Puro bacilo del fanatismo, el virus del nacionalcatolicismo sería el causante del racismo, y de la limpieza étnica y cultural que se da en España a lo largo de los siglos: árabes, judíos, genocidio de aborígenes americanos…
La violencia del fascismo ibérico -apunta Subirats, catedrático de Filosofía de la Universidad de New York-, con la represión de culturas indígenas y la negación de la modernidad europea, es una combinación de mesianismo cristiano y crueldad autoritaria.
La intolerancia, es el engendro primogénito de dicho nacionalcatolicismo. Todo esto sería la enjundia de lo que eufemísticamente se llamó, hispanismo. Se configura, una vez verificada la exclusión de moros y judíos. El siguiente paso, sería negar el humanismo, el iluminismo y cualquier reforma social religiosa o ideológica.
Negación de una apertura ideológica y humanística, que llega hasta nuestros días con vacas sagradas como Unamuno, Ortega y Gasset o Ramiro de Maeztu. Como “momias del subdesarrollo” los califica Subirats. Con Ramiro de Maeztu aún es mas corrosivo “Maeztu –apunta-, es tan indispensable en un seminario de pensamiento, como Goebels”
Este hispanismo se propicia ya desde la edad media, y consolida las raíces de sus instituciones, en los primero siglos del renacimiento.
Esto conlleva, el viejo e imposible concepto de pureza: una religión, una raza, limpieza de sangre, una lengua… De ahí su carácter simplificador, tan represor de la diversidad nacional, lingüística y cultural, de los pueblos que domina.
Con este espíritu hispanista, Iglesia jerárquica y estado, blindan su coyunda matrimonial.
Evidentemente, una unión, que más tiene de diabólica que de evangélica. Los objetivos del imperio del nacionalcatolicismo, coinciden con los de la iglesia. Imponer su percepción interesada del cosmos y del quehacer humano, a cualquier precio.
En consonancia, la Iglesia bendecirá las tropelías de la corona, como en la conquista de Navarra o conducirá a la pira a cualquiera que intente poner en entredicho las andanzas y brutalidades de la sagrada monarquía.
Las consecuencias de este hispanismo para el desarrollo humano, racional, cultural y político de España fueron demoledoras.
Con la expulsión de los árabes y con la expurgación de toda su cultura, se perdió la posibilidad de haberse gestado un avance humanístico, que podría haber transformado incluso el ámbito europeo.
Grandes pensadores, filólogos y científicos han considerado esta hipótesis como muy factible.
Maimónides, Ibn Arabi o Ramón Llull, entre otros, fueron reprimidos por la violencia intelectual, del incipiente y monolítico hispanismo.
Pero sin duda fue con Averroes, el primero y último ilustrado, donde tristemente se cebó la intolerancia.
Este gran pensador, científico, teólogo, etc., fue el primero que epistemológicamente estableció la separación entre fe y razón. Tesis, que posteriormente, la cultura imperial se encargó de destruir a sangre y fuego.
Seguramente, hasta el s. XVIII, con Montesquieu, Rousseau y el resto de enciclopedistas, no encontramos en Europa otra corriente de pensamiento liberada del férreo bunker -o fanatismo- vaticanista.
Realmente, Averroes, se puede decir que fue el más paradigmático –el auténtico- ilustrado hispano, si tenemos en cuenta que ni Feijoó, ni Cadalso, ni Jovellanos cuestionan la escolástica.
No existe en estos, un cuestionamiento del principio de autonomía de la razón, ni de la problemática social que se debatía entre republicanos, seculares, democráticos etc…
Si se tratara de presentar a los verdaderos “ilustrados” coetáneos, forzosamente habríamos de referirnos, quizás exclusivamente, al venezolano Simón Rodríguez y a Blanco White. Ambos evidentemente, expurgados, ignorados o vilipendiados.
Simón Rodríguez, tutor y mentor de Bolivar, tuvo que emigrar, por sus actividades “conspiradoras” y por buscar soluciones propias para los problemas de Sudamérica.
Fue enormemente crítico con la cerrazón cultural y política hispana.
Manifestaba que América no debía imitar servilmente, sino ser original. La sabiduría de Europa –denunciaba- es en América, enemiga de la libertad de pensar.
Para una mente libre, resultaba escandalosamente racista e inmoral, la tesis de la culpabilidad originaria de los aborígenes americanos, redimidos bajo el signo de la cruz del imperio.
Suponía una aberración antropológica y éticamente inaceptable, por la torticera intencionalidad de presuponer razas superiores e inferiores. Era la base fundamental para racionalizar la esclavitud. Algo, a lo que curiosamente, los jerarcas del nacionalcatolicismo, no pareció que hicieran muchos ascos.
En cuanto a White, son conocidas, las críticas acerbas que, en sus “Cartas desde España”-, expresaba contra la intolerancia, el fanatismo católico y el atraso del país.
