Los historiadores llaman Pax Romana a un periodo histórico determinado, localizable en el siglo I de nuestra era, en tiempos del emperador Octavio Augusto. Naturalmente, este periodo paz no se debió al carácter sosegado de los romanos de entonces, sino al agotamiento de sus enemigos, a su desactivación política y a su definitiva derrota militar. Tras esta breve explicación, es fácil entender el sentido del título que encabeza este escrito. Y es que todo parece indicar que, si no se ponen los medios para evitarlo, la política municipal de la vieja Iruñea se encamina a una suerte de Pax Barcina, por sometimiento o por desactivación de los colectivos que se han opuesto o se oponen aún a su política.
En esta Pax Barcina, algunos de cuyos síntomas son ya claramente reconocibles, la alcaldesa de Pamplona reinará en todo su esplendor, y la egolatría y el culto a su persona alcanzará niveles nunca antes sospechados en la ciudad. Contará con la adhesión incondicional de sus adláteres, cómo no, y algunos de sus teóricos adversarios políticos, léase PSN, se limitarán a realizar algunas tibias críticas, cuidadamente inofensivas y veniales, pensadas siempre de cara a la galería, aunque en realidad ellos mismos sean quienes sostengan con sus votos a la emperatriz, haciendo posible su penoso reinado. En cuanto al resto del arco político, en
Cuando, procedente de Portugalete, una lampiña y casi adolescente Yolanda Barcina llegó a Pamplona, probablemente no soñaba con alcanzar semejante nivel de gloria, pero ello no quiere decir que todo lo acontecido después haya sido fruto del azar o de la improvisación. Muy al contrario, la inexorable deriva de la política municipal hacia
Uno de sus objetivos tuvo que ver con el cambio de imagen de la ciudad. Este interesadísimo lifting tomaba como excusa el embellecimiento de Pamplona, pero en realidad proponía la anulación de algunos de sus más íntimos signos de identidad. Recordemos, sin ir más lejos, las alteraciones operadas en el mobiliario urbano tradicional de la ciudad, la eliminación del adoquinado, presente en la ciudad desde el siglo XVIII, la nefasta política constructiva, basada en unos cuantos edificios emblemáticos de estética discutible, que descansan en sí mismos e ignoran la arquitectura precedente, o la política de aparcamientos subterráneos, que de paso se ha llevado por delante 2000 años de historia de la ciudad y ha convertido a Pamplona en el paraíso del “vaciado arqueológico”. El objetivo último de todas estas actuaciones no sería otro que hacer de Pamplona una ciudad asimilable a cualquier otra de la geografía española, aunque en ese trayecto se pareciera cada vez menos a sí misma.
Claro que esta desfiguración de la imagen de Pamplona no constituía el objetivo principal de la señora alcaldesa, ni el más ambicioso. En realidad, si una constante ha caracterizado estos 12 años de barcinato, ha sido el aplastamiento de la disidencia, su ninguneo o su absoluta invisibilización. No hace falta recordar aquí las formas empleadas en contenciosos como el del Euskal Jai, y muy especialmente el caso de
Por supuesto, donde el rodillo de la alcaldesa encontraba su máximo brillo era en lo tocante a la cultura vasca y a sus signos visibles, piénsese por ejemplo en la persecución a los Olentzeros populares, pero sobre todo aprovechando el altavoz mediático que suponen las fiestas de San Fermín. La fulminación de las barracas políticas, espacio sanferminero hasta entonces consolidado y con muchos años de presencia en Pamplona, el paralelo arrinconamiento de los espacios destinados al Nafarroa Oinez y a Sortzen, así como la constante y estudiadísima provocación a las peñas, pueden ilustrar esta política.
El escritor Sánchez-Ostiz, siempre tan certero en sus apreciaciones, escribía hace poco que los Sanfermines han dejado de ser unas fiestas populares para pasar a ser unas fiestas multitudinarias, y no puedo estar más de acuerdo. Ni siquiera la poderosa y arraigada maquinaria sanferminera puede aguantar eternamente los constantes ataques y las prohibiciones a cuantos actos tengan un tufillo popular y espontáneo. La institucionalización de los Sanfermines acabará irremisiblemente con ellos, porque socava directamente los cimientos de una fiesta que nació por iniciativa popular, descarada, un tanto irreverente y con un puntillo de saludable y necesaria subversión. Y esto es algo que Barcina no podrá nunca entender, porque en su imaginario personal las fiestas de San Fermín deben ser una suerte de fiesta rociera, blanca, insípida y, a ser posible, consagrada al culto a su persona.
Un buen ejemplo de lo dicho puede ser el ya célebre partido de
En el mismo orden de cosas, los periódicos del 7 de julio abrieron sus portadas con titulares que destacaban la normalidad como rasgo distintivo del comienzo de las fiestas de San Fermín 2010. Tan sólo en algún caso, en páginas interiores, se hacía alusión a un incidente acaecido en el transcurso del txupinazo. Un joven había sido apaleado por
Termino. No es extraño ni nos debemos sorprender por el hecho de que existan personajes públicos con el talante de quien en estos momentos nos gobierna. Y probablemente el intento por reducir la ikurriña a un nivel de tolerancia predemocrático es coherente con una figura como la actual alcaldesa, capaz, al parecer, de ordenar la colocación de una pancarta de autoalabanza en la plaza de toros (“Olé tus güevos, Barcina”). Ciertamente patético y lindando lo cómico. Lo realmente preocupante es que este tipo de actos pasen casi desapercibidos, y que no constituyan en sí un escándalo de proporciones mediáticas. Aceptar como normal arbitrariedades, extravagancias de corte neoperonista y abusos de poder como los descritos supone la mejor manera de abrir las puertas a
Se ha dicho y se ha escrito muchas veces ya que este año las peñas de Pamplona han ganado la partida a Yolanda Barcina, evitando sus provocaciones y las trampas colocadas. Y probablemente así haya sido en el cómputo general. Pero seguramente las maniobras realizadas este año no sean ya suficientes para la próxima edición de las fiestas, y en el futuro harán falta nuevas dosis de inteligencia, diplomacia y unidad de acción para sortear la política autoritarista de la actual alcaldesa o de quien pretenda sustituirla tras las próximas elecciones. Las peñas de Pamplona, como colectivo libre, son un obstáculo claro para la derecha navarrista, y por ello serán siempre un objetivo preferente de su política. Ya lo dijo Miguel Sanz (ya saben, el de las cenas a 400 euros), cuando afirmó que sale muy barato ir a los toros, pagando entrada de sol, para abuchear a la alcaldesa. Olvidaba que él, como toda la corte de pelotas que abarrotan el palco, va indefectiblemente gratis.









