En 2025 acaba con una constatación incómoda, pero ineludible: hemos entrado en una era de desorden geopolítico mundial deliberado. No es sólo un caos fruto de la improvisación de Donald Trump; es un desorden funcional, calculado, útil para los intereses de una fracción de los dirigentes mundiales pero devastador para la mayoría de la ciudadanía.
El regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos no es sólo un cambio político. Es la materialización de un nuevo ciclo histórico: el del populismo autoritario como método de gobierno global, el de la fuerza por encima de la ley, el del interés particular por encima de cualquier idea de bien común. 2025 habrá sido el año de la ruptura de los frágiles equilibrios que sostenían el último neoliberalismo. Todo apunta a que 2026 será el año en que el desorden global se convertirá en el horizonte de un mundo que parece predispuesto a vivir en su cara más oscura. Nunca las ciudadanías del mundo han tenido tanto que perder en manos de dirigentes descontrolados y ebrios de poder.
Veremos si el alcalde de Nueva York -socialdemócrata y musulmán- puede aportar algún brote de esperanza a una situación ideológica mundial francamente alarmante. Y es alarmante porque la gente como Trump, generadores de inestabilidad, no tienen otro horizonte que beneficiarse directamente del desorden. Y es dramático que la política tradicional no sepa presentar alternativa convincente alguna, al menos hasta la fecha.
Trump, y los demás Trump del planeta, representan una constelación de intereses económicos, financieros y mediáticos que está haciendo del conflicto, del desorden y del ruido una forma de negocio y una estrategia de poder. Los demás Trump son también sus aliados explícitos o implícitos, empezando por Vladimir Putin, con quien comparte una misma visión del mundo: grandes potencias repartiéndose zonas de influencia, soberanías pequeñas sacrificables, democracias débiles prescindibles. Beneficia a una constelación de irresponsables. Los otros Trump son los Elon Musk y la generación de irresponsables tecnológicos individualistas y codiciosos, reducidos a hacer dinero y despreocupados de todo lo que no sean ellos mismos y sus negocios.
En este escenario, Europa es la gran perdedora. No sólo como proyecto político, sino como proyecto de civilización. Una Europa fragmentada, insegura, desacreditada, incapaz de defenderse y expresarse con una sola voz. Una Europa en manos de políticos mimetizados con Trump o incapaces frente a Trump y a los demás mandatarios imperiales. Trump y Putin no necesitan destruir militarmente a Europa: les basta con erosionarla política, económica e incluso moralmente.
Ténganlo en cuenta: la alianza entre los líderes imperiales y los grandes depredadores tecnológicos significa una nueva forma de poder en la que unos pocos centros de políticos y unas pocas corporaciones ya no se preocupan tanto de gobernar territorios como de gobernar conciencias. No hacen leyes, pero las dictan o desactivan. No convocan elecciones, pero las hacen ganar a quien les conviene. Están construyendo una especie de feudalismo del algoritmo en el que la democracia es un obstáculo, la regulación un estorbo y la ciudadanía un conjunto de datos explotables. El desorden les favorece: menos normas, menos control, mayor poder.
Si 2025 podrá ser recordado como el año del desorden global, 2026 corre el riesgo de ser el año del acomodo. Guerras largas sin solución. Vulneraciones del derecho internacional sin consecuencias. Elecciones cuestionadas, pero asumidas como inevitables. Mentiras flagrantes que ya no provocan indignación. La ONU ya no detiene ninguna guerra. Ahora las provoca y las detiene Trump. Las alianzas entre países están controladas por los intereses de las familias de los gobernantes. Los países pueden recurrir a la fuerza para modificar las fronteras. Putin empezó en 2014 con Crimea y después vino Ucrania. Trump quiere apoderarse de Groenlandia y del petróleo venezolano. Un tipo de fervor bélico vuelve a dominar el planeta, seguramente similar al de 1914-45, pero con una capacidad de destrucción inmensamente superior.
