¿Y ahora qué? Mi plan es este

«Las palabras ‘democracia’ e ‘independencia’ son ahora sinónimos. No habrá república si nos dejamos quitar la democracia, y no habrá democracia si nos dejamos quitar la independencia»

 

¿Y ahora qué? Es la pregunta que nos hacemos todos. Si el movimiento independentista ha tenido una dirección unificada y bien coordinada, seguro que no es ahora. Por razones obvias. Como había hecho siempre en los territorios conquistados, el Estado español ha comenzado la feroz represión descabezando el movimiento sublevado. Con un acierto estratégico que se le ha de reconocer, comenzó por los Jordis, que eran una especie de engranajes que facilitaban el entendimiento entre los partidos y con la sociedad civil organizada. Y luego fue el turno los principales dirigentes de los partidos y el gobierno. Si la coordinación entre las familias independentistas ya no era algo fácil cuando el Estado español no golpeaba como ahora, la represión ha hecho el efecto contrario de lo que hubiera sido deseable: una batalla por las migajas en lugar de una reacción unitaria como Dios manda.

Pero, ¿y ahora qué? ¿Qué podemos hacer, si hay partidos que han decidido que toca aceptar las limitaciones impuestas por el Estado español y sus aparatos represivos? ¿Qué podemos hacer, si Alemania entrega Puigdemont a España? ¿Cuál es ahora el plan del independentismo? Sin pretender resolver nada solo y con la única voluntad de hacer una aportación abierta, breve y necesariamente perfectible, hago aquí mi propuesta. Insisto en que es un plan sintético y que, si sirve para motivar el debate o la reflexión, ya habrá cumplido su función.

investidura

El 22 de mayo termina el plazo para hacer una investidura sin tener que pasar por unas nuevas elecciones. Desde el 30 de enero, cuando se tenía que investir al presidente Puigdemont, expulsado con amenaza de violencia (esta sí) el 27 de octubre, no ha hecho más que perder sábanas en cada colada. La nueva situación en que se encuentra (hay que esperar ver cómo resulta dentro de unos días) obliga a volver unos meses atrás y recuperar una cuestión que no se debería haber perdido: el rigor en la defensa de la democracia en Cataluña. No se puede dar un paso atrás cuando se vulneran los derechos democráticos de los catalanes. No es un problema de si se vulneran los derechos de los diputados (que también pasa). Hablamos de algo más grave. No hacer efectiva la investidura de quien tiene el apoyo mayoritario de la sociedad es aceptar una dictadura maquillada.

Por lo tanto, primero hay que investir a Carles Puigdemont en el parlamento lo antes posible. El reglamento no impide hacerlo de ninguna manera. Y no se puede permitir que un tribunal político en Madrid invente un nuevo reglamento para el parlamento y se lo imponga. Si el presidente o alguien de la mesa actual de la cámara no está dispuesto por las consecuencias que pueda acarrear (inhabilitación, en el peor caso), puede pedir el recambio de alguien que esté dispuesto. La CUP ya se ha ofrecido, pero puede ser el caso de más diputados que no se juegan la carrera política.

Movilización permanente

Nueve dirigentes independentistas están en las cárceles españolas. Nueve personas que no han hecho nada de nada. Que no han cometido ningún delito. Esto no se resuelve tratando de no pisar la línea roja que nos quieren imponer. Hay dos salidas posibles y complementarias: conseguir la independencia y negociar la situación cuando llegue el momento de tratar de atenuar los daños del Estado español; y organizar una movilización tan fuerte que se logre captar la atención de las instituciones internacionales, las organizaciones de derechos humanos y la opinión pública europea. Es decir, conseguir que para el Estado español sea insoportable aguantar la presión por la vulneración de los principios más básicos del derecho y de la democracia.

Esta es una movilización que debe ir en paralelo con el combate por la defensa de la república. Mejor dicho, debe ser el mismo. La lucha independentista debe incluir la exigencia de libertad para los presos políticos catalanes en todo el mundo. Lo que seguro que no puede pasar es que la movilización antirepresiva sustituya el clamor de independencia de los catalanes. Porque la represión busca esto: hacer retroceder a quien aspiraba a la luna hasta que acabe aspirando a sobrevivir en el barro. Por lo tanto, la única manera de no dejarse derrotar por la estrategia represiva es volver a poner por delante el objetivo que nos ha traído hasta aquí: la independencia.

