Es muy interesante, desde un punto de vista psicológico -aunque previsible, tratándose de un pueblo sometido desde hace tres siglos- la reacción que han tenido muchos catalanes ante la negativa del empresario sabadellense Àlex Fenoll a estrechar la mano de Felipe de Borbón, príncipe heredero de la corona española. Es interesante, porque indica con qué fuerza radica la convicción de que el sumiso vive mejor que el insumiso. El sumiso se acomoda fácilmente a la condición de inferior que el dueño le asigna y, para no contrariarlo, evita siempre adoptar una actitud impropia de su condición. El dueño puede explotar, gritar, escarnecer, vejar, insultar, humillar… No importa, el sumiso siempre tiene muy claro su papel y recibe los golpes con la resignación de un individuo modélico. Es el sumiso modélico, el sumiso que ríe todas las gracias del amo, que le hace reverencias cuando éste se digna visitarlo y que sonríe contento cuando le estrecha la mano mientras alguien los fotografía. El insumiso, claro, no hace nada de eso. No le gusta que lo exploten, que le griten, que lo escarnien, que le vejen, que le insulten y que le humillen, sonríe sólo a las personas que le respetan y no admite que el dueño lo utilice para hacerse fotos que enmascaren la realidad; fotos que digan al mundo cuán contentos están los sometidos de tenerlo como dueño.
— ¿Por qué no me das la mano? -pregunta Felipe de Borbón a Àlex Fenoll, al verlo estoico y silencioso.
— Porque no nos reconocen el derecho de votar -responde Fenoll.
— Pues no me saludes -dice el Borbón, visiblemente molesto.
— Le daré la mano cuando nos deje hacer la consulta.
Superado cierto estupor, el príncipe se lo piensa, se acerca de nuevo y dice:
— Por educación me tendrías que dar la mano.
— Por educación nos debería dejar votar, replica Fenoll-; por educación debería mantener nuestras garantías democráticas.
— Me deberías dar la mano igual, -insiste el Borbón, ahora en catalán-. Acto seguido, esperando que le agradezca el cambio de lengua, añade: Ahora sí que me la darás, ¿verdad, amigo?
— No somos amigos. Le daré la mano cuando nos deje votar.
— No depende de mí.
— Por supuesto que sí.
Este fue el breve diálogo entre el heredero de la corona española y el empresario Àlex Fenoll. Después, este último estrechó la mano de varias personas del cortejo, entre ellas la del presidente Mas, la del consejero de Industria, Felip Puig, y la del alcalde de Barcelona, Xavier Trias, y notó como algunos de los apretones, muy bien acompañadas por la mirada, fueron más fuertes de lo normal. Incluido el abrazo de una persona responsable de protocolo. El mismo Fenoll ha explicado que algunos empresarios se hicieron los escurridizos para no tener que saludar al príncipe, pero que él consideró que mantenerse firme en un momento como aquel era un acto de autoestima catalana y de coherencia consigo mismo. “Estamos en un momento en que hemos quemado las galeras y se lo tenemos que decir, se lo tenemos que decir a la cara. Lo deben saber: si no respetan nuestras garantías democráticas, no somos sus amigos”.
Son palabras dichas desde la dignidad, y también desde la libertad propia de alguien que no está subordinado a las servidumbres de la política. Quiero decir con esto que una cosa es la actitud amable y protocolaria del presidente Mas o de un consejero en calidad de anfitriones, comportamiento comprensible por completo, y otra la de un ciudadano cualquiera que, además , no participa en el Mobile World Congress para ver a ningún príncipe. Es decir, que es este último quien se presenta de repente e impone su presencia. Y digo ‘impone’ porque no se limita a hacer una visita, sino que ordena a los empresarios que formen ante él y que lo reverencien con un gesto que pueda servir de promoción a la casa real española. Y, mira por donde, al príncipe, al encontrarse con un empresario insumiso, no se le ocurre otra cosa que exigirle que le estreche la mano: “Me la deberías dar la manno igual”. En realidad le está diciendo: “Yo soy tu príncipe, tu superior, y, te guste o no guste, tienes la obligación de estrechar mi mano”. Ante esta arrogancia, es obvio que el señor Fenoll aún se sintiera más legitimado para no dar el apretón. Sabía que si el incidente se hubiera producido un buen número de años atrás, los antepasados de este Borbón lo habrían hecho azotar para bajarle los humos. Hoy, sin embargo, el príncipe no ha tenido más remedio que tragarse el sapo.
