¿Es posible otra España?
La comedia de enredo que hemos vivido esta última semana sobre un hipotético diálogo entre unos hipotéticos interlocutores que nunca se supo si querrían ser, con un hipotético relator de trabajo tan confusa como el título que se le daba y sobre un no menos hipotético temario, ha tenido la virtud, paradójicamente, de volver a dejar las cosas claras para los que les gusta oscurecerlas. Hay una España -no toda- que ha vuelto a decir que no se concibe a sí misma si no es como guardiana de sus actuales fronteras. O dicho de otro modo: que sólo entiende la autodeterminación de Cataluña como la autodestrucción de España.
Mira que es sencillo el principio. Y es fácil entender sus consecuencias. La autodeterminación de Cataluña no será nunca acordada con el Reino de España a las buenas mientras no sea capaz de pensarse de otro modo. No valdrán ni la ampliación de una mayoría social que le sea favorable, ni la apelación a los derechos civiles y democráticos, ni haber firmado tratados internacionales que la avalan, ni la presión discreta y educada de terceros estados. La resistencia va mucho más allá de si España necesita o no de Cataluña para cuadrar unas cuentas que, por otra parte, ya están fuera de control. Incluso, creo que el problema es aún más profundo que el de asegurar la supervivencia de la casta que hace siglos controla el Estado, aunque éste también es un gran problema. Una supervivencia ahora anclada por la monarquía que la Constitución del 78 convirtió en símbolo eficaz de su unidad. No es difícil de pronosticar que si Cataluña se desengancha de España, si no cambian mucho las cosas, caerá la monarquía y arrastrará al precipicio muchos albaceas del Estado profundo.
En cambio, Cataluña puede no ser independiente sin que quede en entredicho su existencia. Aquí se ha aprendido a vivir en la precariedad política, a la intemperie, e incluso con el Estado en contra. Quiero decir que Cataluña no arriesga su supervivencia -al menos de manera inmediata- en la resolución de este Proceso. En ello arriesga un intangible como la dignidad nacional, se juega la prosperidad y el buen gobierno y que tener que posponer la aspiración a una radicalidad democrática mayor. Es muchísimo, pero no lo es todo. En cambio, esta España reaccionaria, tal como se concibe a sí misma, con la independencia de Cataluña se lo juega todo. Hasta el punto de que necesita ser esencialmente anticatalana, y por tanto, nos necesita dentro. De Cataluña ha hecho el enemigo interior indispensable para reafirmar el carácter sagrado de una unidad que valora precisamente porque es resultado de la subyugación. Es el imaginario de la manifestación del domingo en Madrid, que suspira por una aplicación indefinida del 155. Es la voluntad de escarmiento que a partir del martes veremos en la pantomima de juicio que han organizado más para alimentar el orgullo español que para asustar a los catalanes. Si no fuera que todo es tan grave, diría que es la España de bolero. En eso del ‘Ni contigo, ni sin ti’.
Así pues, es una evidencia -constatada allí hasta la saciedad e ignorada aquí hasta el aburrimiento- que es la unilateralidad de esta España todavía mayoritaria lo que hace absurdo fiarlo todo al diálogo. Y es por eso mismo que habrá convertir los juicios políticos que ahora empiezan -como por otra parte quieren los enjuiciados- en una de las armas más poderosas que tendremos en mucho tiempo para poner en evidencia la naturaleza patológica de esta dominación política. La de un Estado que nos necesita más como chivo expiatorio que como un pueblo hermano. Que nos quiere mal porque nunca nos ha reconocido como de los suyos. La España de bolero que es la del amor del maltratador: “Duele tanto la verdad,/ vivo en la melancolía/ al saber que no eres mía”.
¿Dónde está la España capaz de pensarse sin tener que maltratar a ningún pueblo? ¿Otra España es posible? ¿Qué será, si no, de la España actual cuando estemos fuera?
ARA









