La reforma constitucional ha culminado lo que ya se quería conseguir en el año 78: la exclusión de los nacionalismos periféricos de una arquitectura del Estado en el que sólo hay una nación y una lengua
La inmersión lingüística en las escuelas es un símbolo. Es la idea de la sociedad cohesionada en torno a la lengua que en Cataluña quisiéramos tener y que la realidad se empeña en desmentir. Si después de casi treinta años de normalización lingüística aún se mantienen bolsas de población que tienen como lengua vehicular el castellano y que viven en barrios de ciudades catalanas como si vivieran en Alcobendas es que, teniendo presente que los más jóvenes de estos sectores ya se escolarizan en catalán, el proceso de la inmersión falló, como falla sistemáticamente cuando en los institutos se habla mucho más castellano de lo que se reconoce o cuando los niños se socializan en castellano a la hora de patio.
El uso de la lengua catalana ya se encuentra dinamitado en la calle, lo que provoca indignación es que desde la justicia española ahora se pretenda destruir el símbolo y ya se sabe que atacar la historia del deseo es mucho más punzante y humillante que atacar la historia de la realidad. Si el catalanismo se siente herido por esta nueva embestida española es porque revela las miserias de su debilidad, ya que la inmersión lingüística también es un símbolo de otra cosa: el de la casi única concesión que se arrancó para Cataluña en el proceso de transición española. La inmersión era una brecha de esperanza en los anhelos de transformación del Estado por el que suspiraban algunos sectores del estamento político catalán. Pero también esto ha fallado, ha fallado coincidiendo con una reforma constitucional que ha culminado lo que ya se quería conseguir en el año 78: la exclusión de los nacionalismos periféricos de una arquitectura del Estado en el que sólo hay una nación y una lengua.
Sea dicho de paso: la debilidad catalana también provocó que las concesiones otorgadas por España estuvieran envenenadas. La inmersión lingüística en las escuelas se transformó en un instrumento para calmar la mala conciencia de la clase media catalana por no defender la lengua en la calle. Si los niños estudiaban en catalán en la escuela, pensaban desde estos sectores, la continuidad de la lengua se podía consolidar aunque el catalanohablante alfabetizado en castellano durante el franquismo continuara consumiendo prensa, literatura y ocio en castellano, se relacionara en castellano en su ámbito laboral y cambiara de lengua cuando los recién llegados procedentes de España o de todo el mundo se le dirigiesen en castellano. Era evidente que a la escuela no se le podía hacer pagar en exclusiva el pato de una clase media vasalla y dispuesta a arrugarse ante la fuerza expansiva del castellano con todos los poderes del Estado español detrás. Y ahora incluso se tambalea el bastión escolar, porque visto el poco coraje de esta clase media y sobre todo de los partidos políticos mayoritarios que la representan, los poderes del Estado ya han decidido poner fin a esta molestia que había quedado pendiente de la transición y abrir el catalanismo en canal.
Si bien el ex presidente de la Generalitat Jordi Pujol está avisando desde hace meses de la ola de agresiones que ahora mismo están cebando contra Cataluña, la federación que él lideró, con más poder que nunca en las instituciones del país, se limita a mostrar un estupor insolvente, una completa falta de estrategia para hacer frente a la hostilidad y, aún peor, una rendición a los principales responsables del ataque: el PP. La primera actitud censurable de CiU es la ingenuidad: ¿no conocen al PP? ¿No saben cuál es su programa político? ¿Cómo se puede llegar a tolerar un pacto para aprobar los presupuestos de 2011 con el PP y al día siguiente que Alicia Sánchez Camacho se presente en el juzgado para denunciar la inmersión lingüística en las escuelas? ¿Cómo se puede admitir que el PP aplauda el auto del TSJC contra la inmersión y Oriol Pujol aun declare que “se pueden entender” con el mismo PP en aquellas cuestiones de ámbito económico que no afectan a la identidad? ¿No fue CiU quien permitió que Xavier Garcia Albiol gobernara en Badalona, o que se firmen pactos estables de gobierno en Castelldefels, a cambio de que CiU controlara Barcelona, la Diputación y apruebara los ya citados presupuestos?
Hemos tildado los gestos de CiU de ingenuos por no calificarlos de mentirosos y de cínicos. Desde el gobierno de la Generalitat se miente cuando se afirma que puede haber una solución jurídica para neutralizar las resoluciones judiciales contra la inmersión. No la hay. Sólo resta el pronunciamiento del Tribunal Constitucional español sobre la ley de enseñanza y en el que previsiblemente repetirá la interpretación de la sentencia sobre el Estatut: que el castellano también debe ser lengua vehicular en Cataluña. Al gobierno de CiU le queda pues o desacato o sumisión, pero ya se insinúa el camino que tomarán cuando el Parlamento de CiU impide aprobar una resolución que proclama el catalán única lengua vehicular en la enseñanza y se limita a abonar el mismo texto que podría suscribir el Tribunal Constitucional español.
El único proyecto del gobierno Mas parece, pues, asumir e ir tirando incluso camuflando la falta de firmeza con fantasías y objetivos irrealizables (¿cómo piensa encauzar un pacto fiscal con España si ésta ya ha reformado su Constitución contra los intereses financieros de Cataluña?). Se puede ir escondiendo la cabeza bajo el ala y permitir que continúe flotando la red de intereses clientelares que cobra de España, pero sin un relato y sin resultados coherentes con este relato no se ganan elecciones.








