Transformaciones urbanísticas en la capital catalana
La extensión geográfica del área metropolitana ha sido estudiada y discutida desde hace tiempo, refiriéndola siempre a una cierta unidad social, una interdependencia de actividades productivas y una especial empatía que puede llegar hasta los programas culturales y educativos. Un área metropolitana es una forma nueva de entender otro tipo de ciudad, la ciudad que sobrepasa los límites de las antiguas centralidades y que absorbe espacios diversos, aparentemente autónomos, discontinuos, periféricos, unificados, más que por la continuidad de la forma urbana, por la realidad del mercado de trabajo, los centros de servicio, la movilidad cotidiana, las permanencias geográficas, etcétera. Podríamos decir, pues, que las dimensiones metropolitanas dependen más de las facilidades de transporte y comunicación que de la continuidad formal en la ocupación del territorio.
PErO eSTO no es tan evidente en la mayor parte de áreas metropolitanas –incluso la de Barcelona–, porque, con frecuencia, hay dos grados diferentes de integración, dos anillos de municipios bastante diferenciados alrededor del núcleo central. El primero lo forman estructuras urbanas claramente adheridas a la centralidad compacta y que, según los casos, toman la forma de una periferia, de un suburbio o una unidad asimilable a un nuevo distrito urbano. El segundo se extiende sin continuidad urbana, físicamente autónomo, a pesar de su dependencia funcional y política. En el caso de Barcelona, la distinción es bien clara, a pesar de aceptar las inevitables anomalías puntuales. Por un lado, en el primer anillo existen municipios como, por ejemplo, L’Hospitalet, Cornellà o Santa Coloma, que deben considerarse continuidades morfológicas de Barcelona. Por otro lado, en el segundo anillo existen ciudades morfológicamente autónomas que subrayan las respectivas autonomías con discontinuidades geográficas y paisagísticas y que manifiestan preferentemente su pertenencia al área con las comunicaciones, los servicios, los mercados. Hay, pues, dos áreas metropolitanas de diferente intensidad: la más próxima, que aún admite la continuidad urbana del núcleo central, y la más periférica, que aporta la discontinuidad como base estructural de una ciudad diferente.
Es importante distinguir estos dos sectores porque los métodos urbanísticos que hay que aplicar no son los mismos. En el primer anillo todavía es posible usar los métodos tradicionales del diseño y el proyecto urbano manipulando elementos reconocidos y legibles –la plaza, la calle, el parque, la manzana–, para corregir la tendencia a la suburbialización. En el segundo anillo, en cambio, habrá que actuar con instrumentos más geográficos e infraestructurales, o sea, basadas en la eficiencia de la comunicación y en la creación de nuevas centralidades, que substituyan la urbanización invasora, respetando los grandes costes paisagísticos y funcionales. Imaginemos, pues, dos anillos metropolitanos bien diferenciados: un entorno inmediato al municipio central como una expansión de la ciudad compacta, formalmente diseñada en la ordenación del espacio público, y una segunda extensión de implantaciones más discontinuas –la ciudad difuminada o dispersa–, planificadas en términos geográficos y regionales.
Aceptando esta distinción, podemos sugerir un paso adelante, más radical, y, por ello, generador de nerviosismos políticos cada vez que se habla de ello. ¿En el primer anillo no sería útil repetir la solución adoptada con tanto éxito a finales del siglo XIX y principios del XX? La agregación a Barcelona de unos cuantos municipios vecinos para convertirlos en distritos potentes y personalizados con garantías políticas, y, al mismo tiempo, con plena participación en los nuevos planes de ensanche, ¿no aseguraría una continuidad de forma y contenido y, por tanto, la superación del suburbio en una mejor coordinación de la gestión urbanística? Cuando funcionen los nuevos sistemas de control metropolitano en una nueva corporación, habrá que analizar esta posibilidad superando las fantasías sentimentales y los intereses banales de los políticos locales.







