¿Qué poder tenemos los catalanes?

El mundo es inquieto y cambiante, y parece claro que las formas tradicionales de poder ya no responden a los desafíos del presente. El exprimer ministro italiano, Enrico Letta, decía hace unos días en Barcelona que la llegada de Trump al poder ha transformado el escenario global, y añadía que los europeos hemos descubierto que somos una colonia de EE.UU. Sentenciaba: Europa debe encontrar su sitio. Imagínense: ¡Europa debe encontrar su sitio! Salvando todas las distancias, el problema de Europa se asemeja bastante a lo que tenemos los catalanes: ¿cuál es nuestro lugar dentro de un Estado autoritario como el español y en contexto de una Europa colonizada? ¿Cuál es nuestro sitio en una Europa que no sabe muy bien qué es ni qué quiere ser y en una España que desea seguir siendo como siempre, centralista y españolista?

A los catalanes nos falta una reflexión profunda sobre el poder político y cómo alcanzarlo. Los partidos independentistas, por desgracia, tienden a pensar más en clave de poder propio que de poder colectivo. Practican un nacionalismo blando, más preocupado por preservar las formas que por conquistar poder real. Los partidos constitucionalistas españoles, por su parte, entienden la autonomía como un apéndice subalterno del poder del Estado. El resultado es un poder catalán diluido, descafeinado, resignado y sin horizonte.

Hace poco leía un artículo contundente de Hillary Clinton en el New York Times, donde acusaba a Trump de estupidez estratégica -una expresión que las noticias diarias que llegan de la Casa Blanca no hacen sino reforzar-. Clinton reivindicaba un poder inteligente, y advertía que éste no depende sólo del músculo militar, sino también de la potencia económica, de la influencia moral, de la complicidad internacional y de la capacidad de seducir.

Los catalanes sabemos sobradamente que no tenemos poder institucional -por mucho que los dirigentes de la autonomía se empeñen en hacer ver lo contrario-. Quizás ya es hora de preguntarnos cómo podemos reconstruir alguna forma de poder efectivo, y cómo hacerlo inteligente, adaptable y duradero.

Clinton proponía redefinir el poder estúpido de Trump desde una lógica ética. Es una pista a tener en cuenta. Pero antes es necesario recuperar a Hannah Arendt. Su idea de poder era radicalmente política: un poder que no nace de las instituciones, sino de la sociedad civil, de la acción colectiva, de la pluralidad, de la presencia compartida en el espacio público.

Hay que volver a Arendt porque Cataluña vive en crisis política desde 2017. Ni siquiera hemos sabido culminar la ley de amnistía. Los partidos independentistas siguen atascados al no entender que, en ausencia de un aparato institucional propio, el poder sólo puede brotar de la fuerza organizada de la sociedad civil.

Una política catalana realmente inteligente habría puesto como prioridad mantener viva la energía cívica, que es el único poder que Cataluña tiene hoy en serio. Lo que emergió durante el referendo del 1 de octubre acabó disolviéndose. Los dirigentes malgastaron ese capital social malinterpretando cómo debía preservarse.

Votar, custodiar urnas, ocupar escuelas, proteger puntos de votación, movilizarse… fue una extraordinaria expresión de poder en el sentido arendtiano: sin intermediarios, sin delegación, compartido por ciudadanos que se reconocían como agentes políticos.

El Estado respondió a ese desafío con violencia. Pero, como explica Arendt, la violencia no es un signo de fuerza, sino de carencia de poder. El error del independentismo fue no priorizar la protección del poder que emanaba de esa movilización. Sin liderazgo ni dirección, tras la efervescencia, el poder vivido en la calle se vio neutralizado. La represión desarticuló a los partidos, y estos se olvidaron de la ciudadanía. No supieron ver el tesoro que tenían en sus manos: millones de personas dispuestas a desafiar al Estado con inteligencia y dignidad.

La política catalana cayó en una paradoja arendtiana: tuvo un estallido de poder intenso, pero fue incapaz de construir continuidad. Y olvidó que el poder sólo perdura si se regenera a través de la acción común.

Llevamos ocho años varados. No se trata de repetir el pasado, sino de activar, de nuevo, la capacidad colectiva para hacer algo nuevo. Hay que crear espacios -sean institucionales o no- donde la ciudadanía recupere sentido político. El nuevo poder catalán, por ahora, no son los partidos: es la presencia activa, la palabra compartida y la acción cívica consciente.

Habría que dar un paso adelante y dejar de confundir el poder de una sociedad con el poder de las instituciones. El auténtico poder -como coinciden Clinton y Arendt- no surge sólo de las formas institucionales, sino de la vitalidad de una sociedad capaz de crear, organizarse y actuar. Este poder no se copia: se inventa. Y es necesario recordar que el poder transformador no puede limitarse a un estallido. Construir el poder es diseñar una estrategia con continuidad.

Los catalanes necesitamos aprender a leer el nuevo mundo y a salir de nuestro ombligo. Cataluña es una nación con talento, abierta, con una fuerza cultural, científica y económica notable. Pero carece de política: una manera de conectar nuestro potencial con un proyecto basado en valores universales como la democracia, la cultura, la prosperidad, la justicia, la innovación o la sostenibilidad. Como decía Gramsci, el poder se gana a través de las ideas.

