En pleno colapso de los regímenes comunistas en Europa del Este a principios de los noventa el historiador marxista Eric Hobsbawm publicó su célebre historia del siglo XX, ‘La Era de los extremos’, en la que, a contracorriente de los acontecimientos, hacía una encendida defensa de los resultados de la revolución rusa de octubre de 1917. Para Hobsbawm, una de las principales ironías del siglo que se escurría consistía en que el comunismo había salvado al capitalismo dos veces: primero con las armas de el Ejército Rojo contra los delirios de Hitler y, segundo, durante la guerra fría, como incentivo de contención de las élites económicas de la Europa occidental que se habían visto obligadas a promover el estado de bienestar para impedir que un tumulto social terminara derribando el sistema.
Han tenido que pasar algo menos de dos décadas para que se constatara que en ausencia de un modelo antagonista en el orden socioeconómico como el que representaba la Unión Soviética las clases dominantes en Occidente han campado sin freno en una orgía que ha sido a la vez causante de la larga crisis que arranca en 2007 y factor de profundización en la misma. Las supuestas estructuras democráticas europeas en todos los niveles (local, estatal, supraestatal) no han impedido la parasitación de las administraciones por el gran capital a través de un estamento político servil y cómplice con el saqueo de los recursos públicos que ha contribuido a disparar las desigualdades. El capítulo del rescate bancario desarrollado en los últimos años ha sido emblemático en este sentido: los oligopolios financieros se dedicaban a alimentar una burbuja de crédito basada en productos tóxicos y después buena parte de ellos tuvieron que ser rescatados por los poderes públicos mediante inyecciones de miles de millones de euros obtenidos con el desguace de los servicios públicos y con el incremento de la presión fiscal sobre las rentas del trabajo (las rentas de capital siempre han estado sujetas a presión inferior y buena parte de ellas conseguían evadirse en paraísos fiscales). No bastante satisfechos con este estado de cosas, con el dinero canalizado de los contribuyentes a la banca por el estamento político el sector financiero, incluidos los dirigentes de entidades rescatadas, continuaron insistiendo en la espiral especulativa y apostaron contra los bonos que los estados habían emitido precisamente para rescatarles obteniendo todavía una alta rentabilidad de su usurpación.
Durante las negociaciones del gobierno griego presidido por Alexis Tsipras con las autoridades europeas planeó entre los acreedores el temor de que se planteara una quita ante la incapacidad griega de cumplir con sus compromisos financieros. Pero pocos vaticinios apocalípticos ha generado el no retorno de casi 37.000 millones de euros de los 100.000 millones de euros que se transfirieron para rescatar las entidades financieras españolas. No ha habido ninguna conmoción porque las entidades no han asumido sus deudas pero el gobierno español sí que responde del derrumbe ante el fondo europeo (MEDE) y ante los acreedores con el dinero de los contribuyentes. En otras palabras, el poder político español ha aceptado sin refunfuñar que el gran capital haya evaporado casi el equivalente a una cuarta parte del producto interior bruto catalán mientras él impone sacrificios draconianos a las clases populares.
Y las instituciones europeas, ¿tampoco denuncian que los objetivos de reducción de déficit y de deuda no se cumplan porque algunos estados como España han renunciado a recuperar el dinero prestado a la banca? Seguramente ha sido la misma Unión la que ha potenciado este expolio con un presidente de la Comisión a la cabeza, Jean-Claude Juncker, que ahora ofrece inversión y moderación en los recortes pero que había sido el principal paladín de la austeridad como presidente Eurogrupo además de primer ministro de Luxemburgo, uno de los principales paraísos fiscales europeos. El sistema quizá se está desguazando pero a veces parece que tarda demasiado.
EL PUNT – AVUI






