Si el Barça es algo más que un club, parece claro que Joan Laporta es algo más que un presidente. Al menos es lo que se desprende de la reacción histérica del ‘establishmentito’ ante, pese a sus esfuerzos, su reelección. Laporta, como todo personaje más o menos carismático, seguro tiene sus luces y sombras, y en su gestión ha tenido errores y aciertos. Sin embargo, si hay algo que pone especialmente nervioso al colaboracionismo post-155 no es tanto sus acciones concretas como su actitud desacomplejada, las formas rudas de comunicación, sus desertores, su capacidad de expresar lo que piensa sin filtro, su actitud valiente ante su juzgado negándose a cambiar de lengua. pegarte un tortazo si le amenazas. Todo ello, un modelo de liderazgo que mete miedo a los administradores de la colonia, por la posibilidad de que se contagie.
Su reelección el pasado domingo, y más aún, el fracaso de la operación mediática para derrotarle, es un drama para los anestesistas del país porque ha coincidido con una semana de movilizaciones de profesores y médicos y que podría generar un efecto simpatía en la larga lista de agravados por la política de cubanización ejercida desde la sucursal barcelonesa. Los socialistas han tenido que pasar por un proceso de elecciones autonómicas en el que iban a exhibir públicamente que las mascotas de los andaluces tienen más derecho a tener financiación que los niños catalanes. La política española –especialmente para el partido de orden más eficaz del régimen– implica la necesaria humillación cotidiana de los catalanes. Obviamente, ninguna de las promesas con las que empezaban la legislatura –el regreso del president Puigdemont, la oficialidad del catalán en Europa, la financiación “singular”, las conversaciones “de paz” con los independentistas para tratar de encontrar un entendimiento– han fracasado todas, porque efectivamente ceder ante estos elementos iría en contra de la naturaleza española. Y el independentismo institucional se ha escondido desesperadamente para disimular la completa ausencia de ideas y estrategia más allá del ‘ir tirando’.
Uno de los términos que el profesor, ensayista y articulista Josep Sala i Cullell ha popularizado en sus influyentes artículos es “sesentismo”. No estoy muy seguro de cuál es su origen, aunque imagino que hace referencia a cómo el catalanismo se aferró, en la década de 1960, a una propuesta de país integrador. No sólo a partir de las propuestas colaboracionistas de Vicens Vives –inventándose la tradición pactista de Cataluña, una de las naciones tradicionalmente más violentas y belicosas de Europa, aparte de la capital del anarquismo internacional–, sino de la, entonces, necesaria simbiosis entre el pensamiento social-cristiano de Jordi Pujol y la propuesta de entendimiento con Francesc Candel. La llegada repentina de millones de inmigrantes rurales procedentes de las regiones españolas –en 1975 los nacidos fuera de Cataluña eran mayoría en el censo– implicaba la renuncia a un nacionalismo esencialista –como lo son la mayoría, especialmente si tienen un Estado detrás– y buscaba una propuesta integradora aceptable para los catalanes de origen y los y los de adopción: aquello de “es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña y no le es hostil. Quizás quien encarnó a la perfección este ideal fue Joan Manuel Serrat, cantautor que compartía los dos sistemas lingüísticos y familiares y ambas tradiciones culturales –por ejemplo, eligiendo Antonio Machado y Joan Salvat Papasseit como poetas a los que ponía música–. Fue una propuesta aceptable que combinaba progresismo político e identidades que parecían compatibles. Y la cosa funcionó aceptablemente hasta finales del siglo, aunque la nación catalana cedió más que la española. El sesentismo, además, representó un contexto histórico de hegemonía cultural de las ideas progresistas, el pensamiento social de la iglesia –con cierto acento kumbayano–, la ruptura generacional y la voluntad de cambio que desgraciadamente, bajo el ruido de los sables, no pudo precipitar una más que necesaria ruptura. Sin embargo, todo este sistema empezó a derrumbarse con el aznarismo, que impugnó esta dinámica constructiva y retornando al nacionalismo agresivo y españolista que volvía a implicar a una catalanofobia estructural y necesaria como forma de cohesionar la españolidad. Quizás el ‘momentum’ fue el silbido monumental del público en el concierto de Raimon en la Plaza de Las Ventas, en septiembre de 1997 en memoria del asesinado Miguel Ángel Blanco. Desde entonces, el pacto tácito de la compatibilidad entre un catalanismo integrador y el orden constitucional español se destrozó. Y así fue como el sesentismo se impugnó definitivamente desde Madrid, creando una hegemonía cultural donde españolismo y catalanismo no podían relacionarse sino era en forma de conflicto.
