Hay una escena que Oscar Wilde no llegó a ver, y que quizá habría descrito mejor que nadie: la de sí mismo convertido en una estatua en el corazón de Londres, celebrado por la propia institución, el gobierno británico, que le condenó en prisión y, en definitiva, le destruyó hasta la muerte. Wilde, el paria que murió en París arruinado y abandonado por ser homosexual, ahora es usado como símbolo oficial de la diversidad británica y de la excelencia de su gobierno. Del gobierno que le persiguió en vida, le perdonó póstumamente, en 2017, y desde entonces se ha apropiado de ello la memoria, la memoria de un hombre que murió, precisamente, huyendo de ellos.
Desgraciadamente, cuando te mueres ocurre esto: que los demás hacen de ti lo que quieren. Y no sólo eso. Pueden hacerte decir lo que nunca dijiste, defender lo que nunca defendiste, o incluso convertirte en símbolo de lo que combatiste. Y nada puedes hacer. Estás muerto. Y los vivos siempre tienen razón porque son los únicos que pueden hablar, porque se te pueden apropiar y te pueden moldear según sus necesidades para hacer lo que les interese a ellos.
Antoni Gaudí fue a prisión en la Diada de 1924 por haberse negado a hablar en castellano con la policía. Mantuvo al catalán con una firmeza ejemplar ante los agentes que le increpaban. Nunca habló la lengua de los españoles. Era un hombre de una coherencia absoluta en este aspecto, de una firmeza que hoy debería servirnos de guía. Y ahora resulta que, cien años después de su muerte, el Ayuntamiento de Reus y la Real Federación Española de Patinaje le hacen hablar en castellano en un acto oficial destinado en teoría a conmemorarlo. Y esto no es, no puede ser, un error. No es ningún descuido. Es una decisión consciente, justificada con ese cinismo administrativo que lo hace todo aún más obsceno: la respuesta a la santa indignación que ha despertado esta barbaridad ha sido decir que era necesario hacerlo así por los participantes “de fuera de Cataluña”, por la “difusión nacional e internacional”.
Lo cierto es que en Reus han creado una versión de Gaudí hecha con inteligencia artificial que conversa en la lengua que él se negó a usar incluso ante la autoridad armada. Y le han hecho decir cosas en castellano por la televisión pública catalana. La operación es tan descarada que merece toda la indignación hecha pública en estas últimas horas. Incluso más.
Pero, de todo ello, lo más triste no es tanto el falseamiento histórico –que ya estamos hartos de falseamientos– como la facilidad con que se ha hecho; como la naturalidad y la cara que le echan a la hora de realizarlo. Porque ha habido un consenso implícito entre todos los responsables de esa profanación. El PSC, ERC, la Diputación de Tarragona, TV3, la federación española de patinaje: todo el mundo ha estado de acuerdo en que Gaudí debía hablar castellano porque había que “abrirse” a un público más amplio. Nadie dijo que no. Nadie pensó que quizá –solo quizás– hacer hablar en castellano a un hombre que fue a la cárcel porque no quiso hacerlo era un abuso intolerable. Simplemente nadie levantó la voz antes de que lo hicieran los espectadores y cuando todo el pescado estaba ya vendido.
Hay algo que los poderes han aprendido muy bien: que la victoria definitiva sobre un enemigo no es sólo matarlo, sino convertirlo, utilizándolo, como uno de los tuyos. Especialmente cuando ya está muerto, porque entonces no puede protestar. A un muerto le puedes meter en la cabeza –si tienes la cara suficiente barra y falta de escrúpulos– las ideas que te convengan, hacerle hablar en la lengua que te interese y presentarlo como ejemplo de todo lo que tú representas, aunque en vida fuera tu peor enemigo. Los muertos son dóciles, manejables, útiles. Son la mejor propaganda imaginable, porque ya no pueden desmentirte, porque no pueden acusarte, porque ya no pueden defenderse.
Gaudí ha tenido muy mala suerte. Porque ha caído en manos de una generación de políticos y de gestores culturales que no entienden nada de lo que él representó, y que si lo entienden es aún peor, porque demuestran que no les importa nada. Para ellos, Gaudí no es más que una marca, un reclamo turístico, una excusa para hacer espectáculos con patines y luces de colores. Nada más. Y si hace falta hacerle hablar en castellano porque esto sirve mejor a sus propósitos, pues se hace y ya está. Sin complejos. Pero también –¡ojo!– con esa tranquilidad de quien sabe que nadie pagará precio alguno por ello –no les parecerá extraño si les aseguro que nadie dimitirá ni enviarán a nadie a casa después de esta atrocidad. Que es lo mínimo que debería ocurrir.
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