Rajoy, impasible; el PSOE, irisado; la marca España, con más apuro

La monarquía española zarandeada por una instrucción judicial, en el momento de mayor debilidad del régimen constitucional de 1978. Italia, con gobierno provisional y sin perspectivas de estabilidad parlamentaria a medio plazo. Portugal y Grecia boqueando, intervenidas por la troika. Cuarenta años después de la oleada democrática que se inició el día 25 de abril de 1974 con la revolución portuguesa de los claveles, todos los países del sur de Europa –sin excepción– vuelven a moverse como fichas del dominó. Crisis económica y crisis política, desde el estuario del Tajo a la isla de Chipre. Tampoco el convaleciente mosaico balcánico se halla a salvo. Atención a Eslovenia. Con activos tóxicos en sus bancos por valor de 7.000 millones de euros, podría ser la próxima ficha en caer.

 

En este contexto debe inscribirse el impacto que ha tenido en la sociedad española la imputación de la infanta Cristina en la instrucción judicial del denominado caso Nóos. Tres impactos en realidad. Bulla en los programas rosa de la televisión –género que domina con maestría el grupo italiano Mediaset, propiedad de Silvio Berlusconi–, con gran capacidad de perforación en los estratos sociales más despolitizados. Más irritación, aún, en los sectores más críticos de la sociedad. E impacto en los circuitos internacionales, en mal momento para la imagen del país. Siendo así las cosas, el gesto más sólido de la jornada fue el del príncipe Felipe en Barcelona, al pedir a los jueces “prudencia y fortaleza”. Auditorio: la última hornada de la Escuela Judicial. El día anterior un comunicado de la Casa Real había criticado elípticamente al juez instructor.

 

Una imputación no es una condena, pero en España se ha roto otro precinto: por primera vez desde la segunda restauración de la monarquía (la primera, en 1874; la segunda, en 1975), un miembro de la familia real deberá comparecer ante la justicia para rendir cuentas de sus actos.

 

Llueve sobre mojado. Un estudio de la Fundación BBVA sobre las percepciones ciudadanas en los diez principales países europeos, dado a conocer ayer, señala que España es el país con menor confianza en las instituciones públicas, en el Gobierno y en los partidos. Los españoles son los europeos que en más huelgas y manifestaciones han participado en los últimos doce meses (ver sección Tendencias, página 29).

 

Llueve y al mal tiempo, buena cara. El Gobierno reaccionó ayer en dos fases. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, reconocía que la imputación de la Infanta repercute negativamente en la marca España, asunto de obsesiva preocupación en Madrid. La noticia coincide con la movilización de destacados dirigentes empresariales (César Alierta, Isidre Fainé e Ignacio Sánchez Galán, entre otros) para defender la solvencia de España en 23 plazas mundiales en las próximas semanas.

 

García-Margallo, expresionista, subrayó por la mañana que la imputación de la Infanta es motivo de “enorme preocupación” en el Gobierno. Por la tarde, Mariano Rajoy volvía a realizar otro de sus ejercicios de distanciamiento brechtiano. El actual presidente deja que la realidad hable por su cuenta –con mucho ruido desde hace meses– y aparece en escena como atemperador y no como demiurgo (papel preferido, el de creadores de realidad, por Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, cada uno con su estilo). Impasible, Rajoy se limitó a señalar que el Gobierno respeta la decisión del juez José Castro y advirtió que no piensa modificar la tramitación de la ley de Transparencia para introducir a la Casa Real en la misma.

 

Esta podría acabar siendo la batalla del PSOE, partido de metal irisado (capaz de emitir distintos destellos a la vez) a medida que se espesan las dificultades de la monarquía. El PSOE es un puntal básico de la segunda restauración y también un partido republicano, según recuerdan ahora algunas de sus voces. Alfredo Pérez Rubalcaba, atento a no perder conexión con el centro sociológico –concepto cada vez más difícil de definir–, intenta mantener un perfil muy institucional. Carme Chacón, con un ojo puesto en la levadura que va subiendo alrededor de Izquierda Unida, emite inquietudes y mensajes –cortos– sobre la transparencia. Irisaciones socialistas en días de luz variable.

 

http://www.lavanguardia.com/index.html