Tienen mucha prisa

Un importante dirigente de la izquierda española pasó el último 11-S en casa de un amigo catalán, de izquierdas e independentista. El amigo tenía una estelada descomunal, como cada año, en su casa. Fueron a la ofrenda floral que hacían en el pueblo, vieron gente mayor y joven cantando Els Segadors, banderas estelades por todas partes y escucharon los comentarios desacomplejados de un profesor universitario favorable a la independencia. “España tendrá que volver a seducir a Cataluña”, dijo la española. “Esto sólo puede acabar en referéndum”, remachó el marido. Al mediodía, en la fonda Hispania, recuperaron una cierta confortabilidad psicológica. El nombre, ciertamente, ayudaba…

 

Él es un personaje destacado en los medios de comunicación, donde publica interesantes artículos de opinión y es, al mismo tiempo, tertuliano fijo en radio y televisión, con planteamientos que siempre ayudan a reflexionar. Es de los que no se quisiera ir de España, pero defiende el derecho de Cataluña a poderlo decidir, democráticamente. Bien conectado con círculos digamos ilustrados de la capital española, explicaba el otro día que, entre este mundo de profesores universitarios, intelectuales, escritores y periodistas serios, “todo el mundo tiene claro que en Cataluña habrá un referéndum de autodeterminación, para decidir si quieren o no ser un Estado independiente de España”.

 

En los años 90, cuando una parte del patrimonio artístico de los Tyssen se exhibía en Cataluña, existía una cláusula oficial que preveía su retirada, caso de que Cataluña dejara de formar parte de España. Mucho antes, en 1918, en una carta a su amigo Manuel Azaña, el filósofo Miguel de Unamuno afirmaba: “Cataluña debe terminar y, muy pronto, por separarse totalmente del reino de España y constituirse en Estado absolutamente independiente (…) La federación no es más que una hoja de parra”. Pronto hará cien años de este texto y la impresión de que, tarde o temprano, el divorcio nacional será un hecho, ha ido creciendo estos últimos años a un ritmo cada vez más y más acelerado, tanto aquí como allí, en círculos cada vez más amplios.

 

Las clases dirigentes de España saben -y el pueblo español lo intuye- que Cataluña se va. Por ello, hace décadas que están haciendo unas inversiones faraónicas, a costa de los catalanes, y dejan de hacerlas en Cataluña, desatendiendo necesidades fundamentales para nuestro desarrollo y progreso. Piensan, con acierto, que ciertas infraestructuras sólo son posibles mientras nuestro país pague y, una vez independientes, se habrá acabado el brócoli. Por este motivo conectan con su capital, a través del AVE, tantas ciudades como pueden y sin perder tiempo. Y han construido un aeropuerto mastodóntico en Madrid y unos cuantos inútiles en otros lugares y autovías gratuitas a diestro y siniestro. Tienen prisa, mucha prisa. Y defienden el imposible corredor pirenaico, en vez del mediterráneo, que es donde se crea riqueza. Los equipamientos de Renfe aquí son un verdadero desastre, por la tradicional bajísima inversión en maquinaria, vías, trazado eléctrico, etc. No importa, maquinan, ya se lo pagarán los catalanes cuando sean independientes y, mientras tanto, piensan en clave de futuro y administran la subvención catalana de la mano agujereada…

 

En realidad, sin embargo, “la cabra tira al monte”, que diría el maestro Fabra en un momento de debilidad lingüística, les puede la catalanofobia y no paran de insultar al pueblo que más solidario ha sido nunca con España y que aún les paga la fiesta. Siendo conscientes de que la secesión está más cerca de lo que creemos -sobre todo si tenemos dirigentes a quienes no se afloje el ombligo a la hora de la verdad-, algunos sectores de la sociedad española hablan con las vísceras y verbalizan un odio contra Cataluña, acumulado a lo largo de siglos. Destilan una rabia enfermiza contra su gallina de los huevos de oro y ahora lo hacen sin reparos, conscientes de que la gallina quiere abandonar su corral e instalarse por su cuenta, lo antes posible. No es bueno que les hagamos esperar…

 

 

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