Las sinrazones de Víctor

Mikel_Sorauren

Acabo de leer la crítica que hace Víctor Moreno a la obra presentada por Jesús Equiza referente a la Iglesia navarra con ocasión de la Guerra del 36. No puedo negar que coincido con Víctor en la valoración última que se ha de hacer a la institución eclesiástica; en particular por su papel de promotora de una revuelta que pretendía refrenar el avance hacia la libertad. Equiza  ha destacado siempre por su posicionamiento al lado de la reivindicación popular, en frente de jerarquías eclesiásticas y de toda índole, actitud encomiable por proceder de una sensibilidad cercana a los problemas humanos. He de confesar mi ateísmo. No obstante sería terriblemente injusto si no reconociera el valor y la honestidad de las personas por encima de sus ideas y percepciones, incluso en una materia  tan controvertida como es la actitud individual frente al hecho religioso.

Mi reflexión presenta dos facetas en relación con la crítica de Víctor Moreno. Una hace referencia al papel de la iglesia en el seno de la sociedad navarra, dentro del conflicto que tuvo lugar con ocasión de la 2ª República española. La otra se corresponde con la metodología que acostumbra a utilizar Víctor cuando elabora sus reflexionadas críticas, aunque dotadas de una mordacidad  que no debería ser utilizada sino con los individuos presuntuosos y de falso discurso.

Conozco a Víctor desde hace muchos años. Su contribución como pensador e historiador presenta un balance envidiable. Yo mismo he de reconocer en sus  trabajos de investigación histórica unos logros que rebasan en mucho la labor realizada por otros que se consideran expertos en la disciplina de la Historia. En otras materias, expertos hay que hablarán mejor que yo. Víctor adolece sin embargo de un exceso por ciertas formas del debate, más allá de lo correcto y adecuado. De pensamiento ágil y profundo y con un dominio de la expresión hablada y escrita poco común, puede llegar a caer prisionero de su propia racionalidad; incluso llegando a perder el horizonte de la cuestión.  Acostumbra a emplear una dialéctica contundente, dirigida a desequilibrar al adversario,  quien –con frecuencia- se siente derribado antes de poder reconstituir su discurso. Víctor aprovecha esta coyuntura, para impedir que  recupere la estabilidad y enredarlo. Suele provocar así la irritación  del compañero dialéctico, porque da la impresión de que Víctor no quiere entender unos argumentos razonables. Víctor puede llegar a ser  injusto en estos casos, al criticar planteamientos e individuos que no se acomodan a su peculiar manera de desarrollar el discurso. Son estos rasgos que condicionan  negativamente las razones de Víctor quien parece más interesado en dejar en evidencia al criticado que en determinar la justeza  de sus propuestas.

En el trabajo de Equiza es encomiable el esfuerzo realizado por aportar elementos de juicio que permitan ajustar la perspectiva que debe tener nuestra colectividad ante la tragedia de mayor envergadura que ha podido contemplar nuestra colectividad en los últimos cien años, cuando menos. Tragedia que se explica por el proceso histórico que llevó a la mayor parte de nuestra sociedad a identificarse con el pensamiento del Catolicismo más radical impuesto por España, como Nación y como poder político. Sobre esta cuestión podré hablar en otro lugar si se me reclama. No obstante y a pesar de lo decisivo de este factor que permitió a la institución eclesial dirigir a los sectores populares rurales sobre todo, el elemento decisivo en los acontecimientos responde al propósito decidido de las oligarquías dirigentes de erradicar la contestación social que las amenazaba. En este terreno, el Ejército español –una vez más- dirigido por uno de sus más conspicuos jefes –Mola- constituyó el factor decisivo; no solo por el eficaz papel que tuvo en la rebelión, sino por la claridad que tuvo a la hora de impulsar la represión. Son muchos quienes citan el Bando de Mola, pocos de ellos mencionan que iba dirigido a los navarros.

Son estos motivos suficientes para justificar las matizaciones oportunas, más allá de lo acertado que pueda ser la denuncia de la organización eclesiástica que –en cuanto tal- calló, toleró o aceptó lo que sucedía. La institución, qué duda cabe- la conforman los individuos y la valoración que merezca deberá coincidir con la actitud de la mayoría. Parece claro que esa actitud presenta matices muy variados, desde los sacerdotes que fueron fusilados y represaliados de diferentes maneras –por suerte para nuestra colectividad y nuestra memoria histórica, en mayor número de lo que pensábamos- los que tuvieron una actitud de defensa de los represaliados muy activa, los que se limitaron a no aceptar la represión, aunque sin adoptar posturas decididas, hasta quienes condescendieron con ella, si no la apoyaron.

Teniendo en cuenta el papel que la institución eclesiástica desempeñó en el sistema de Franco; Vaticano, Obispos españoles y clero nacional-católico, la descalificación no admite paliativos; mucho menos ante la actitud actual de los medios vaticanos que considera únicamente mártires a los sacerdotes y católicos de una tendencia; esto es se identifica con su causa política. De esta valoración no pueden salvarse sino aquellos miembros del clero que repudiaron mediante la acción concreta o su posicionamiento abierto la represión. El libro de Equiza yuxtapone una descripción de actitudes en un elenco que parece muy amplio. Cada individuo es presentado con su actuación concreta. Considero de un gran interés este esfuerzo en una persona como Equiza que se encontró en los inicios de la reivindicación de los represaliados navarros del 36, allá por los años 70. No creo que pretenda ir más allá de lo que permite la reflexión sobre los acontecimientos históricos, porque no pretende la reivindicación de la institución, sino el perfilamiento de unos hechos que tan dramáticamente se encuentran grabados en nuestra conciencia colectiva. Por todo ello considero injusta la valoración que ha hecho Víctor.

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua