Paseando por la ciudad de Alicante, hace poco, me encontré que no sabía cómo ir al lugar que buscaba. Como es costumbre hacer en situaciones parecidas, pregunté a la primera persona que encontré disponible.
-” Perdone, ¿me podría decir como ir a la calle tal”?
El hombre me respondió amablemente y me dio las instrucciones necesarias para llegar a mi objetivo. Cuando ya le había dado las gracias, y para mi sorpresa, fue él quien me preguntó a mí:
-” Oiga…¿ y usted como sabía que yo hablaba valenciano?”
-“No lo sabía”- le respondí.
Al comprobar que aquel señor se quedaba un poquito perplejo, y en justa correspondencia a su amabilidad, le quise dar alguna explicación más, y le aclaré que yo, como pienso en valenciano, cuando me acerco a alguien, le hablo en esa misma lengua, sin preguntarme si será o no la suya también. No sé si se quedó muy convencido. A mí, en cambio, me quedó bien claro que aquel señor pensaba que el único motivo válido para dirigirse a alguien en valenciano era saber con seguridad que era una persona valencianoparlante.
A esa actitud le podemos denominar -con propiedad- timidez lingüística, y podemos constatar que -efectivamente- es muy habitual entre las personas que tienen el valenciano como lengua primera, que lo hablan en casa y con los amigos y conocidos, y que -en cambio- lo esconden cuando se trata de comunicarse con personas que no conocen. Hay quienes, incluso llegan a pedir disculpas si se han dirigido en valenciano a alguien que -juzgándolo por la lengua en que contesta- ha resultado que no lo hablaba.
Pedimos disculpas cuando, involuntariamente, hemos hecho daño a alguien (dándole un pisotón, por ejemplo), o le hemos ofendido de alguna manera. ¿Cómo puede ser que alguien considere que hablar en una lengua -sea la que sea- puede ofender? Más todavía, si se trata de una lengua que la legislación vigente declara oficial, pero en cualquier caso, hablar en cualquier idioma no puede constituir nunca una ofensa para nadie. Si después resulta que el otro no habla la misma lengua que yo, y yo quiero adaptarme a la suya, lo puedo hacer. Es una opción legítima. Si, en cambio, prefiero continuar expresándome en mi idioma, también lo puedo hacer. Es igualmente legítimo.
Si el interlocutor no me entiende, ya me lo hará saber. Una regla básica de la comunicación es considerar que la persona con quien hablamos es aproximadamente tan inteligente como nosotros mismos, y está igualmente capacitada para expresar lo que quiere. Aquí tenemos una buena base para una comunicación respetuosa e igualitaria, que podría servir para avanzar hacia una situación de auténtica igualdad lingüística.
Las leyes -sobre el papel- nos reconocen el derecho a vivir en nuestra lengua, tanto a las personas que tienen el castellano como lengua propia, como las que consideramos que la nuestra es el valenciano. El límite, sin embargo, no se encuentra tanto en los papeles como en nuestra forma cotidiana de comportarnos. Actuar tímidamente implica -en términos generales- inhibirse, ser pasivos, optar por la inacción. Somos tímidos cuando callamos en vez de hablar, o cuando dejamos pasar una oportunidad, o toleramos un abuso, simplemente para no llamar la atención. Los libros de autoayuda y las consultas que reciben muchos profesionales de la psicología, tratan a menudo de la timidez, y la consideran como una limitación importante, que hay que superar si queremos mejorar nuestro nivel de bienestar personal.
En el caso de la lengua es exactamente igual. Si opto directamente por el castellano en lugar de iniciar las interacciones en la misma lengua en que hablo conmigo mismo, entre otras cosas, estoy perdiendo muchas oportunidades de descubrir que mis interlocutores pueden ser tan valencianoparlantes cómo yo mismo. La manera de saberlo es muy sencilla: hablarle en valenciano. Puedo estar razonablemente seguro de que, si no me entienden, me lo harán saber. Y por lo tanto, también puedo asumir que si no me lo dicen, quiere decir que me entienden, y que podemos continuar comunicándonos sin más dificultad. Y, en cualquier caso, no tengo que tener ninguna duda de que nadie se tiene que ofender por oír hablar un idioma, cualquier idioma, y -especialmente- el idioma propio del territorio donde vive.









