Hubo un tiempo en que identificaba el concepto de resistencia con la heroicidad de gentes que arriesgaban en Francia su vida para combatir a los nazis y recuperar para su pueblo ocupado la libertad perdida en un ambiente bélico de primer orden. Yo, que no he servido para ser soldado y que no soy hábil ni siquiera para manejar la escopeta de tirapichón, no me veía en el papel de resistente por esa idea equivocada de creer que solo se podía hacer resistencia mediante la fuerza. Luego comprendí que hay muchos modos de resistir, de no aceptar la opresión de los que no respetan la voluntad del pueblo, sin tener que recurrir a recursos armados. Descubrí la importancia de la palabra oral y escrita para enfrentarse a la barbarie y a la injusticia. En tiempos todavía recientes, la Palestina ocupada me ha enseñado que además de la palabra hay otras muchas maneras no violentas de alimentar la resistencia contra lo inaceptable.
Escucho en estos días a Uxue Barkos en una entrevista en la que afirma que en 2004, cuando fue elegida diputada al Congreso, se sintió representante de la resistencia e inmediatamente pienso: “¡Cuánta razón tiene!”. Pero… si llevamos toda la vida en Navarra resistiendo contra el absurdo de las políticas excluyentes que han negado el pan y la sal a una parte importante del pueblo, es decir a todos los que no pensábamos como los que habían conseguido tener la sartén por el mango. Haces balance… y se acumulan entre los recuerdos todas las mentiras, las humillaciones, los desprecios, silencios y ninguneos padecidos durante décadas, a veces con desesperanza, o con un sentimiento de hastío al que no se le veía final. Y es que la resistencia deja heridas. Muchas.
Era el año 88. Acababa de nacer mi hija y había una alegría indescriptible en la familia y entre los amigos/as. Se sucedían a todas horas los parabienes, las felicitaciones. Mis compañeros de Radio Euskadi enviaron desde Bilbao un enorme perro de peluche que presidió la habitación infantil durante 25 años. Volví a trabajar dos o tres días más tarde y tuve que ir a escuchar el parte del Gobierno que celebraba su sesión semanal. Esperábamos en la sala de prensa casi en silencio. Un colega que trabajaba en un poderoso medio de la derecha se dirigió a los periodistas allí presentes y entonó esta burla: “Bingen ha sido padre. ¿Y sabéis como duerme a su hija? Pues cantándole el Eusko Gudari”. Hubo una risotada general. Algunos reían a carcajadas. Los recuerdo bien. No hubo enhorabuenas. Zorionak… mucho menos. No dije nada. Pero aún me duele.
Era la misma época, el reinado de Urralburu, cuando tuve que acercarme a Pau. Había una reunión con los representantes gubernamentales del departamento de Pirineos Atlánticos y fui solo en mi Dos Caballos hasta la capital del Béarn. Llegué con el tiempo justo al lugar donde iba a celebrarse la reunión, el Chateau o Palais de Navarre. Allí, delante del grandioso edificio estaba Gabriel Urralburu con su cohorte de consejeros y asesores. Me acerqué a ellos para tomar contacto con los que ese día iban a ser noticia. Junto a ellos también se encontraba un colega de profesión desplazado a Pau para el evento. Su medio era amigo íntimo del poder establecido. Al verme exclamó en voz alta para que se pudiera escuchar bien: “¡Aiba… pero si ha venido hasta aquí un abertzale y de izquierda!”. Era el tiempo en el que Urralburu pregonaba a los cuatro vientos la conveniencia de insultar e incluso escupir a los abertzales. Así que mientras yo pedía a la tierra que me tragara, aquellos respetuosos gobernantes navarros me miraron como si fuera un bicho raro y seguidamente me ignoraron mientras el colega reía su gracia que no era sino maldad, como todas las maldades, gratuita e innecesaria.
No todos los colegas de profesión eran así. Ni mucho menos. Además, poco a poco las cosas fueron cambiando y el respeto y el compañerismo fueron haciéndose mayoritarios entre todos los que compartíamos a veces largas horas de espera en los lugares comunes donde se daban las citas para la prensa. Muchos de ellos son ahora amigos o compañeros entrañables y queridos.
Se sucedieron a lo largo de los años, en la sociedad y en la calle también, conflictos y tensiones de las que teníamos que ser obligados testigos. No ayudaba mucho, más bien nada, trabajar para determinados medios, que, a la vista de los que gobernaban, formaban parte de una resistencia que no les podía gustar. Y además en las ciudades de tamaño medio como Iruñea nada ni nadie pasa desapercibido. Dificilmente se pueden ocultar las inclinaciones ideológicas de los individuos.
Había ocurrido un atentado. Alguien había sido asesinado. El Ayuntamiento en corporación salía a la calle y protestaba con un minuto de silencio. Los periodistas enfrente, desde un espacio cercano, éramos testigos una vez más. En conexiones directas narrábamos el momento con ayuda de un micrófono o pegados al móvil. No todos los representantes del Consistorio guardaban silencio. Una concejala de UPN me señalaba directamente mientras advertía a sus conmilitones electos de algo que nunca podré conocer. Fuera lo que fuera, bueno no era. Su insistencia en señalarme con un dedo que parecía el cañón de un arma no dejaba dudas. Yo sabía de la tremenda lacra familiar que tenía. Ella quizás no sabía que su abuelo estaba entre los que asesinaron al mío y si lo sabía…, ¿por qué me señalaba como si yo fuera el verdugo y ella la víctima?
Conozco a muchos descendientes de verdugos y la mayor parte de ellos son gentes de bien a los que no considero capaces de matar una mosca. Pero aquella concejala de UPN… ¡qué miedo me daba!
Hubo que callar algunas veces porque nos pillaban rodeados, pero nunca cejamos en nuestro empeño por hacer de nuestros sueños realidades palpables. Dormí a mi hija cantándole el Loa loa ttuntturrun berde y contándole cuentos que le encantaban. La desperté con Neure senar tontozko y con Arri arri mandoko para que siempre supiera lo que fuimos y lo que somos.
Los palestinos lo dicen muy claro: existir es resistir. Pues eso.
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