“No podemos naturalizar la idea de que somos una minoría nacional, porque lleva implícita la idea de que somos una minoría en nuestro propio país“
Los catalanes sufrimos dos fuerzas prácticamente irresistibles que nos empujan a repensarlo todo. Por un lado, la traición de los líderes, que hicieron suya una revolución popular contra España sin saber culminar su parte, que era constituir un nuevo régimen político. Y por otro, la crisis sistémica que está destruyendo el orden mundial vigente desde la Segunda Guerra Mundial y bajo el que el Estado ha podido gobernar sobre nosotros sin consentimiento democrático.
Es normal y natural, pues, que como damnificados todavía por estas dos dinámicas nos hayamos abocado a reformularlo todo: quiénes somos, qué queremos y cómo lo haremos. De hecho, un pueblo que perdió la libertad hace tanto tiempo pero no ha renunciado a ser libre lógicamente debe hacerse todas estas preguntas de forma permanente. Sin embargo, lo que no es sano, ni productivo, ni racional, ni útil es cambiar las respuestas sin que nadie haya demostrado que las anteriores estaban equivocadas.
Los líderes que nos han traicionado y nuestros enemigos nos tienen donde seamos más inofensivos para sus intereses. En vez de mantener una lucha sin cuartel contra ellos para desahuciarlos para siempre de nuestra casa, nos dedicamos a buscar falsas culpas y falsos enemigos. Es como si ellos, los enemigos y los traidores, hubieran ganado (primero los unos y después los otros) y nosotros hubiéramos aceptado las dos derrotas y pasado página.
La expresión política de un pueblo se basa en una serie de verdades y narrativas que la sociedad asume como hegemónicas. Por eso la destrucción de las grandes verdades y la igualación de todas las narrativas es un problema para un movimiento de liberación. Y las ‘fake news’, las conspiranoias y las máquinas que sistemáticamente nos venden (como consumidores) lo que detectan que más conecta con nosotros también son parte de ese problema.
Es necesario recordar todo ello para entender la magnitud del error de deconstruirnos como nación, de renunciar a nuestra historia, olvidar nuestras victorias y asumir las culpas de los demás. Pero sobre todo lo imprescindible es entender que repensarnos es tan imprescindible como innecesario y contraproducente es cambiar todas las respuestas básicas sobre quiénes somos, qué queremos y cómo lo haremos. A menudo las respuestas que nos hemos dado durante décadas y generaciones siguen siendo muy superiores a cualquier ocurrencia.
Somos un pueblo, no una minoría nacional. Somos un sujeto político y jurídico soberano, no personas que por el azar de la historia han terminado bajo la jurisdicción de una nación que no es la nuestra en su territorio soberano.
El derecho internacional de protección de las minorías es un derecho pensado para proteger a personas sin cuestionar las fronteras. Nace estrictamente para garantizar que la existencia de personas de orígenes o culturas diferentes no ponga en duda la soberanía de la nación dominante sobre el territorio donde habitan. Dicho de otro modo, la propia idea de minoría nacional, desde un punto de vista jurídico, presupone que las fronteras son inamovibles.
Los instrumentos de protección de las minorías nacionales son pues instrumentos concebidos para negar la autodeterminación de estos grupos. Por eso sólo reconocen derechos individuales a las personas que pertenecen a estas minorías a la vez que les niegan cualquier derecho sobre su futuro colectivo. Se trata, sobre todo, de que los estados reconozcan los derechos de personas que no comparten la identidad oficial (a menudo porque su identidad es la de un Estado vecino) sin cuestionar el ‘statu quo’.
Seamos claros: la noción de minoría nacional sólo sirve para apuntalar la noción de que no somos parte del pueblo español que se declara soberano de nuestro territorio. Sirve, si se quiere, para combatir la catalanofobia y las políticas de asimilación del españolismo. Sin embargo, no sirve para afirmarnos como nación, para defender nuestra soberanía sobre el mismo territorio ni para promover la integración de toda la población que en él vive en el mismo proyecto nacional.
Los catalanes somos Cataluña, somos el pueblo catalán. Somos un pueblo que ha ejercido su autodeterminación y que tiene derecho a ejercer la soberanía sobre su territorio nacional, sobre toda la población que vive allí. No podemos naturalizar la idea de que somos una minoría nacional, porque lleva implícita la idea de que somos una minoría en nuestro propio país, que es el primer paso para negarnos la soberanía sobre el propio territorio. Éste es justamente el proyecto de España.
EL MÓN










