uno fue derribado en la guerra estadounidense contra Irak en el 2003, destapando la caja de los demonios confesionales, y el otro, el de Siria, vive pendiente de las peripecias de su incierta suerte.

Los dictaduras seculares son crueles. ¿Podrían ser los gobiernos islamistas peligrosos? Según nuestras predisposiciones ideológicas, nuestras opiniones preconcebidas, valoramos la evolución de estas primaveras árabes, su difícil proceso de transición en el poder. Si se cree que los nuevos gobiernos de inspiración islamista moderada si se estima que la experimentada cofradía de los Hermanos musulmanes, respetaran las normas del Estado de derecho al que aspiran, reconocerán los derechos de la mujer y de las minorías ante todo cristianas, en una palabra no utilizarán su victoria en las urnas para imponer sus doctrinas, entonces se podrá confiar en su acción. En medio de las dictaduras, los nuevos dirigentes no tienen las manos manchadas de sangre ni han sido corrompidos por el interminable abuso del poder. Pero si se ponen en duda sus promesas, si se teme que esconden sus verdaderos objetivos, es lógico que no puedan aparecer como garantía de anhelados cambios y reformas que expresaron millones de árabes, ante todo, jóvenes. Como ha escrito el historiador libanés Walid Raad ¨Si el Islam es la solución, tal como afirman,  y si el laicismo es el enemigo de la religión, no parece que los discípulos de Hasan el Bana fundador de los Hermanos Musulmanes de Egipto en 1928 estén dispuestos a considerar las inquietudes y temores de las minorías cristianas, que sufrirán mucho más si los islamistas consiguen imponer su estilo de vida a las sociedades árabes¨.   Otra vez se plantea el tema fundamental de la relación entre Islam y democracia.

La crueldad y el ensañamiento de un grupo de libios contra Moamar Gadafi ha sido un horrendo episodio en los pueblos árabes.  Solo en el golpe de estado del coronel Kassem en Irak en 1958 contra la monarquía en el que murieron asesinados los miembros de la casa real, el cadáver del primer ministro Nuri Said, fue mutilado y arrastrado por la muchedumbre a través de las calles de la capital. La ejecución en la horca, del Rais Sadam Hussein años después por un tribunal especial constituido bajo la ocupación estadounidense, fue otro escándalo insoportable. Hay destacados países del Oriente Medio, como Egipto y Siria, donde ni las revoluciones ni los golpes de estado  provocaron baños de sangre.

 

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