Suelo hacer en mis clases de universidad un juego. Les pregunto a los alumnos qué se sienten ser, en materia de nacionalidad. Estamos en Portugal, un país sin otras naciones por dentro, y todos me dicen que son portugueses, exceptuando algún estudiante erasmus extranjero o algún alumno brasileño o africano. A continuación les pido que saquen su DNI y el carnet de conducir de Portugal: en este, ya hace mucho que hay una bandera de Europa y en las versiones más recientes del DNI luso también campea el estandarte de la Unión Europea.
Partiendo de este ejemplo en vivo, les explico que, si la idea política de Europa cuaja en el porvenir, de nosotros dirán que ya éramos ciudadanos europeos. Y la inmensa mayoría no lo sabíamos; por lo menos, no lo sabíamos con el corazón. Algo así ocurrió en los inicios de la historia de Portugal: el país obtuvo su independencia en el siglo XII, pero muchísimos de los primeros portugueses lo fueron sin saberlo, sin sentirlo; según los historiadores, solo cerca del final del siglo XIV, en la gran crisis de 1383-1385, surgió una verdadera conciencia nacional. Ello conllevó una guerra civil, con la nobleza de un lado, apoyada por Castilla, que invadió el país, y del otro la burguesía y el pueblo. Ganaron estos últimos, lo que significa que Portugal vivió su propia Revolución Francesa cuatro siglos antes de la toma de la Bastilla. El país resultante, una nación joven y activa, tuvo agallas para, dando la espalda a la península Ibérica, buscarse la vida en el resto del mundo, transformando el mar en la gran autopista de la historia de la humanidad.
Las nacionalidades tienen su periodo de gestación y a veces no terminan de nacer nunca. La chulería con que la farándula que gobierna Estados Unidos ha tratado a los europeos en el tema de Groenlandia nos ha hecho sentir emociones amargas parecidas a las de 1898, el año en que España, viéndose impotente ante Estados Unidos, perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Las han sentido los daneses, pero también muchos europeos. Aunque, de momento, no habrá invasión, la conclusión es clara: Europa tiene que afirmarse de una vez si no quiere transformarse en un triste aborto de la historia.
Es cierto que los europeos nos enfrentamos a una clara decadencia. Se empieza a oír por aquí esa siniestra sonata de las ruinas, cuya partitura va desde infraestructuras en mal estado, con consecuencias trágicas, hasta museos poco vigilados, que se pueden asaltar con algo de soltura y descaro; desde una demografía de carcamales ilustrados, con la juventud horrorizada ante la posibilidad atroz de tener un hijo, hasta una inmigración necesaria, pero también inquietante; todo ello acompañado de una desmemoria histórica impresionante, aunada a una economía debilitada, perpleja, que no sabe por dónde tirar.
Hay, no obstante, razones para la esperanza. Las grandes humillaciones políticas de la segunda mitad y finales del siglo XIX afectaron sobre todo a los países del sur de Europa: entre 1870 y 1871, Prusia derrotó a Francia; en 1890, el Reino Unido humilló a Portugal, obligándolo, a través de un ultimátum formal, a abdicar de su plan de ocupar los territorios entre Angola y Mozambique, creando así una gran colonia, un nuevo Brasil, en el sur de África; y después vino la debacle española de 1898. Ahora, en cambio, la brújula de la crisis apunta hacia el norte de nuestro continente. Y muchos países algo euroescépticos, como Dinamarca o Suecia, se estarán dando cuenta de la importancia vital de la Unión Europea. Eso tal vez dé a este proyecto continental, en los próximos años, un nuevo empuje: lo que era un freno se puede transformar en motor.
Además, hay que recordar una obviedad: la Unión Europea se creó para la paz, no para la guerra (para eso estaba la OTAN). Como sabemos, poner en común el acero, además del carbón, fue un modo de empezar a desarticular los conflictos bélicos que habían ensangrentado nuestro continente, compartiendo una materia prima armamentística esencial. La Unión Europea, que aún no ha ganado o perdido una sola batalla militar, lo que sabe es negociar y llegar a acuerdos. En ese sentido, la creación de un poderío bélico europeo es algo que llevará tiempo porque exige la reconversión de una entidad que no nació para eso. Es indispensable, pero no resulta fácil transformar a agricultores subsidiados, hábiles mercaderes y estudiantes erasmus en soldados de infantería. Sin dejar de avanzar, debemos tener algo de paciencia con nosotros mismos.
Resulta curioso, por fin, comprobar que la propia derecha radical europea se haya puesto seria ante las amenazas de Estados Unidos sobre Groenlandia. Se empieza a intuir que no quieren acabar con Europa. Sencillamente no pueden hacerlo y, poco a poco, van diseñando su propia visión de nuestro continente. Después del Brexit, sabemos que el que salga se sumirá en la espiral hacia abajo de su decadencia acelerada. Y así, a pesar del abanico de las crisis que nos afectan, a pesar de los nacionalismos redivivos, la inmensa mayoría de la ciudadanía sabe que Europa es nuestro mejor camino, quizá el único.
La UE tiene un ritmo pausado, modoso, a menudo exasperante, de tortuga de las Galápagos. Pero siempre avanza y termina llegando. Ese amago de 1898 que ha sido la crisis de Groenlandia nos ha hecho más conscientes de nosotros mismos y, por lo tanto, más fuertes. Estamos ahora más cerca de esa nueva manera de sentir y de pensar que es ser, también por dentro, también en nuestro corazón, ciudadanos europeos.
LA VANGUARDIA