El problema, en todo caso es que este “sesentismo”, todavía zombi, se mantuvo como hegemónico, al menos desde la política y la cultura oficial. Ciertamente, buena parte de la sociedad catalana, viendo la deriva, se abrazó al independentismo como la fórmula más realista de encarar el antagonismo nacional. Sin embargo, la cultura kumbayana seguía funcionando por inercia, incluso entre las entidades independentistas que impulsaron el proceso. La constatación de que la represión era la única fórmula con la que el Estado –y la sociedad española en su conjunto– podía relacionarse con nuestro país ha propiciado unas profundas transformaciones en nuestra psicología social. Unos cambios progresivos, a menudo sutiles, que están transformando el mapa mental y que acabará teniendo, tarde o temprano, relevancia en lo que se refiere al mapa electoral.
No sólo eso. Las circunstancias actuales, fundamentadas en una crisis sistémica y global de los valores democráticos, en una embestida demográfica inesperada y desconcertante, y en una impotencia generalizada de nuestra clase política, mediática y cultural, han hecho volver las tornas. Y es así como, en una corriente telúrica, se percibe que los antiguos consensos ya no funcionan y que la supervivencia de la nación, su continuidad, requiere un cambio de actitud. En este sentido, los modos contundentes y sin complejos de alguien como Laporta –y lo que es más importante, el temor que inspira entre poder colaboracionista local– representa un elemento metafórico de lo que está pasando, o de lo que la gente pide.
Se dice y se comenta que Cataluña está girando hacia la derecha. Servidor de ustedes no está demasiado de acuerdo. En primer lugar, porque las antiguas categorías políticas –izquierda y derecha– no parecen funcionales en las actuales circunstancias, sino que ambos espectros políticos se están redibujando internamente. En segundo lugar, porque en España nada puede parecerse al concepto que, por poner un ejemplo, en los años sesenta, podríamos definir como izquierda –solo algunas caricaturas fomentadas en batallas culturales estériles–. Y en Cataluña, despojada de capacidad económica y con élites políticas desprovistas de imaginación y coraje, las políticas emprendidas son, en el mejor de los casos, indistinguibles del pujolismo. De hecho, en un ámbito que conozco bien, el de la educación, los partidos que presumen ser de izquierdas, como el destrozo material y moral que perpetró Tony Blair, han mostrado una predilección por un neoliberalismo destructivo que la administración Pujol no se atrevió a emprender. Sí encontramos cambios en algunos elementos culturales y de actitud, lo que Sala y Cullell denomina como la ruptura con el sesentismo, y que consistiría con un distanciamiento respecto a la corrección política y la demanda de mayor contundencia en los gestos. También, por supuesto, con la demolición de los consensos Pujol-Candel, –que se han mostrado claramente asimétricos y desfavorables a la nación catalana– y unas políticas integradoras que prácticamente no exigen nada a quien acaba de llegar, y peor, a quien lleva décadas entre nosotros. Y eso, por no hablar de los insultos de gente como Brigitte Vasallo y sus mariachis irisados.
