Sobre el Tratado de los Pirineos


La Paz de los Pirineos fue coronada por una boda, Luis XIV de Francia y María Teresa, hija de Felipe IV de España. La pequeña población costera de Donibane Lohitzune (Saint-Jean de Luz), en el País Vasco francés, ha celebrado el evento este verano con mucha pompa. Un desfile de época, un concierto barroco, un ciclo de conferencias y el despliegue correspondiente de la radio y prensa que local dieron lucimiento a la conmemoración de los 350 años de estas bodas reales.

A priori puede parecer extraño el eco puramente local de estas fiestas, ya que de la paz duramente negociada en 1659 en la isla de los Faisanes -en medio del Bidasoa- y de la reconciliación dinástica de 1660 han surgido las actuales fronteras entre los estados español y francés, y ha sido el origen del acceso de los Borbones al trono de Madrid. A más de tres siglos de distancia la personalidad de la pareja real no puede ser la base de ningún tipo de fervor popular. Luis XIV, el rey Sol, ha legado a Francia y al mundo Versalles, pero también su arrogancia, su genio belicoso, la intolerancia religiosa manifestada en la expulsión de los protestantes lejos de su reino, hechos que le alejan de poder ser un modelo de hoy en día. Por el contrario, la paternidad del Código de Negreros, promulgado por él y que durante muchos años fue la base jurídica en Francia para el tráfico de esclavos, ensucia su memoria. ¿Y qué podríamos decir de María Teresa? No fue una mujer inepta, a diferencia de su tía Ana de Austria, madre del mismo Luis XIV, y no tuvo ningún otro papel -ciertamente ingrato- que el de esposa modélica, a menudo engañada pero siempre abnegada.

La línea fronteriza marcada vagamente en 1659 en los Pirineos, y que no fue concretada mediante mugas hasta el siglo XIX, nunca ha sido bien recibida por los pueblos afectados. Es un límite que no sigue ni las líneas de las crestas ni la de la divisoria de aguas: el Garona nace en Cataluña y desemboca en Francia. En Navarra divide el bosque de Irati y separa los lugares tradicionales de pastoreo de Kintoa (Quinto Real), y, peor aún, rompe entidades culturales y políticas muy antiguas ratificando la separación definitiva de Navarra y los territorios vascones y amputando el Rosellón y el Conflent en Cataluña, e incluso a un pueblo del norte la frontera lo separa de la iglesia y del cementerio, situados al otro lado.

Después de estas líneas es sorprendente la constancia de los habitantes de San Juan de Luz en recordar la boda del 1660. Hay que recurrir a la historia local para explicarlo. El pueblo, un pueblo agradable a inicios del siglo XVII, a finales de esta centuria se convirtió en gran puerto y pequeña ciudad, a pesar de no disponer de murallas. No será extraño, pues, que la boda de 1660 sirviera desde sus orígenes como promoción de la ciudad, generando recuperaciones de la memoria bien interesadas: el rector de la parroquia redactó, 80 años después de la boda, una falsificación del documento de bodas, falsificación que tuvo intrigados durante muchos años a los investigadores, hasta que uno en demostró el engaño.

Los notables de la ciudad, ricos armadores y miembros del consejo municipal, beneficiarios de los privilegios otorgados por la monarquía, son los que mantuvieron la memoria de la estancia del rey en la “Casa de Luis XIV” y la de Ana y María Teresa de Austria en la “Casa de la Infanta”. Igualmente el bombón turístico que supone convertir un antiguo nido de corsarios -como es el caso de San Juan de Luz- en el centro turístico actual de playa, necesita el prestigio de esta boda para ser creíble. Curiosamente el cuento de la última ballena del golfo de Gascuña, la ballena de la paz, capturada el día siguiente de la boda, no ha tenido la misma suerte y ha sido olvidado. “Tonterías”, habría dicho Felipe IV ante esta narración, lo mismo que dijo al saber que su hija había renunciado a los derechos de sucesión de los Austrias castellanos, pero los Borbones acabaron desplazándolos de Madrid.

 

Publicado por Avui – El Punt-k argitaratua