3 de marzo: contra el olvido y la impunidad
Alternatiba, Aralar, EA eta Ezker Abertzalea
HAN transcurrido ya 36 años desde aquel 3 de marzo de 1976 que marcó la vida y la historia de Gasteiz para siempre. Desde entonces, muchas han sido las personas y colectivos que no han cejado un solo instante en su lucha por aclarar y hacer pública la verdad acerca de lo sucedido y sus responsables, por reparar la memoria de las víctimas, y por lograr justicia y reconocimiento en torno a unos hechos que se han intentado tapar con el manto del olvido.
Hoy como ayer, resulta necesario reconocer el valor del trabajo realizado por todas esas personas y colectivos durante estos años para esquivar ese siniestro manto. Hoy es el día en que, 36 años después, el recuerdo de aquellos hechos, de sus consecuencias y de sus víctimas pervive en la memoria individual y colectiva de Gasteiz y Euskal Herria, sobrepasando fronteras y venciendo intentos de censura. El 3 de marzo está grabado en el recuerdo de mayores y jóvenes, incluidas personas que hace 36 años ni siquiera habían nacido. Esta es una tarea que debe seguir realizándose para que el relato oficial, nacido al calor de una dictadura fascista y mantenido después por el régimen que la sucedió, no perdure sobre las legítimas reclamaciones que demandan el esclarecimiento de la verdad. Una verdad que permita avanzar en la dirección del reconocimiento, la justicia y reparación que a día de hoy permanecen insatisfechas.
El 3 de marzo de 1976 Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar, Romualdo Barroso, José Castillo y Bienvenido Perea fueron asesinados en Gasteiz por la Policía Armada española, por aquel entonces a las órdenes del ministro de Gobernación, Manuel Fraga Iribarne. Además de ellos, alrededor de un centenar de personas resultaron heridas graves, la mitad a consecuencia de heridas de bala sufridas tras el desalojo de una asamblea obrera que tuvo lugar en la iglesia San Francisco, en el barrio de Zaramaga. Todo esto aconteció en un contexto de lucha obrera y huelga general en defensa de los derechos de la clase trabajadora en Euskal Herria, secundada masivamente en Gasteiz y en medio de un tenso ambiente de conflictividad laboral, social y política. Por aquel entonces no estaba reconocido el derecho a la huelga, ni el derecho de reunión ni el de manifestación, pero aquellas condiciones, totalmente adversas, no impidieron que miles de personas comprometidas decidieran organizarse para luchar por los cambios sociales, laborales y políticos que consideraban justos. De hecho, pocos días después, el reguero de sangre llegó a Tarragona y Basauri. Juan Gabriel Rodrigo y Vicente Antón Ferrero ampliaron la trágica lista de asesinados por la Policía en solidaridad con los obreros muertos en Gasteiz.
En este año 2012, de nuevo han intentado cubrir estos hechos y estos nombres propios con el manto del olvido, tejido esta vez con los hilos de la impunidad. Los responsables últimos de aquellos actos y de otros igualmente graves (traigamos a la memoria y no olvidemos tampoco los nombres de Julián Grimau, Enrique Ruano, la Operación Reconquista o Montejurra) van desapareciendo entre loas y alabanzas públicas que obvian y desprecian vergonzosamente el dolor de aquellas víctimas aún no reconocidas, y que por tanto escapan al prisma convexo de esta llamada democracia. Mientras, el tiempo y las oportunidades para esclarecer, reparar y hacer justicia se nos escurre entre los dedos, y las instancias e instituciones a quienes correspondería corregir esta situación continúan sin aparecer dispuestas a ello, lo cual acentúa el agravio y la situación de indefensión. Hoy y siempre, aquí y en cualquier parte, la dignidad de las víctimas debe ser reparada, y asumir esa responsabilidad debería ser un compromiso ineludible para lograr un escenario sin vencedores ni vencidos, sin heridas abiertas ni víctimas de primera y de segunda.
También en este año 2012, se nos hace nuevamente un llamamiento a reclamar el esclarecimiento de la verdad y así poder hacer justicia para quienes, en su lucha por un mundo mejor, les fue arrebatado todo, así como a mantener vivos su recuerdo y su lucha por la dignidad de todas las personas, y en particular de la clase trabajadora. Las personas y organizaciones que firmamos este texto secundamos este llamamiento y animamos a toda la sociedad a participar en el acto que desde la izquierda soberanista vasca hemos convocado para las 13.30 horas en la plaza 3 de Marzo y a los actos que anualmente se organizan por la tarde con tal motivo.
