José María Aznar dice que “Si Israel pierde lo que está haciendo, Occidente se pondría al borde de una derrota total”, y una semana después Isabel Díaz Ayuso defiende que “la inmigración hispana no es inmigración”. La gran idea que impulsa la ola de las nuevas derechas es el ‘choque de civilizaciones’, un concepto acuñado hace treinta años por Samuel Huntington.
La visión de este politólogo neoconservador de Harvard es que “en los conflictos de clase e ideológicos, la pregunta clave era “¿De qué bando eres?” y la gente podía elegir bando y cambiar de bando, y de hecho lo hacía» mientras que, en el mundo posterior a la caída del muro de Berlín, «la pregunta es “¿Qué eres?” y la respuesta a esta última pregunta no se puede cambiar». Desde hace muchos años la estrategia política de la derecha es alimentar la mitología de las civilizaciones, jugar a dibujar áreas de homogeneidad cultural que divida el globo en amigos y enemigos. Naturalmente, es fácil desmontar este tropo mostrando la arbitrariedad con la que estos límites se reinventan periódicamente y señalar qué relaciones de intereses políticos y económicos intentan camuflar o justificar: el caso de Ayuso con los hispanos es especialmente interesante porque un grueso muy significativo de su coalición construye la identidad considerándose parte de una civilización superior a los que llaman despectivamente ‘panchitos’, que cuando conviene son hermanos culturales y, cuando no, bárbaros imposibles de civilizar. Ahora que tanta política nacional y global depende de este marco, creo que puede ser útil trazar su origen y tratar de entender su atractivo profundo.
El profeta de la revolución conservadora actual no es ni Adolf Hitler ni Benito Mussolini, sino un hombre que se opuso activamente al fascismo en su tiempo: Oswald Spengler, autor de ‘La decadencia de Occidente’, un best-seller instantáneo publicado en 1918 y un libro de culto entre los intelectuales de derechas desde entonces. La tesis de Spengler es que la raza biológica no tiene tipo de importancia alguno, pero que la cultura es decisiva. Yendo un paso más allá de la defensa romántica de las tradiciones, Spengler dice que la forma de ser de cada cultura no es un conjunto de productos, sino una forma de estar en el mundo a través de la cual experimentamos la realidad. Que la lengua, los rituales, historias, mitos, canciones populares y obras de arte de nuestra cultura no son simplemente contenidos sino la forma a través de la cual accedemos a las cosas. Y, naturalmente, esta forma de ser nos hace irreconciliablemente diferentes. Para Spengler, cada “gran cultura”, o civilización produce un marco simbólico orgánico que da sentido a quienes se crían en ella y que es inaccesible para quienes no.
Aunque leyéndolo no es muy creíble, el filósofo repetía una y otra vez que él no quería hacer jerarquías, sino, simplemente, preservar la identidad diferenciada de la cultura que llamaba “Occidental”. La propuesta es que seamos multiculturales y conservadores a la vez, que imaginemos el planeta como un zoo que necesita reservas naturales cuidadosamente delimitadas para que se reproduzca cada cultura humana. Con las trincheras de la Primera Guerra Mundial todavía calientes, Spengler grita que a él le preocupa el futuro, que, visto con perspectiva, el conflicto será un episodio menor respecto al verdadero peligro, que no sería la derrota económica y militar de Alemania, sino una crisis de identidad del mundo blanco entero frente a la “revolución de los pueblos de color”. La gran ventaja para la guerra cultural del futuro de estos pueblos, argumenta Spengler, es un sentimiento de identidad colectiva y una convicción por defenderla que la cultura occidental ha ido perdiendo por culpa del liberalismo y el socialismo. Así, la labor de los políticos, artistas y pensadores de Occidente no debería ser encontrar una respuesta universal para los problemas materiales comunes de toda la humanidad, sino escribir un guión espiritual para preservar su propia diferencia.
