El drama político en que se encuentra España ante el desafío catalán es que ha fabricado una versión tan y tan alejada de la realidad que ahora no sabe cómo dialogar sin traicionarse a sí misma. Para explicar la emergencia soberanista ha recurrido a todo tipo de relatos que la minimizaban, la despreciaban o la demonizaban. Sus contadores de cuentos han pronosticado con toda profusión de detalles y argumentos que el soberanismo era una expansión emocional vacua, que se desinflaría al primer tropiezo. Han sostenido que había una mayoría silenciosa, ahogada por una espiral de silencio, que no compartía la gran farsa independentista. Han recurrido a una supuesta manipulación totalitaria de los catalanes para esconder toda la mafia gubernamental bajo la estelada. Y, claro, han diagnosticado sobre la debilidad del estado mental de nuestros representantes democráticamente elegidos.
Pero cuando Lakoff dice que vivimos en unos sistemas de metáforas que crean unos marcos de interpretación que dan sentido y orientación a nuestro mundo, no dice que estos relatos se puedan fabricar al margen de la realidad. La realidad puedes interpretarla, pero no ignorarla. Al contrario: los relatos son más potentes cuanto más se acomodan a la experiencia concreta. Sin embargo, desde las instituciones del Estado, en lugar de inventar otra interpretación y tratar de imponerla en contra de la del soberanismo, han inventado otra realidad. Y es en esta otra realidad ficticia en la que están atrapados. Su insistencia en convertir una consulta en un referéndum de autodeterminación, en hacer inconstitucional lo que no lo es o denunciar divisiones sociales donde no las hay, es la constatación de la irrealidad en que han quedado aprisionados. Y si a un gobernante ya no le es fácil reconocer que se ha equivocado de interpretación, aún le es más difícil aceptar que se ha equivocado de realidad.
Con respecto al soberanismo, que en su primera etapa se ha expresado bajo el principio del “derecho a decidir” tanto si quiere permanecer en España como si se quiere emanciparse, con su atrevida lectura de la realidad no tan sólo se ha acomodado sino que ha sido capaz de hacerla evolucionar. El autonomismo político había sido una coartada conservadora que convertía en imposible la aspiración de ser una nación. Una aspiración que no iba más allá de la pancarta y el manifiesto de autoafirmación sin consecuencias para volver al relato autonómico que escondía la posibilidad de la emancipación que ahora se ve a tocar con los dedos.
En su segunda etapa, el soberanismo ha tenido que convencerse de que interpretaba bien el país. Del “Me gustaría, pero es imposible” ha pasado a preguntarse “¿Lo lograremos?”, que hundía el primer muro de resistencia. Ha sido una fase en la que lo importante era rehacer la autoestima mientras abandonaba el victimismo que justificaba la inacción. Las movilizaciones populares y la unidad política han resultado decisivas para medir la fuerza política interna. Y desde el pasado sábado, después de hundir definitivamente el segundo muro, el de la desconfianza, hemos entrado en una tercera fase que nos permitirá comenzar a debatir el “Cómo lo haremos” al día siguiente de haber consultado a los catalanes.
El escenario ideal sería que la consulta fuera el choque de realidad -no de trenes- que desvelara al Estado español de la fantasía unitarista que le impide dialogar con los pies en el suelo. El gobierno español y el resto de instituciones al servicio del Estado deberían dejar de envolverse con la bandera de una Constitución que no les deja ver la realidad catalana, pero tampoco su propia realidad española. Reconocer la realidad, interpretaciones aparte, lo haría todo más sencillo.
ARA