No olvidamos. Este 3 de marzo, renovaremos una vez más nuestro compromiso para mantener vivos también el compromiso y la lucha de aquellos cinco trabajadores y de tantas personas como ellos. Reivindicamos su imagen, hoy ejemplo de compromiso, sacrificio y valentía que nos anima a continuar la lucha por los valores que defendieron y seguir avanzando en el camino del cambio político y social
Aldaketa politiko eta sozialaren alde. Gora langileriaren borroka!
Andoni Txasko, Lander García
3 de Marzo es dignidad
Pocas fechas dicen tanto como la del 3 de marzo. Su mera mención, sin entrar en más detalles, zanja de raíz cualquier debate sobre el doble rasero institucional en lo relativo a víctimas, memoria, justicia o impunidad de las consecuencias de la violencia en Euskal Herria. El relato oficial, la reforma franquista que convirtió la dictadura en una monarquía democrática, estalla en mil pedazos cuando se asoma al espejo de la impunidad que deriva del terrorismo de Estado.
Seguimos con lógica atención el debate en torno a las víctimas en el cual algunos repiten constantemente, dirigiéndose a un determinado sector político, que sus movimientos no son suficientes. Tal vez deberíamos entender que si no basta con que la izquierda abertzale reconozca el dolor y el sufrimiento generado por la actividad armada de ETA, a los representantes del Estado español no les supondrá ningún esfuerzo hacer esa misma declaración en los mismos términos respecto al reguero de sangre que provocaron sus balas en Gasteiz.
Esto es, 36 años después, seguimos esperando que admitan su responsabilidad, que expresen un reconocimiento público del dolor causado por la policía dirigida en 1976 por Juan Carlos de Borbón (Jefe del Estado), Arias Navarro (presidente del Gobierno) y Fraga Iribarne (ministro de la Gobernación). El Gobierno británico ya lo ha hecho no hace tanto tiempo en Derry por su papel en la masacre del Domingo Sangriento de 1972 y nadie duda que lejos de suponer un problema, ese gesto ha ayudado a la convivencia en el Norte de Irlanda.
Entonces, ¿qué es lo que ocurre?, ¿acaso el Gobierno español o la jefatura del Estado no desean avanzar hacia un escenario de convivencia en Euskal Herria? Creemos que la respuesta no solo es negativa sino que el problema es mayor todavía. A nuestro juicio, han concluido que todo su sistema se mantiene a duras penas gracias a la mentira que supone su versión de los hechos: solo hay un tipo de víctimas y como mucho «algún exceso o abuso puntual» por parte del Estado. Si reconocieran el dolor causado en la masacre de Gasteiz, se daría pie a tener que hablar de otros cientos de casos similares y, por consiguiente, la violencia de Estado quedaría a la vista en toda su magnitud. La fotografía completa desnudaría la impunidad de la que disfrutan todos los criminales, sacaría a la luz que ha existido una continuidad temporal en las vulneraciones de derechos y por lo tanto visibilizaría la total injusticia en la que han cimentado su sistema político y económico.
Por eso insisten en su estrategia de mentira e impunidad, como si la gente no supiera lo que ha ocurrido en este país en las últimas décadas. Y en esta línea, no es casualidad que en la última vuelta de tuerca de ese ejercicio falsario de reescribir el relato a la medida de sus necesidades, en Euskal Telebista hayan lanzado una auténtica reedición del NO-DO. En lugar de «Represión e Impunidad», que hubiera sido la manera correcta de definir el periodo histórico que pretenden abordar, el producto aterriza con el título de «Transición y Democracia». En este enésimo intento de maquillar la impunidad, insisten en todas esas obsesiones del que ya se sabe perdedor, porque la batalla de la memoria la han perdido en Euskal Herria.
Hemos contemplado estupefactos como en esa serie se afirma literalmente que Txabi Etxebarrieta era un «asesino a sangre fría» porque mató a un inocente José Pardines «en un control rutinario». Les traiciona el subconsciente con lo de rutinario, sacado del manual de Melitón que todavía presidirá sus bibliotecas, porque la única rutina son sus mentiras de corto recorrido. Ahora pretenden criminalizar a Txabi Etxebarrieta; frente a su memoria revolucionaria, sacralizan a un guardia civil franquista a sueldo de una dictadura que vulneró sistemáticamente los derechos humanos desde el primer hasta el último día, durante por lo menos 40 años. Una vez comenzados a resbalar por la pendiente en 1968, el relato de su pretendida «Transición y Democracia» continúa en caída libre hasta llegar a la matanza de Gasteiz de 1976. Si un militante que lucha contra el franquismo es un «asesino a sangre fría», no piensen que gasear primero y ametrallar después, una asamblea multitudinaria de trabajadores, merece las mismas o mayores consideraciones. El relato en el neo-NO-DO se cuenta de la siguiente manera: «En marzo de 1976 una intervención de la policía ocasionó la muerte de cinco de los congregados».