Uno de nuestros activos más desaprovechados es la cultura. El catalán no es sólo una lengua: es un universo simbólico. Nuestra cultura proyecta un país que emociona y conecta. Es un poder suave, pero no menos transformador. Invertir en lengua y cultura es invertir en soberanía y reconocimiento. ¿Por qué no lo entendemos?

La prosperidad es también poder. Cataluña genera cerca del 20% del PIB español, lidera las exportaciones, innova, atrae inversiones y turismo. Pero esa fuerza no se traduce en poder político. Quizás porque no hemos sabido convertir este músculo en soberanía. Otros territorios sí que lo han hecho: Escocia, con un proyecto europeísta; País Vasco, con capacidad de decisión y de innovación. Cataluña, en cambio, es una nación insertada en un Estado que la perjudica. Y esto nos obliga, como advertía Clinton, a ser más inteligentes.

La democracia es poder moral. Si aspiramos a tener poder real, éste debe ser ético, ejemplar, comprometido. Cataluña debería liderar un proyecto inequívocamente más justo, más transparente, más deliberativo. Esa ética no es una ingenuidad: es una fuerza real y necesaria.

Europa sigue siendo un horizonte. Pero no puede ser una coartada estética. Es necesario ponerse al frente de una Europa de los derechos, de la diversidad y de la democracia real.

Y por encima de todo, hay que conjurarse contra lo que Clinton llama el “poder estúpido”: aquel que vive instalado en el autoengaño, que se conforma con gestos vacíos, que disfraza de pragmatismo a la resignación. Que se fragmenta en disputas internas, en tribalismos partidistas, en vanidades estériles, o en un relato que sólo se mira en el espejo del pasado. Que se fundamenta en instituciones catalanas que no controlan nada fundamental –ni hacienda, ni justicia, ni seguridad, ni infraestructuras– pero que se presentan como el único horizonte posible.

Es poder estúpido no tener un análisis serio de las fortalezas del Estado español -su diplomacia, su arquitectura judicial, su red internacional, su estabilidad presupuestaria- y, por tanto, pretender combatirlo con desconexiones ficticias o con gestos simbólicos sin estrategia.

Como advertía Maquiavelo en ‘Il Principe’, “No hay nada más difícil de emprender, más peligroso de poner en marcha ni más incierto de éxito que instaurar un nuevo orden. Porque el innovador tiene por enemigos a todos aquellos que se beneficiaban del orden antiguo, y sólo un apoyo débil de parte de aquellos que podrían beneficiarse de él”.

Parece pensar que en términos de poder seguiremos resignados a ser un pequeño apéndice del poder del Estado, atrapados en una autonomía tutelada, subfinanciada y sistemáticamente subordinada.

Seguimos instalados en una forma de derrotismo tranquilo, a menudo disfrazado de realismo pragmático. Pero el precio que se paga es altísimo –y no sólo en clave simbólica o identitaria–. Se pierde calidad de vida –en servicios públicos, en infraestructuras, en oportunidades– porque partimos de un desequilibrio estructural: Cataluña genera mucho más de lo que recibe, pero no puede decidir las reglas del juego. Y se pierde también ambición colectiva, capacidad de imaginar un futuro mejor. Cuando el horizonte político se reduce a gestionar migajas, el horizonte vital de los ciudadanos también se empequeñece.

Vuelvo, pues, al inicio. El poder que necesitamos debe ser doblemente inteligente: debe saber organizarse y saber explicarse. Tiene que combinar firmeza con lucidez. Eficacia con decencia. Y sobre todo, debe tener claro que el poder real no consiste en ocupar instituciones, sino en transformar conciencias. En encender ideas. En construir sentido.

Y esto, por intangible que parezca, puede ser más poderoso que cualquier ejército. Pero ese poder todavía está por hacer. Y nadie lo hará desde fuera. Sólo lo construiremos -o no- desde aquí, desde una sociedad civil activa, culta, comprometida y con voluntad de construir un proyecto colectivo próspero, democrático, diverso y justo.

El futuro del poder catalán no será la obra de una generación escogida, sino la suma tenaz de muchos esfuerzos cotidianos. Y si queremos, si nos lo creemos, si nos ponemos a ello, todavía estamos a tiempo.

¿Cuál sería el poder inteligente? En un país con Estado, el poder inteligente sabe combinar el poder duro del ejército con el poder blando de la diplomacia, la ayuda al desarrollo, el músculo económico y la influencia cultural. Ninguna de estas herramientas puede hacer el trabajo sola. El enfoque de Trump es el del poder estúpido: batallas estúpidas.

Pero en un país como el nuestro, con un Estado que no le representa, ¿cuál sería el poder inteligente? Éste es el problema que, en mi opinión, arrastramos los catalanes desde hace siglos. Llevamos tantos años peleándonos contra el poder del Estado que hemos olvidado que, sin Estado propio, sólo puedes aspirar a tener uno digno si eres capaz de construir antes un poder alternativo. Y un poder distinto sólo puede nacer de la sociedad civil. Por tanto, debe ser doblemente inteligente: en la calle con la fuerza de la comunidad, y de cara al mundo, en el discurso, los objetivos y la constancia.

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