Las dictaduras, cuando duran cuarenta años, no mueren si no las matas tú: se esconden y esperan. Y cuando las condiciones lo permiten, vuelven a asomarse amparadas por una cultura de la jerarquía y la autoridad transmitida generacionalmente

Un tanque en Valencia en la noche de 23-F (fotografía: Aitana/TVE).
Permítanme que les llame la atención hoy sobre esta magnífica entrevista de Andreu Barnils al árbitro Xavier Estrada que publicamos ayer (1), porque creo que es de esas que –discretamente y sin hacer ruido– levantan una punta de la alfombra y dejan ver con claridad qué hay debajo.
Hay una frase de Estrada –árbitro de primera división– que debería hacer reflexionar mucho más de lo que probablemente hará. La dice con la naturalidad de quien explica algo obvio, quizás demasiado obvio: muchos árbitros de fútbol, hoy, en 2026, aquellos que son promocionados a la máxima categoría, son ex-policías o ex-militares. Y dice nombres y apellidos, para que no haya dudas de eso que explica: Guadalupe Porras, ex-militar; Santi Latre, ex-militar; José Luis González González, ex-policía; Carlos del Cerro, ex-policía; Martínez Munuera, guardia urbano.
Podríamos pensar que es una simple casualidad. Podríamos decir que la disciplina militar o policial prepara bien para un trabajo que exige autoridad y carácter. Podríamos argumentar muchas cosas. Pero hay otra explicación –más incómoda y más precisa– que los historiadores llevan décadas documentando y que el caso narrado en la entrevista ejemplifica a la perfección.
Las dictaduras largas como la franquista no se mantienen sólo por el miedo. El miedo es caro, es inestable, se agota. Lo que construye una dictadura duradera es la aparición de una red de lealtad cotidiana, de favores distribuidos, de pequeños privilegios que ligan a mucha gente corriente –en cada pueblo, barrio o ciudad– al régimen sin que nadie tenga que hacer nada heroicamente malo. Paul Preston, el historiador británico que mejor ha estudiado el franquismo desde fuera, explica que la corrupción no era tan sólo un defecto del sistema franquista, sino que hay que interpretarla como uno de los pilares fundamentales del régimen. No una excrecencia no querida, sino una arquitectura pensada y estudiada, planificada, que se ha mantenido pasadas las décadas.
Por eso, durante los años cuarenta y cincuenta, acceder a ciertos oficios no dependía del mérito ni de la formación, sino de la fidelidad política. Vender lotería, conducir un taxi, abrir una farmacia, arbitrar partidos de fútbol, trabajar en el ferrocarril, hacer de maestro: todo era, en buena medida, un sistema de recompensa a los fascistas, a los afectos al régimen, a quienes habían estado junto a Franco durante la guerra. En todas partes. De hecho, también Robert Paxton, en su estudio clásico sobre el fascismo europeo ‘The Anatomy of Fascism’, describe este mecanismo como la pieza fundamental en todos los regímenes fascistas consolidados: la creación de una base social amplia de “pequeños beneficiarios” –la expresión es muy nítida– que incluso si no se identifican necesariamente con la ideología saben que deben su posición al mantenimiento del orden existente.
Y esto, además, tiene un efecto que se extiende mucho más allá de la propia dictadura si no hay una ruptura o una depuración, y que explica comportamientos de lo contrario inexplicables: ¿por qué los árbitros todavía hoy favorecen sistemáticamente al equipo de fútbol del régimen? Saben de qué hablo…
La razón es que cuando Franco muere, en 1975, esa red no desaparece. Los taxistas, farmacéuticos, árbitros, ferroviarios, jueces, maestros colocados por el régimen no son depurados. Continúan en sus sitios. Y algo más importante: transmiten. Transmiten el trabajo, los contactos, la forma de ver el mundo y, sobre todo, la sensación de que el orden anterior no era tan malo, que las cosas funcionaban, que la disciplina valía. Las federaciones deportivas, como apunta Estrada, son instituciones que nacieron y se estructuraron durante el franquismo y que no han vivido ningún proceso serio de transformación institucional. Esto explica su intransigencia con los símbolos, por ejemplo, su obsesión nacionalista española.
Varios sociólogos y politólogos europeos han estudiado cómo las clases populares que provienen de tradición fascista se reproducen socialmente gracias a instituciones intermedias y aparentemente no políticas, como sindicatos verticales reconvertidos, asociaciones supuestamente culturales o festivas –las fallas, ¿qué son y qué papel tienen, si no, en la ciudad de Valencia? y todo sin ser conscientes de ello– culturas organizativas autoritarias mucho tiempo después de la caída formal del régimen. No es conspiración. Es –la explicación es mucho más sencilla– inercia cultural, redes de confianza que funcionan hacia adentro y que excluyen hacia fuera.