El gran peligro es el conflicto provocado, pero más aún la asimilación del conflicto como estado natural de las cosas. Provocar el conflicto para después restablecer el orden a expensas de la inversión militar, de los muertos que hagan falta, del enriquecimiento de quienes apuestan por invertir en empresas de armamento y del empobrecimiento de las clases medias parece ser el modelo de mundo que se apunta como triunfante para 2026. Incluso puede ser que los inductores consigan el Premio Nobel de la Paz.
Todo esto a partir de una estrategia que, de momento, nadie parece saber cómo combatir: destruir las democracias erosionándolas desde dentro, lenta, pero eficientemente, abatiendo a una ciudadanía que día a día se adapta por falta de ninguna otra política más o menos convincente.
2026 puede consolidar un claro escenario: un mundo aparentemente multipolar, pero políticamente autoritario y moralmente brutalizado. Unos Estados Unidos más introvertidos y erráticos, una Rusia aún más agresiva, una China más asertiva y una Europa buscándose a sí misma. Un mundo fraccionado en tres grandes poderes, con el interés económico como única motivación. Nada apunta a que podamos ver reforzarse un mundo multipolar cooperativo, sino un mundo multipolar depredador, donde las potencias medias y los pueblos sin Estado —como Cataluña— tendrán menos voz y menos margen de maniobra. Estamos apañados si confiamos en la Europa actual para resolver nuestro pleito histórico con el Estado español.
En cualquier caso, paradójicamente, nos conviene seguir exigiendo más Europa y más democracia. Y nos conviene una estrategia europea en defensa, energía, soberanía tecnológica, cohesión social, solidaridad y valores. Y nos conviene una política de inmigración clara e inequívocamente combativa con el populismo. O eso, o bien seguir agrandando el papel subsidiario, impotente y envejecido de Europa frente a los demás imperios e incluso frente a los nuevos y poderosos depredadores tecnológicos. La Unión Europea se juega dejar de ser un proyecto de valores colectivos para convertirse en un mercado sin alma en manos de un grupo de irresponsables sociales. Y esto no es una abstracción: tiene consecuencias directas sobre los derechos, el modelo social, la cultura democrática y la capacidad de resistencia frente a los autoritarismos. En uno de estos días de comidas familiares escuché a un adolescente europeo asegurar con convicción que lo único que vale la pena es hacer dinero.
Y en España, ¿qué? El gran objetivo del PP y de las propias instituciones profundas del Estado para 2026 parece claro: abatir a Pedro Sánchez, al precio que sea. Lo consideran un traidor a los intereses de los mandatarios estatales, de quienes se creen propietarios, elegidos o no. Consideran que Sánchez no ha respetado las reglas del juego pactadas entre los socios que desde siempre administran al Estado desde dentro. Los catalanes sólo hemos visto sus efectos: lo que llamamos centralismo y españolismo.
Me pregunto, y creo que sería esencial que la política catalana se lo respondiera antes de que se materialice, qué vendrá después de que el Partido Popular logre el gobierno del Estado. Lo que estoy seguro es que el poder profundo tiene una estrategia de desmantelamiento de la catalanidad. ¿Alguien cree honestamente que un PP aliado con Vox gobernará como un partido conservador europeo clásico? ¿Alguien puede creer que el PP y Vox, impregnados de metodología Trump y de populismo a raudales, no configurarán una gobernanza estatal duramente involucionista en términos políticos, sociales y territoriales? ¿Alguien puede dudar de que el combate contra la inmigración no tendrá un corolario interno basado en la pugna contra el catalanismo y los derechos nacionales de los catalanes?
¿Cuántos derechos sociales se pondrán en cuestión? ¿Cuántas conquistas feministas, laborales y culturales se revisarán o desmantelarán? ¿Cuántos retrocesos democráticos se justificarán en nombre del orden populista y de la unidad de España? ¿Hasta dónde se perjudicará la lengua catalana? El marco mental españolista se está desplazando a la derecha dura y populista. Y los marcos, cuando se instalan y están sostenidos por algoritmos, duran.