Se dirá que lo cortés no quita lo valiente y que un ciudadano puede estrechar la mano del Borbón sin que ello implique renegar de las propias convicciones. Pero este es un argumento tramposo. Es la justificación del ciudadano que no se atreve a decir al príncipe lo que piensa de él. Se podría elaborar una lista infinita de las sumisiones que se hacen en nombre de la cordura, de la prudencia, de la cortesía y de la educación. El problema es que la cordura, la prudencia, la cortesía y la educación son sólo de abajo a arriba, de sometido a dueño, nunca de arriba abajo, de dueño a sometido. Por ello, mientras se considera una falta de respeto no estrechar la mano del príncipe, no se percibe la violencia institucional que supone la negación del derecho a decidir del pueblo catalán. ¡Y aún, si sólo fuera eso! La corona española, fiel a la tradición aniquiladora borbónica, llega incluso al extremo de bendecir la negación de la identidad nacional de Cataluña. Pues no, decididamente, no se puede reverenciar a alguien que te dice que tú no eres tú, que sólo eres una propiedad suya.
Este incidente tiene mucha similitud con el que protagonizaron, hace cinco años, el jugador irlandés de rugby Ronan O’Gara y la reina de Inglaterra. En aquella ocasión, O’Gara, la estrella de la selección irlandesa, campeona del Torneo Seis Naciones, mantuvo las manos en los bolsillo ante la reina. El acto tuvo lugar en Belfast, Irlanda del Norte, y O’Gara explicó que se mantenía leal a la tradición de los hombres de Cork, iniciada en 1920, a raíz de la orden británica de disparar a todo hombre que mantuviera las manos en los bolsillos al pasar por el Castillo de Macroom. Era la manera británica de decir a aquel territorio sometido que no admitía ningún gesto que cuestionara su autoridad. Como sabemos, Irlanda del Norte continúa todavía hoy bajo dominio británico y O’Gara consideró que era una cuestión de principios no reverenciar la máxima representante de esa autoridad.
Hace trescientos años, la nación catalana fue masacrada por las tropas borbónicas y es muy comprensible que haya catalanes que no estén dispuestos a reír las gracias de cualquier Borbón que no pida perdón y que se niegue a derogar el Decreto de Nueva Planta que se derivó de aquellos hechos. Como decíamos al principio, no han faltado catalanes sumisos que han corrido a socorrer al príncipe diciendo que el referéndum catalán no depende de él. Formalmente, es cierto que no. Pero conceptualmente sí. El heredero de la corona española representa a España, un Estado que niega la personalidad jurídica de Cataluña, y si él personalmente no comparte esta opresión lo primero que tiene que hacer es decirlo. De lo contrario, quien calla otorga. Sólo faltaría que además de mantener una casa real reinstaurada por un dictador y enemiga de nuestros derechos nacionales tuviéramos la obligación de reverenciarla.
Sobre este respecto, el notario Juan José López Burniol ha dicho que una cosa es considerar al príncipe un adversario y otra un enemigo. Estrechar la mano significa aceptar las reglas del juego y tratarlo como adversario. Negarle la mano, en cambio, significa tratarlo como enemigo. Para Burniol, por tanto, Àlex Fenoll “se comportó como un enemigo”. Debo decir, sin embargo, que el juego de palabras del notario para descalificar al empresario me parece el artificio propio de alguien que intenta disfrazar de sentido común su ideología nacional española. Porque, ¿de qué juego y de qué reglas estamos hablando? Se diría, escuchando al señor López Burniol, que el conflicto entre Cataluña y España es un conflicto entre iguales, entre dos estados que juegan un partido y que aceptan las reglas vigentes tuteladas por un árbitro imparcial. Pero no es así. El partido al que alude el señor notario está manipulado desde el principio y no es entre iguales. Es un partido entre un dominador y un dominado, con unas reglas hechas por el primero y con un árbitro que no es otro que él mismo.
Digamos, finalmente, que uno de los rasgos idiosincrásicos del sumiso es que no tiene suficiente con comportarse de acuerdo con sus ideas, necesita que todo el mundo actúe como él. Mientras Àlex Fenoll no ha criticado en ningún momento a quienes optaron por estrechar la mano del príncipe español, entendiéndolo como una decisión libre y personal, los catalanes sumisos, ya sea por medio de artículos o de tertulias mediáticas, han corrido a censurarle o despreciarle y no le han tolerado que tomara una decisión libre y personal. Han reaccionado con la lógica de quienes se dan por aludidos. Sin embargo, digámoslo claro, no fue Àlex Fenoll el irrespetuoso, sino Felipe de Borbón, que en lugar de admitir que reverenciarle es un acto voluntario, no obligatorio, osó reprochar al primero que no lo hiciera. Por suerte, estamos en el siglo XXI, y ahora son los ciudadanos los que bajan los humos de los príncipes. Sin verbalizarlo, el ciudadano insumiso hizo entender a su interlocutor que no es Felipe de Borbón quien pone el plato en la mesa a Àlex Fenoll, sino que es Àlex Fenoll quien pone el plato en la mesa a Felipe de Borbón. Gracias, Alex. Entre la sumisión y la dignidad, tú elegiste la dignidad.
EL SINGULAR DIGITAL