Evidentemente, con el paso de los años, casi todas las profesiones han tenido que abrirse y hoy sería abusivo y profundamente injusto decir que, por ejemplo, cualquier vendedor de lotería es franquista. No es esto. Pero sí cabe percibir que determinadas culturas de raíz no democrática han pervivido sin grandes cambios, incluso negando la ideología. ¿Cuántas veces se han sorprendido por cualquier portero de oficina o controlador de acceso al tren que actúa como si fuera un capitán general? ¿Por qué creen que en otros países los funcionarios, por ejemplo, son amables y tienen voluntad de servicio y aquí no?
Es en este punto en el que la reflexión de Estrada sobre el fútbol conecta con algo mucho más importante, levanta la puntita de la alfombra. A menudo nos preguntamos, con genuina perplejidad, cómo es posible que Vox haya irrumpido con tanta fuerza en una sociedad que mucha gente consideraba que había superado al franquismo. O cómo es que la extrema derecha en general –la catalana también– hace adeptos tan fácilmente entre gente normal y corriente que hace cuatro días nunca habría dicho que confiaba en el mando marcial y la mano de hierro. ¿Cómo es posible que discursos que hace veinte años parecían definitivamente enterrados ahora se ciernan libremente sobre nuestras calles y plazas?
La respuesta, en parte, es ésta: porque nunca han sido enterrados del todo. Fueron amablemente aparcados, hasta cierto punto domesticados e interesadamente reformatados. Pero el sustrato social que les sostenía –aquella red de familias que debían su posición al orden anterior, aquellas instituciones que nunca se reformaron en serio, aquella cultura de la jerarquía y la autoridad transmitida generacionalmente– ha continuado existiendo, silenciosamente, esperando el momento adecuado en el que la crisis económica, el miedo social, la demagogia sobre la emigración les dieran una nueva voz factible y la posibilidad de volver.
Alemania hizo una desnazificación imperfecta pero real: hubo juicios, depuraciones, pedagogía oficial de la memoria y un cambio cultural desde la base. El Estado español no hizo casi nada. La transición –hoy que harán el numerito este sobre el 23-F es un buen día para decirlo– fue un pacto de olvido que permitió la continuidad democrática pero al precio de dejar intactas las estructuras profundas del régimen. Y los árbitros de fútbol son una metáfora perfecta: nadie les pidió cuentas, nadie reformó las federaciones, nadie intervino la liga, nadie rompió la cadena de favores. Recuerden que hasta el año 2023 se negó al Levante el haber ganado la copa de España en 1937, porque era la Copa de la República. ¡Hasta el 2023! O que La Vanguardia, todavía hoy, sigue presentando cada día la numeración del diario sin contar los ejemplares que imprimió durante la guerra, de los que renegó tras la entrada de Franco en Barcelona.
Cuando Estrada dice –con toda la naturalidad del mundo– que muchos árbitros son ex-policías o ex-militares no dice que sean franquistas. Pero dice algo más sutil y más inquietante: que hay lugares de la vida social española donde el tiempo no ha pasado al igual que en otros, donde ciertas lógicas de colocación y control social siguen operando, donde la dictadura dejó unos surcos tan profundos que ni el paso de los cincuenta años siguientes los ha terminado de allanar.
Y si esto es verdad en una simple federación de fútbol, cabe preguntarse en cuántos otros lugares es igualmente verdad. En los cuerpos de policía. En ciertos sectores de la judicatura. En algunas cámaras de comercio. En determinados medios. Entre el funcionariado estatal. Y no hago una pregunta retórica, sino que afirmo que ésta es la pregunta que debería centrar el debate sobre el estado real de la “democracia española”. Porque las dictaduras, cuando duran cuarenta años, no mueren si no las matas: se esconden y esperan. Y cuando las condiciones lo permiten, vuelven a asomarse. Quizás no con uniforme militar, sino con corbata. O con traje de calle. O silbando en el fútbol y señalando los penaltis siempre a favor de los mismos…
(1) https://www.vilaweb.cat/noticies/xavier-estrada-arbitres-ex-policies-nacionals/https://www.vilaweb.cat/noticies/el-23f-i-els-arbitres-de-futbol/







