Los humanos solemos surfear sobre olas de malentendidos. Unos malentendidos que lo son tanto de carácter analítico y epistemológico sobre cómo creemos que es el mundo, como de carácter práctico sobre lo que postulamos como legítimo en los comportamientos e instituciones de los ámbitos político y moral.
Resulta difícil entender qué somos los humanos sin al menos entrever nuestro pasado evolutivo, sin saber cómo y por qué hemos llegado hasta aquí. Normalmente no se tiene demasiada conciencia de que en la historia de eso que ampulosamente llamamos ‘homo sapiens’, el período que se inicia el “neolítico”, o sea, desde que las sociedades humanas disponen de la agricultura y la ganadería y que precipita posteriormente en la formación de ciudades, la escritura y la metalurgia, representa sólo alrededor del 7% de la historia de nuestra especie. El resto corresponde a las sociedades recolectoras y cazadoras. Esto tiene consecuencias. Y si consideramos no sólo la especie ‘sapiens’ sino todo el género ‘homo’, toda la “humanidad”, diríamos, este mismo período desde el neolítico hasta hoy representa tan sólo un 0’4%. Y hay que pensar además todo los “circuitos integrados” que nuestro cerebro comparte con el de los primates, mamíferos, reptiles, etc.
Por un lado, hoy sabemos que en muy buena medida nuestro cerebro opera por su cuenta. No lo controlamos. Está dotado de conexiones neuronales autónomas desde que nacemos. Y parece que son fundamentalmente los “pilotos automáticos” de los que estamos dotados los que están relacionados con la evolución y los que nos permiten vivir sin que nos demos cuenta. La percepción que tenemos del mundo es fundamentalmente una construcción de nuestro cerebro. Por otra parte, estamos mejor preparados para realizar determinados tipos de interacción. Además de por la supervivencia, la competitividad y la reproducción, venimos al mundo también dotados de un cierto sentido de empatía, de cooperación y de reciprocidad. Las intuiciones que tenemos sobre la moralidad y sobre lo que consideramos justo o injusto tienen bases compartidas anteriores a la humanidad.
Así, hoy ya nadie sensato discute que cuando nacemos no somos ninguna “pizarra en blanco”, ni en términos epistemológicos ni en términos morales. Venimos equipados con estructuras preconstituida de conocimiento y de decisión. En algún artículo anterior ya les he comentado los experimentos propuestos por Philippa Foot hace décadas sobre en qué casos consideramos legítimo o no sacrificar la vida de una persona y esto permite salvar la vida de varias. Por ejemplo, los estudios realizados en diferentes culturas muestran que se tiende a encontrar legítimo accionar una palanca que provocará la muerte de un individuo si evita que otros cinco mueran. Sin embargo, los resultados son los contrarios cuando somos nosotros los que deberíamos eliminar directamente el primer individuo.
Otros tests empíricos muestran que no valoramos moralmente nuestras acciones sólo a partir de las “consecuencias” prácticas que tendrán, sino también a través de principios o reglas que consideramos “intuitivamente” correctas ante las que mostramos una aversión emocional a violar. Se trata de reglas que no vienen de nuestra “racionalidad”, sino de sitios evolutivamente mucho más profundos de nuestro cerebro. Este último es un órgano descentralizado y asimétrico. Un conjunto de módulos neuronales que actúan en competencia y en los que predominan los componentes emocionales. El paisaje final del cerebro humano se parece más a un cuadro abstracto de colores dispersos que a un cuadro figurativo y ordenado.
La racionalidad es una capacidad evolutiva mucho más reciente. También actúa en nuestras decisiones, pero a veces sólo lo hace para justificar una decisión que nuestro cerebro ha tomado unos milisegundos antes. Nos creemos seres libres y unidos por una conciencia. Dos aseveraciones arriesgadas de hacer si nos las tomamos al pie de la letra. La primera quizás sea verdad, pero hay que matizar y contextualizar mucho. La segunda sabemos que es falsa.
Todo esto provoca una cierta intranquilidad, pero a la vez también nos empuja a “mejorar” nuestro conocimiento y nuestras acciones políticas y morales. En este sentido, creo que los investigadores de las ciencias naturales (medicina, biología, química, etc.) pueden obtener recursos epistemológicos y éticos de la filosofía. De hecho, contra lo que a veces se cree, la filosofía es una de las disciplinas más útiles para el refinamiento intelectual de los humanos: nos vuelve escépticamente menos ingenuos y amplia tanto nuestras retinas como nuestros lenguajes. Pero también conviene que los interesados en la filosofía, además de leer a Platón, Aristóteles, Kant o Wittgenstein, entiendan bien lo que nos dice la ciencia sobre la realidad. O en otras palabras, conviene que entiendan bien qué nos dice Shakespeare sobre la naturaleza humana. Muchos filósofos de vocación “moralista” deberían leer menos a Kant y más a Shakespeare. Y entender bien qué dice.
Creo que los que se dedican profesionalmente a las humanidades y a las ciencias sociales deberían saber mucha más ciencia de lo que normalmente saben. En las universidades, la historia de la evolución de la vida y del cerebro debería ser obligatoria en todas las carreras de ciencias sociales y de humanidades. Probablemente, habría más calidad analítica y menos malentendidos teóricos y prácticos. Hay que saber de dónde venimos para entender bien qué somos y “qué podemos esperar”, por decirlo kantianament, en la mejora de las democracias.
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