Hay poco más de cien kilómetros entre Beirut y Damasco, ciudades, a veces rivales, otras complementarias en los vaivenes de sus destinos. Durante las guerras civiles de 1975-1990, y en la última del verano del 2006, centenares de miles de libaneses encontraron refugio en Siria, mientas que ahora son los habitantes de este país los que huyen de su guerra confusa y caótica, llegando a la vecina tierra levantina.
Atravesar la frontera de Masna es coser y cantar con el preciado visado. Muy pocos sirios cruzaban la raya divisoria, mientras que en jornadas anteriores se contaban por miles los que abandonaban su país en dirección a Beirut. Los controles en la carretera a las afueras de Damasco fueron escasos y rápidos. A la entrada de esta capital la vigilancia se hizo más estricta pero nunca agobiante. El centro de Damasco aparecía con un aire de tranquilidad y de orden. En la plaza de los Omeyas con sus altos surtidores, la fachada destrozada, ahumada, velada, del Centro de la Inteligencia Militar Siria es reciente testimonio de la guerra del terror impuesta por los rebeldes contra el régimen baasista, en su nueva estrategia en la que se han volcado los grupos ¨jihadistas¨.
Siria es un país roto. Alrededor de veinte grupos armados combatientes y en primer lugar el Ejército libre sirio ocupan zonas en la rergión fronteriza de Turquia, en Idlib, Alepo, en otras regiones de esta nación de ciento ochenta mil kilómetros cuadrados, en barrios periféricos de Homs, ‘capital de la revolución’. de Damasco. A veces son grupos como Al Saika, formados en torno a una familia empeñada cueste lo que cueste en hacer caer a Bachar el Aasad. Su falta de coordinación, de estrategia militar común, provocan una mayor fragmentación geográfica de Siria, un país que si es cierto que posee un sentimiento de pertenecer a una entidad nacional, tiene también un trasfondo regional acusado. Con la rebelión cada ciudad, por ejemplo, está cultivando su personalidad combatiente. No es lo mismo Homs que Latakia, ni Alepo que Damasco. La incomunicación, los peligros de los desplazamientos de un lugar a otro, por el aumento de secuestros, crímenes robos, profundizan estas divisiones. Sea quien sea quien gane esta guerra, le costará reunificar la república bajo una autoridad central.
Son una docena de organizaciones jihadistas, como Nusra el Cham, o Fatah el Islam, que hace pocos años se apoderó del campo de refugiados palestinos de Nahr el Bered, matando más soldados libaneses que el propio ejército israelí en muchos años, los que han arrancado el protagonismo del combate a los insurrectos. Jefes y milicianos se lamentan que, pese a sus declaraciones y promesas, ni los EE.UU., ni Arabia Saudí, ni Qatar, ni sus aliados, les proporcionan suficientes y adecuadas armas para poder ganar esta guerra de desgaste al gobierno de Damasco. Los jihadistas han secuestrado su rebelión. Empuñando mejores armas, con la afluencia de voluntarios de diferentes paises musulmanes, estos ‘combatientes extranjeros’ van ganando terreno a la insurrección inicial.
El gobiernos de los EE.UU. recomienda actuar con prudencia a la hora de distribuir el armamento para evitar que caiga en poder de estas bandas terroristas. Un periodista buen conocedor de Siria me decía: ¨Aquí hay tres ejércitos; el del Estado, el de los rebeldes, y el de las bandas armadas¨. La actitud norteamericana fortalece los argumentos del régimen que desde el principio de la rebelión, siempre ha calificado a sus opositores de ‘terroristas’, sin querer distinguir entre los diversos grupos insurrectos. Es indiscutible que los primeros derrotados de esta incierta guerra han sido los reformistas pacíficos, los que siempre combatieron por una apertura democrática del régimen, los que desde el año 2000 de las ilusiones de la primavera política de Damasco, como el comunista Turk o el liberal Michel Kilo, ahora ignorados, desconocidos por los actores de la rebelión armada, incluso considerados por ellos traidores.
En el campo de batalla, ni el ejército consigue completamente aplastar a la rebelión ni los insurrectos renuncian a su resistencia. En Alepo, prevalece desde hace semanas un cierto statu quo. El régimen contaba que el apoyo de una parte de la población le ayudaría a vencer a los rebeldes. A sus bombardeos abrieron fuego con su defensa antiaérea. A medida que transcurre el tiempo es cada vez más patente que esta guerra sólo podrá concluir con un amplio acuerdo internacional entre los EE.UU., Irán, Rusia, Turquía, Arabia Saudí, Qatar…
Por ahora no se vislumbra ningún compromiso. Los sirios, como antaño sus vecinos libaneses, son víctimas de los intereses internacionales. Entre tanto en Damasco aumenta el miedo nocturno a los atentados terroristas. La ciudad que sobrevive sus desgracias, ha perdido la confianza.