Resumiendo, para los defensores de la impunidad, la sinopsis de este convulso periodo es la siguiente: «ETA asesina» y «el Estado ocasiona». Bajo esa premisa, en una especie de competición de patinaje histórico se afirma literalmente que «el terrorismo etarra se convirtió en el principal lastre de la transición española». Las causas y las consecuencias se diluyen. Eso sí, todo esto lo avalan con datos, sesgados claro, y es que el citado medio de comunicación nos cuenta que ETA (m), ETA (p-m) y los Comandos Autónomos Anticapitalistas acabaron con la vida de más de trescientas personas entre 1975 y 1982. Ese es el plan de comunicación del relato oficial, solo se contabilizan las muertes provocadas por acciones de estas organizaciones armadas clandestinas. Es un auténtico ejercicio de hipocresía, ocultar la realidad de esa manera. En ese periodo en el que por razones obvias en Martxoak 3 Elkartea nos sentimos tan aludidos, además de comprobar a quien incluyen en esas listas de «víctimas del terrorismo», sobre todo tendríamos que aportar otras cifras para completar la fotografía de lo que ha ocurrido en este país. En concreto, con los datos de Euskal Memoria que cualquiera puede consultar y cotejar, entre los citados 1975 y 1982 se produjeron por lo menos otras 199 muertes, medio millar de heridos, más de 5.000 detenidos y cientos de torturados con nombre y apellidos. Todas ellas víctimas de la violencia de Estado en todas sus expresiones y derivadas policiales o de guerra sucia en comisarías, cárceles, controles de carretera e incluso manifestaciones en la calle y a plena luz del día.
Ellos lo ocultan, nosotros lo denunciamos; por eso necesitamos una Comisión de la Verdad que responda claramente conforme a la legislación internacional en materia de DDHH y analice las vulneraciones que se han producido en Euskal Herria. Si la mayoría social y política de este país comparte el diagnostico de que es necesario ese mecanismo, se acabará materializando. Así podremos generar las condiciones para acceder a la Verdad, la Justicia y la Reparación, y afianzar unas garantías de que hechos pasados no vuelvan a repetirse.
Mientras tanto, hasta que no construyamos herramientas desvinculadas de las estructuras que han posibilitado la impunidad durante todo este tiempo, tenemos que seguir trabajando y concienciando. Nuestra respuesta es compromiso, como el que nos ha demostrado siempre Blanca Antepara a lo largo de toda su vida en este largo camino en el que siempre nos ha acompañado. Ahora, aunque no esté físicamente con nosotros, su coraje, espíritu de lucha y solidaridad siguen presentes, porque Blanki es 3 de Marzo, y 3 de Marzo es dignidad. Agur eta Ohore.
3 de marzo: verdad, justicia y reparación
César Arrondo
Las huelgas obreras fueron una constante en 1976 en el País Vasco. Miles de trabajadores luchaban en el espacio público por remuneraciones más equitativas y mejores condiciones de trabajo. Los obreros se encontraban muy bien organizados y desarrollaban su plan de lucha, con el aval de sus afiliados. Un 3 de marzo, la Policía irrumpió en la iglesia San Francisco de Vitoria, mientras se desarrollaba una asamblea gremial, comenzando a desalojar a los allí reunidos, con gases lacrimógenos y todo tipo de medidas represivas, culminando su faena con cinco asesinatos.
Con el objetivo de mantener la memoria histórica, y para que estos hechos no quedaran en el olvido, un grupo de ciudadanos y ciudadanas vascas organizarán una plataforma a la cual denominaron Asociación 3 de Marzo, cuyo objetivo principal es exigir que la justicia castigue a los asesinos de los trabajadores muertos en 1976 para mitigar en parte el daño ocasionado a quienes perdieron la vida, a sus familias y a sus afectos.
Este año se cumplen 36 años de aquellos luctuosos hechos y los familiares y amigos de las víctimas esperan justicia y que se realice una reparación moral pública, donde el Estado reconozca no solamente estas actuaciones aberrantes, sino también todos los crímenes que tuvieron lugar desde el levantamiento militar contra las instituciones democráticas que tuvo lugar en julio de 1936. Esta nueva conmemoración del 3 de marzo de 1976 debe servir para reafirmar el hecho histórico, pero también para reclamar la vigencia plena de la memoria histórica, que sólo será posible a través de la puesta en funcionamiento de comisiones de la verdad.
Desde la Diáspora, nos sumamos solidariamente a los actos que recuerdan los asesinatos del 3 de marzo de 1976 y exigimos verdad, justicia y reparación, como única manera de poder poner fin a una larga noche que comenzó en 1936 y que se ha extendido hasta nuestros días e impide la plena vigencia de la verdad histórica.