En todo caso, todo apunta a que Cataluña volverá a ser presentada como problema, excusa y objetivo del Estado, de sus partidos centrales y de sus instituciones. Basta con escuchar los discursos del monarca. En Cataluña, el horizonte del año que comienza no es, por tanto, demasiado esperanzador. Tenemos un país políticamente desmenuzado. Dividido entre españolismo y catalanismo, entre independentismo y autonomismo. Y, dentro del independentismo, estrategias estúpidamente irreconciliables y egos sobredimensionados. ¿A quién puede extrañar que, con una situación así, la extrema derecha populista se asome con fuerza?
Sigo pensando que Cataluña tiene un potencial extraordinario, social, cultural y económico. Pero políticamente está en un momento de extrema debilidad. Y esto no es sólo culpa del 155; es también culpa nuestra. Practicar una política de minifundio, sectaria y fratricida tiene consecuencias. Simplifica, anestesia y aleja.
Ojalá que 2026 fuese el año de la reactivación política y cívica de la sociedad catalana. O esto, o la instalación definitiva en la irrelevancia estratégica. Me pregunto si, además de mantener tantas mesas como convenga con el PSOE, no sería conveniente una MESA en mayúsculas entre los partidos independentistas, donde se dijeran las palabras limpias y dignas de ser escuchadas que reclamaría el maestro Espriu. ¿No tocaría —vuelvo a preguntar—, nueve años después de 2017, poner en una mesa compartida todos los elementos necesarios para adecuar la idea de catalanidad y el propio movimiento catalanista a unas circunstancias tan complejas como las que Cataluña vive?
Para los catalanes en 2026 hay muchas cosas pendientes. La pregunta ya no será sólo independencia sí o no, sino una más incómoda: ¿queremos ser sujeto político o simple territorio administrado? Parece claro que el PSC hará caminar al país en esta dirección. Los partidos independentistas, ¿saldrán de su letargo egocéntrico? ¿Recuperarán una mirada de país? ¿Volverán a hablar a la mayoría social, y no sólo a sus respectivos núcleos? ¿Sabrán construir un relato que concierna a las clases medias y trabajadoras? ¿O aceptarán seguir divididos y siendo el chivo expiatorio de la política española? ¿Aceptaremos, los catalanes, seguir siendo los principales pagadores del crecimiento de este Estado-Madrid que, con los recursos catalanes, está forjando uno de los centros más dinámicos y peligrosos del nuevo populismo europeo?
Atención, porque a falta de política cada vez es más la gente contagiada del individualismo radical que impregna las sociedades llamadas avanzadas o más o menos acomodadas. A falta de comunidad, más ‘yoísmo’. A falta de proyecto colectivo, más dinero como único horizonte, más pensamiento simplista a través de TikTok y mayor opinión condicionada por el algoritmo. Una sociedad cada vez más reactiva y menos reflexiva. Una sociedad que acepta no saber dónde va.
2026 puede marcar un salto cualitativo negativo en la política española y catalana: no veo ningún antídoto para evitar los condicionantes que suponen las plataformas tecnológicas, las elecciones moldeadas por datos, las emociones colectivas fabricadas. La gran batalla no será sólo ideológica, sino cognitiva. Quien controla la atención, controla el poder. Y ahí los partidos democráticos llegan tarde y mal.
La pregunta final no es retórica: ¿hay algún camino para combatir el mal de la época? ¿Existe espacio para una rebelión cívica, democrática, inteligente y persistente? No una revolución romántica, sino una resistencia consciente: cultural, educativa, comunitaria. ¿Cómo poner un país pequeño y lleno de asignaturas pendientes como Cataluña?
Paradójicamente, cuanto más individualismo, mayor necesidad de comunidad. Me gustaría suponer que 2026 verá nacer -o renacer- formas de cooperación local, redes cívicas, microrebeliones democráticas y, en el caso catalán, una sociedad civil con proyecto nacional y de Estado catalán y, en consecuencia, de contra-estado español y capaz de combatir el populismo internacional. La ecuación es compleja, pero no hay otro camino que tratar de resolverla. Para 2026 todavía hay una brecha: la toma de conciencia y el cambio radical en la política catalana. Todavía es posible, porque, por suerte, el futuro nunca está escrito del todo.
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