Ya era endémico, ese régimen teocrático, que ha persistido hasta nuestros días, que bendijo el Concilio de Trento, y sobre todo que engendró un ente tan aterrador, como la Inquisición. Instrumento de represión inhumano donde los haya, al servicio tanto de la política, como de los enemigos de la libertad intelectual y de la de las conciencias.
Realmente, nunca existió una vanguardia intelectual en el Renacimiento. Será mejor considerarlo, más como una explosión formal de las artes, que del pensamiento. Para ello, sólo hay que analizar la temática, tan recurrente e inocua como oficialista, de la pintura, o de la literatura.
Cualquier asomo de humanismo, como se plasmó en la obra de Cervantes –tachado de erasmista-, fue estrictamente perseguido y en su caso abortado.
El hispanismo, azote de herejes, se nutría con las piras de los libros y en su caso de los disidentes.
Sus cárceles inquisitoriales, las del imperio y monarquía, o las del TOP y de la Audiencia nacional, ahí están. Las modernas con nuevas formulaciones, pero con idénticos propósitos. Reprimir cualquier disidencia, que ponga en tela de juicio la unidad sacrosanta de la patria hispana.
Efectivamente, quizás más que al nacionalcatolicismo, haya que achacar los males, al secular fundamentalismo de las élites hispanas. Ahí queda para el análisis. Pero que los efectos de ambos coincidan y sean igualmente nefastos, parece que no ofrece muchas dudas.
El hecho es, que el hispanismo, recorrió como un tsunami los pueblos bajo las armas del imperio. Peruanos, Bolivianos, mexicanos etc… y por supuesto vascos o catalanes, nunca lo aceptaron.
Ya sabemos como la monarquía reprimía la disidencia. Túpac Amaru era brutalmente descuartizado en la plaza de Cusco. Vasconia, invadida o asolada por las guerras carlistas… Son una mínima muestra, de la represión, rociada con agua bendita, que la “madre patria, ejercía contra cualquier asomo de rebeldía.
Y los pueblos quedaron descontextualizados. Erradicados de sus tradiciones, de su lengua, de su cultura. Sin norte. Olvidaron de donde venían e ignoraban el sentido de sus erráticos pasos. Hijos, tan solo de la patria hispana que les esclavizaba o avasallaba, en nombre de un Dios que nunca conocieron ni comprendieron, aunque les absolvía, eso si, sus pecados, en esa lengua, para ellos extraña, llamada castellano.
Era como sentirse hijos de nadie, o de nada.
A los vascos, siempre nos aguijoneará una cuestión: Qué nivel de desarrollo cultural, científico y de pensamiento, hubiera alcanzado Vasconia, de haberse zafado de la influencia del hispanismo.
Mentes preclaras como Huarte de San Juan –prohibido y expurgado por la inquisición-, Margarita de Navarra, ilustre humanista, Johannes de Lizarraga y Axular entre otros, nunca faltaron. Quizás sin la apisonadora de la inquisición y sobre todo, en otro ambiente más liberal, hubiera florecido en Euskal Herria el pensamiento y las ciencias. Nunca lo sabremos, pero conociendo nuestro espíritu, nos atrevemos a intuirlo.
El hispanismo constituyó un entramado o “totum revolutum”, reacio a todo viento de libertad.
Un cuerpo informe y avasallador, en manos de monarcas despóticos y de intrigantes cortesanos, haciéndoles la venia, incondicionalmente. Inquisidores perturbados y omnipotentes jueces, “talibanes” o prelados bien henchidos y clérigos crápulas… Y una larga retahíla de mercenarios, gentileshombres arruinados, rufianes y pícaros. Todos en busca de su correspondiente prebenda, de su pelotazo o de su mordida en cualquier caso.
Mientras tanto, el pueblo llano que engendró el hispanismo, vegetando asustado, ignorante y con la conciencia maniatada. Lo habitual, olla y desmadre, “panem et circenses”. Fútbol y reality shows, que desde que los medios apadrinaron el hispanismo, nos adormeció la noche del conformismo, o de la desesperanza, vaya usted a saber.
En definitiva, un pueblo que vivió aletargado y que cuando despertó, se le ilusionó con cambios que nunca cambiaron nada. Un pueblo que no marcha.
Quizás, porque como decía Simón Rodríguez,: “al que no sabe, cualquiera le engaña. Al que no tiene, cualquiera le compra… El pueblo, no debe parecerse a los árboles –añadía-, que echan raíces en un sitio y no se mueven, sino al viento, al agua, al sol, a todo lo que se mueve sin cesar”
Y esa es la triste realidad. El hispanismo, nos sumió en la decadencia y conformó un estado que al margen de leyendas negras y de otras fobias, nos ubicó en un desierto humanístico y cultural.
Conformó un imperio, hoy un estado, pero su cohesión no alcanzó los corazones de los pueblos invadidos. Ahí se quedó, en una mera epidermis, deshilachada y esperando cualquier coyuntura que le permita la ruptura definitiva.