Objetivos y metas

Los calendarios y los planes milimetrados son los peores enemigos de la estrategia política. Lo hemos dicho miles de veces: el control del tiempo es media victoria (la otra mitad es el dominio del lenguaje o, dicho de otro modo, de las reglas del juego). Por tanto, no creo que tenga ningún sentido pensar si la independencia debe ser una realidad esta primavera, a finales de año o dentro de diez años. Más que ponernos objetivos temporales, lo que nos acercará a ella es caminar con decisión y con las ideas más claras que hasta ahora. Ahora ya queda más que demostrado que la independencia comportará represión, cárceles, exilios y porrazos. Quien crea que hay que renunciar a ella, lo puede decir. Pero es necesario que todo el mundo sea claro y que no juegue con las aspiraciones y la generosidad de la gente.

No hay que hacer calendarios cerrados, pero hay que tener metas claras. Y el calendario sitúa unas elecciones municipales y unas elecciones europeas para la primavera del año que viene. ¿Qué pasaría si el independentismo lograra gobernar todas las grandes ciudades del país y el resultado global fuera incuestionable en las municipales? ¿Y qué pasaría si se hiciera una lista ciudadana de todo el independentismo para ir a las europeas como una sola voz y el resultado también fuera contundente? Quizá no sería la solución de todo, pero estoy convencido de que serían pasos agigantados hacia la independencia.

Nuevas elecciones y juicios

En medio habrá más hitos que pueden condicionar de forma rotunda el camino. El primero es la reacción que pueda tener el Estado español ante la investidura de Puigdemont. Al respecto creo que se debe construir un muro democrático y no abandonarlo. Si encuentran la manera de dinamitar la toma de posesión de Puigdemont (que, si continuara encarcelado, podría delegar la gestión presidencial a una consejera en jefe), hay que plantarse e impedir cualquiier investidura que no sea la que quiere la mayoría. Y si esto implicara unas nuevas elecciones, habría que encararlas con la misma determinación de no ceder ante la amenaza y del chantaje contra la voluntad democrática. En este caso, creo que habría que encontrar fórmulas suficientemente inteligentes y ahorrarnos la disputa corta de los partidos.

Tampoco hay que hacer ahora un debate de algo que no ha ocurrido. No adelantemos acontecimientos. Pero no nos debe dar miedo el escenario de las urnas porque es lo que nos da más ventaja. De entrada, hay que investir a Puigdemont y defenderlo como un acto democrático. Si España lo tumba, tendremos aún más fuerza para explicar a Alemania y a todo el mundo que el Estado español no es un Estado democrático.

Empoderarse

También llegará un día que tendremos un juicio y una sentencia. Haría falta que, cuando llegara el momento, no nos pusiéramos a improvisar la respuesta. Y también es necesario que, cuando llegue una nueva oportunidad de salir a la calle en masa en defensa de la república, todo el mundo sepa cuál es su función. Quiero decir que hay poderes muy reales que tratarán de volver a condicionar e impedir la libertad de los catalanes. Y hay que tener claro cómo los haremos tambalear. ¿Continuaremos siendo clientes de la Caixa, del Banco de Sabadell, de Endesa, de Gas Natural y de todas las empresas que chantajean a la democracia cuando lleva a la independencia? Por lo tanto, una de las tareas más importantes no es escribir leyes y decretos para guardarlos en un cajón, sino empoderarnos desde la base. Que el poder de los ciudadanos que actúan libremente y hacen valer su decisión es mayor que cualquier ley que se quiera imponer. Ahora ya ha quedado claro que la idea de pasar ‘de la ley a la ley’ con España de adversario es imposible.

Este plan tiene una síntesis muy clara. Investir a Puigdemont porque es el vínculo más claro y directo con la independencia. No investir a Puigdemont es ceder al chantaje. Y no podemos ceder ni un palmo en detrimento de la democracia. Las palabras ‘democracia’ e ‘independencia’ son ahora sinónimos. No habrá república si nos dejamos quitar la democracia, y no habrá democracia si nos dejamos quitar la independencia. Hay que construir el muro y no retroceder ni un palmo. La estrategia es el choque democrático. Y con este choque podemos ampliar la mayoría, podemos recuperar las instituciones y podemos crear un problema insoslayable a la comunidad internacional. El otoño pasado pudo mirar hacia otro lado porque aceptamos no ser un problema. Ahora no lo podemos volver a aceptar. Muro democrático. Investidura. Unidad de acción. Y movilización permanente.

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