Cuando Alicia Sánchez-Camacho afirma que con respecto a la enseñanza de las lenguas Cataluña se debería reflejar en el modelo francés, siento como las piernas, de repente, me tiemblan. Ni Dios Nuestro Señor ni el pueblo de Cataluña lo quieran, digo, y a continuación explico brevemente los motivos principales de este temblor.
Uno: Francia y las lenguas llamadas «regionales». Francia es un estado lingüicida, no el primero ni quizás el más cruel, pero sí el más racional, aquel que ha puesto entre los deberes patrióticos la necesidad de matar todas las lenguas autóctonas que no sean el francés. Y que ha tenido la idea de hacerlo en nombre del progreso humano y bajo el famoso lema republicano de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Este lingüicidio se ha llevado a cabo sobre todo gracias a la escuela, que ha utilizado el miedo, la amenaza, la humillación y la delación para liquidar unas lenguas que estorbaban simplemente porque existían. Y si hoy ya no hacen tanta estorbo es sólo porque están todas al borde de la extinción. Los cadáveres, aunque se sigan removiendo un poco, ya no son una molestia.
Dos: Francia y las lenguas extranjeras. Los franceses aún no se han consolado de que el inglés haya ganado la batalla planetaria. Piensan de buena fe que el francés es la única lengua moralmente susceptible de ser internacional y, por lo tanto, existe una tendencia fuerte entre ellos a revolcarse felizmente en el monolingüismo. Esta es la primera razón por la que el sistema francés de enseñanza de las lenguas extranjeras es objetivamente desastroso. La segunda razón es que los franceses han sacralizado tanto la lengua francesa, su pureza y el deber de hablarla perfectamente que tienden a transferir esa misma sacralización a las otras lenguas: una lengua se debe hablar adecuadamente o, en su defecto, mejor no hablar de la misma. Por ello una multitud de franceses pasan años aprendiendo inglés sin ser capaces de tener una conversación básica en esta lengua cuando llegan al bachillerato. Si las faltas no se toleran en francés, tampoco se toleran en otras lenguas y como es imposible progresar sin hacer faltas, los franceses no progresan. Yes? … Sorry, I don’t comprends pas.
Tres: Francia y el francés. Cuando se instauró la escuela pública obligatoria, el objetivo de esta escuela era que todos los niños de Francia supieran como mínimo leer, escribir y contar. Objetivo importante pero básico al que los maestros podían dedicar todo el tiempo y los cachetes necesarios, y así los alumnos terminaban dominando las complicadas reglas ortográficas francesas. Hoy, se pide a la escuela que integre mucha más materia (y sin cachetes) y, por tanto, el tiempo disponible para enseñar las mismas reglas ha disminuido mucho. Consecuencia: una parte muy importante del alumnado francés tiene un nivel de francés escrito catastrófico. La Academia Francesa y el Ministerio de Educación se niegan a simplificar las reglas -la grandeza es la grandeza- y se tapan los ojos para no ver cómo se va ensanchando el foso que separa las clases sociales. Hoy, la población francesa se divide en dos partes, en función del tipo de francés que domina: el francés académico o el francés de la calle. Como lo decía un humorista: por culpa del corte impuesto por la lengua francesa, el ascensor social se bloquea en el subsuelo y huele a pis.