No se puede exagerar la influencia de Spengler en los intelectuales de la nueva derecha contemporánea, que reeditan y releen su obra y la de sus discípulos con asiduidad y excitación. Pero, como decía, ahora mismo quizá sea más útil reconstruir el atractivo de esta ideología. Huelga decir que, vista con escepticismo, se trata de una tergiversación reaccionaria chapucera, la hipótesis extremadamente fácil de desmentir que la falta de armonía de las sociedades modernas no viene de la ‘destrucción creativa’ de los mercados desbocados, de los monopolios, o de la dominación y explotación de los débiles, sino de una supuesta incompatibilidad entre culturas distintas que no saben convivir. Ahora bien, el atractivo de la nueva derecha se basa sobre todo en su énfasis en el componente necesariamente iliberal de cualquier identidad. Mientras que el liberalismo y el socialismo de los últimos años han dado todo el protagonismo a nuestra condición de sujetos autónomos definidos por sus intereses materiales y la facultad racional de elegir, estos conservadores señalan que somos criaturas sociales que encontramos sentido a través de relaciones que no hemos elegido y responsabilidades a las que no se puede renunciar, que somos invariablemente herederos de un patrimonio cultural y social particular.
No sólo esto: los conservadores son especialmente finos a la hora de excitar una cierta aversión nietzscheana ante la pacificación y la cobardía. Tal y como decía Francis Fukuyama con su tesis del fin de la historia (el libro de Huntington es una respuesta a Fukuyama), el advenimiento de estados capitalistas, democráticos y liberales acabó con sociedades en las que no había ningún tipo de debate ideológico y todo se basaba en el gobierno tecnocrático, la minimización del riesgo y la multiplicación del beneficio concebido como interés meramente económico e individual. Contra esto, la glorificación de la creatividad y el conflicto que comienza con Nietzsche tiene justamente que ver con el convencimiento de que los seres humanos no podemos desarrollarnos plenamente sin algún tipo de enemigo o de tensión. La Revolución Conservadora nos dice que la cultura occidental ha perdido su temple y esto hará que ya no produzca capital humano de calidad en comparación con las demás con las que compite.
Es fácil retratar estos deseos como una mezcla de insubordinación y mitos juveniles que deberían desaparecer en la madurez. También es sencillo reducir la preocupación por la identidad Occidental al supremacismo banal y el odio contra los demás. Pero hay más que eso: como hemos visto en los últimos cuarenta años, intentar basar la política exclusivamente en las necesidades e intereses materiales de los individuos conduce inevitablemente a la antipolítica. Ni el mercado libre ni la deconstrucción infinita (que no es más que la lógica del mercado libre aplicada a la construcción de la identidad que ha empantanado a la izquierda), pueden ser la base de cualquier acción colectiva. La Revolución Conservadora es contradictoria, cínica y cruel, y a grandes rasgos es una maniobra deshonesta de las élites para mantener a la mayoría enfrentada en lógicas competitivas para que no se alíen para pedir protección y redistribución. Pero la Revolución Conservadora también tiene una capacidad de percepción profunda de las inquietudes y las posibilidades humanas. Nuestra necesidad de vincularnos con una familia, una comunidad y una nación por encima de las demás; de proteger y transmitir una herencia; de celebrar a seres humanos excepcionales y las desigualdades en una competición justa; de sacrificarnos por algo mayor que nosotros: éstas son necesidades que tanto el liberalismo de la vieja derecha como la deconstrucción de la nueva izquierda a menudo han ignorado o directamente impugnado. La nueva derecha ha logrado pasarles por delante justamente porque se dirige a estos anhelos desatendidos y los canaliza hacia dónde quiere.
Spengler y los nuevos conservadores tienen razón en ciertos aspectos de su crítica, pero están completamente equivocados en el rechazo a la universalidad. Y existe una visión alternativa a la cultura como un choque de civilizaciones, que es la cultura utilizada justamente como el elemento capaz de mediar entre nuestra cara particular y una causa común con el resto de seres humanos. Es totalmente cierto que con el individualismo puro y el cosmopolitismo banal, sean de la cuerda neoliberal o de la cuerda deconstructiva, dejamos de hacer política y nos la hacen los demás. Por eso, ahora al igual que siempre, la única alternativa a la ley del más fuerte es una mezcla de nacionalismos integradores con un marco de internacionalismo solidario. Sin reconocer la importancia de las identidades colectivas no se puede ir a ninguna parte, pero reconocerlas para hacerlas luchar eternamente continúa la dominación por otros medios. La decadencia de Occidente radica en haber perdido la tensión política entre lo universal y lo particular, al no tener ningún proyecto que aúne el respeto por los grupos con una visión creíble de paz y justicia para todos. El particularismo vacío y cruel que soñó Spengler y que hoy proponen las nuevas derechas ya sabemos a dónde lleva y a quién beneficia.
*Crítico cultural. Filosofía, política, arte y pantallas.
NÚVOL
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