A menudo, la realidad política es fruto de los traumas del pasado. La primera década del siglo, con la irrupción de Ciudadanos, cuya función consistía en insultar y reprimir la catalanidad y en ejercer un racismo poco disimulado contra los catalanes que ejercían como tales, empezó esta dinámica lerrouxista de dinamitar la convivencia y la identidad –la ulsterización que, efectivamente, buscaba convertir a ciudadanos españoles en colonos extranjeros, basados en fundamentar una regionalización forzada a la turca–. Y ésta era una política que se traducía en leyes de bases que socavaban la autonomía y la acción institucional de nuestro país, y en sentencias dedicadas a destruir cualquier política de nacionalización –pudo verse en la demolición estructural del Estatut, en los ataques legislativos contra la inmersión lingüística y en la ocupación de los medios de comunicación–. La represión del 155 ocurrió después, primero con una fase dura –con una especie de Causa General franquista propia de una dictadura, y posteriormente con la fase actual: sin presos políticos, aunque con una discriminación económica y la imposición de unos cuadros políticos y administrativos colaboracionistas, propia de una dictablanda.
En las actuales circunstancias, existe una sensación general de que las entidades que habían sostenido institucional o extraoficialmente la nación no funcionan. Que la ciudadanía catalana se siente indefensa frente a las discriminaciones y humillaciones cotidianas. En un país donde discriminar a alguien por razón de origen o proferir insultos racistas u homófobos implica multas y sanciones –justificadamente–, y por el contrario, discriminar catalanohablantes o recibir insultos por nuestra condición sale gratis, mucha gente piensa que nos conviene más el modelo Laporta que el modelo kumbayano. Esto es lo que algunos identifican como una derechización. Ciertamente, las formaciones políticas oportunistas que quieren surfear esta ola de resentimiento, son de poco fiar, sin embargo, quien exhiba el coraje de tratar con hostilidad a quien nos es hostil, será beneficiario de un apoyo, sino masivo, si muy amplio.
¿La sociedad catalana está girando a la derecha? Quizás. Cataluña es uno de los países más europeos de occidente, y por tanto, experimenta con mayor intensidad unos procesos globales donde la opinión pública castiga la impotencia y desorientación ideológica de unas determinadas fuerzas y premia, al menos, a quien expresa realidades por incómodas que sean (sin que necesariamente ofrezca soluciones viables o morales). Sin embargo, la pregunta les viene grande. Servidor de ustedes ha sido cultural y políticamente de izquierdas desde que tiene uso de razón, y ya tiene suficiente edad para hacer demasiados cambios. En esta época de confusión, quisiera que entiendo por izquierda aquella política consistente en gozar de un orden político y social tendente a la libertad política plena, a la compensación de las desigualdades y al disfrute de un estado social donde la economía esté al servicio de la comunidad (una economía keynesiana a estas alturas ya me parecería bien). Sin embargo, en las actuales circunstancias, y sospecho que esto es un sentimiento bastante extendido, la prioridad es tener un país, que evolucionará como cualquier otro, y que unas veces optará por una orientación política, y más adelante, por la contraria. Y más vale tener una Cataluña de derechas que una España… ¿totalitaria? Porque, por muchas telenovelas que nos cuente la señora Irene Montero no existe ninguna España de izquierdas (y sin independencia, es imposible hacer políticas catalanas de izquierdas). Por lo menos en la historia más reciente, la de la segunda restauración borbónica, las diferencias de políticas entre izquierdas y derechas oficiales han sido más de formas que de fondo, con políticas neoliberales indistinguibles, crecimiento de las desigualdades internas y una clara hostilidad ante el principio de autodeterminación.
Elementos políticos novedosos como el “mantengo el catalán”, o al menos cierta contundencia verbal contra las agresiones cotidianas, o recordar que todo residente en nuestro país tiene derechos y deberes (entre ellos, el de conocer y respetar el idioma nacional y el de no menospreciar nuestra nación, cultura o costumbres), generan cierta novedad en el panorama político. El independentismo debería ser consciente de ello. Y sólo aquellos partidos, entidades u organizaciones que sean capaces de practicar la dignidad (una dignidad que implica señalar a enemigos y no rehuir el conflicto, si es necesario con contundencia) pueden tener futuro político y social. El independentismo está cambiando. ¡Y bien que hace!
EL MÓN








