PARA LAS POCAS HORAS QUE QUEDAN PARA QUE TERMINE 2025, LA
HISTORIA DE CÓMO UNA REINA DE PAMPLONA DOMINÓ UNA VEZ EL
TIEMPO…
Contaba el Libro Redondo de Leyre, recopilado durante los siglos IX al XII, y
extraviado de su biblioteca (en estos casos de libros antiguos y valiosísimos es lo mismo
que decir robado) en el XVII, que pocas veces estuvo el reino de Pamplona tan “en
mengua y menoscabo”, como durante el reinado de Sancho Garcés IV, que acabaría sus
días despeñado en los barrancos de Funes.
Afirmaba aquel bendito libro que la situación llegó a ser tan grave, que el rey no podía
movilizar ni una pequeña tropa de 20 soldados que hiciera frente a los numerosos
enemigos del Reino de Pamplona. Es a saber: Castilla al oeste, Aragón al este, la taifa
de Zaragoza al sur y los duques de Gascuña por el norte, siempre firmando tratados
entre ellos para repartirse el territorio que, apenas 40 años antes, con Sancho III el
Mayor, había dado leyes y gobierno a todos ellos.
Esta ingratitud del resto de reinos para con el de Pamplona, mantenía ocupada la cabeza
del rey día y noche, y de tanto pensar y pensar en las posibles soluciones, y teniendo en
cuenta que no tenía el soberano fama de ser demasiado inteligente, cayó en una
profunda melancolía y abatimiento, que todavía hizo más complicada la supervivencia
del reino.
Esto, que parecía el fin definitivo, supuso en realidad una bendición divina, pues hubo
de ponerse al mando la reina Placencia, que mostró tal sensatez y agudeza desde el
principio, que fue solucionando uno tras otro todos los problemas que habían puesto en
peligro la continuidad de su corona.
En primer lugar, demostrando conocer bien el fatuo carácter masculino, decidió enviar a
todos los fanfarrones que buscaban asfixiar sus dominios un desafío a combate singular
entre campeones. Como ella había previsto, todos aceptaron de inmediato, resolviendo a
la vez de este modo la carencia endémica de soldados que impedía levantar el ahora
innecesario ejército pamplonés. Tampoco es que Pamplona estuviera sobrada de
paladines, pues sólo el caballero Jimeno Garcés de Turrillas y otros tres más podían
acreditar tan brillante condición. Pero eso era lo de menos, porque de hecho Placencia
contaba en realidad con un quinto campeón mucho más poderoso que los otros cuatro:
el Tiempo.
De tener que leerle a su marido (que justo sabía escribir su nombre) los farragosos
documentos que las cancillerías extranjeras enviaban a la de Pamplona, había sacado la
reina un único conocimiento claro: cada país empleaba un calendario distinto, y era una
complicación verdaderamente diabólica calcular qué día era exáctamente el mismo para
todos. Placencia juzgó que era prácticamente imposible. Y acertó.
Porque, asegurándose previamente de otorgar un generosísimo óbolo a la Santa Sede de
Roma, que envió un notario con plenos poderes para atestiguar cada desafío, y teniendo
en cuenta el calendario que el reino de Pamplona utilizaba, citó en Viana al campeón
castellano para la mañana del primer día del año de 1073. Pero como Castilla se guiaba
por la Era Hispánica (a contar desde el fin de la conquista de Hispania por el emperador
romano Augusto en el año 38) y Pamplona por la Era Cristiana, y dentro de ella por el
estilo de la Encarnación del Señor, en el que el año comenzaba el 25 de marzo, el
enviado del Papa tuvo que constatar que solamente el campeón pamplonés se había
presentado en la liza, y certificó su victoria por incomparecencia del campeón
castellano, que se había hecho un lío al juzgar imposible llegar a Viana en 1035, que era
el resultado de restar al año 1073 los 38 años de su Era Hispánica.
Otro tanto ocurrió en Sangüesa con el campeón aragonés, pues aquella tierra se guiaba
por el estilo de la Circuncisión del Señor, de tal forma que para ellos el primer día del
año era el 1 de enero. Así que al legado pontificio no le quedó más remedio que
acreditar que el campeón aragonés no se había presentado el 25 de marzo, como
claramente dejaba expuesto el documento de desafío de la reina de Pamplona.
En Roncesvalles, donde se había citado al adalid de Gascuña, tampoco se presentó nadie
más que el campeón de Pamplona, porque allá se guiaban por el cómputo de los Reyes
de Francia, que tampoco coincidía con el empleado en tierras de Pamplona, así que el
resultado fue una nueva victoria por incomparecencia del adversario del campeón
pamplonés.
Y en Tafalla, el límite sur del reino, es donde se dio el caso más sorprendente, pues
afirma el Libro Redondo de Leyre que como los infieles se guían por la fecha de la
huida de su profeta desde la Meca hasta Medina, que fue en el año 622, el año 1073 de
la Era Cristiana era para ellos en realidad el año 451 de la suya, y por lo tanto hasta
1695 no se presentaría en Tafalla el campeón de la taifa de Zaragoza.
En cualquier caso, en el año acordado por los papeles de desafío de Placencia, volvió a
quedar vencedor por incomparecencia el campeón pamplonés. Y lo que es mejor: las
cuatro victorias fueron inapelablemente atestiguadas por el Santo Padre de Roma, contra
el que ningún otro poder osaba levantar la voz. Bueno, los sarracenos de Zaragoza tal
vez sí, pero como no lo harían hasta el año 1695…
Así salvó Placencia -sin derramar una sola gota de sangre, que todavía tiene más mérito-
el Reino de Pamplona de la codicia de todos sus enemigos, empleando únicamente sus
vastos conocimientos sobre el Calendario. Es por ello que en el Libro Redondo de Leyre
se le otorgaba el muy honorable título de “Única dueña y señora -junto con Dios- del
Tiempo”.









