Hay una forma cómoda de vivir en un país ocupado y dividido por potencias extranjeras, que es hacer ver –si conviene– que las fronteras realmente existen. No hablo de las fronteras de los estados, sino de las fronteras mentales, interiores, aquellas que nos construimos nosotros mismos para no tener que sentir como propio lo que ocurre al otro lado de una raya administrativa. Hacer el trabajo sucio de la división desde dentro –tanto si esto que digo se entiende como si no– es una manera sutil de colaborar con el poder que nos ha ocupado y, por tanto, cómodamente, una manera de evitar la confrontación.
La Universidad de Perpiñán acaba de suprimir el único máster universitario íntegramente en catalán que impartía y el mismo día, en Perpinyà, el ayuntamiento de extrema derecha ha borrado la catalanidad incluso del papel, del cartapacio municipal, como quien borraba antiguamente los nombres de los vencidos de los monumentos. Son dos noticias muy graves, pero que han circulado por el resto del país con la cansada discreción con la que acostumbramos a recibir las malas noticias que nos vienen de arriba: una cierta tristeza difusa, una indignación moderada pero nunca suficiente para salir a la calle y, sobre todo, la convicción –inconsciente, pero demasiado firme– de que “eso” pasa “allá”, y “allá” es un lugar distinto que “aquí”.
Pero esto no es verdad: “allí”, al menos para cualquier persona que se sienta nacional catalán, no puede ser sino “aquí”.
El máster de Perpinyá, dirán algunos para justificarlo, es algo pequeño. Una decena de estudiantes al año. Una titulación que el sistema universitario francés puede suprimir con una circular interna y sin que nadie frunza el ceño.
Pero es que detrás de esa decena de estudiantes hay algo que la contabilidad universitaria no sabe contar: existe la continuidad de una cadena cultural y nacional. Sin el máster, los licenciados en estudios catalanes del norte no pueden realizar el doctorado en su lengua. Sin doctorado, no existen investigadores. Sin investigadores, no existe producción académica. Sin producción académica, la lengua pierde prestigio institucional. Sin prestigio institucional, la transmisión se debilita…
No existen muertes naturales en sociolingüística. Existen políticas, decisiones, presupuestos e indiferencias. Y hay, también, la indiferencia de quienes pudieron hacer algo y han cerrado los ojos porque aquello ocurría “allí” y no “aquí”. Si no voy equivocado, el rector de la Universidad de Perpinyà debe ser el próximo presidente de la Red de Universidades Lluís Vives y hoy pido en serio si los otros rectores, si las otras universidades de los Països Catalans, mirarán esta agresión sin más, si no harán nada para sujetarlo. Si los demás rectores hoy no le enviarán una carta urgente pidiéndole que reconsidere la decisión, por ejemplo, y para decir algo muy pequeño, lo más pequeño de todo.
El caso de Aliot es más crudo, porque es más explícito. Un ayuntamiento que borra la palabra “catalanidad” del cartapacio municipal no realiza una operación técnica. Realiza una operación política de manual: la “desdenominación”, que es la primera fase de la “desidentificación”. Primero quitas el nombre. Después ya no hace falta suprimir la cosa, porque la cosa, sin nombre, pierde contornos y se disuelve sola. Los franceses lo han hecho con muchas cosas en el curso de la historia. Y más o menos les ha funcionado.
Efectivamente: como les ha funcionado lo siguen haciendo. A mí esto no puede sorprenderme. Pero me sorprende, al sur de esta frontera que nunca escogimos y que nunca he reconocido, como observamos esto –hablo en términos generales. Lo observamos con simpatía. Lo observamos con solidaridad proclamada. A veces con un artículo en el periódico. Pero –lo digo tal y como lo siento– tengo la sensación de que somos pocos que lo sentimos como lo que es: un ataque directo en nuestra contra.
Porque si somos una nación cualquier ataque contra cualquier parte de la nación solo se puede vivir como un ataque contra la nación entera. Y lo que ocurrió ayer en Perpinyà debe ser vivido, pues, con una enorme gravedad y con reacciones, también en Maó y en Gandia, en L’Hospitalet de Llobregat o en Les Escaldes. No hay otra forma de definir esto que no sea un eufemismo. Una nación que acepta resignadamente la agresión en un pedazo del territorio sin sentir el profundo dolor en cada uno de sus nacionales no es una nación: en todo caso es una ficción geográfica con pretensiones políticas.
El cierre del máster de Perpinyà debería doler aquí también y debería originar un escándalo aquí también, exactamente igual que si lo hubieran hecho en Palma o en Manresa, o en Barcelona. No porque seamos caritativos con los “hermanos del norte” –que la solidaridad a veces tiene algo de caridad. Sino porque aquellos estudiantes sin continuidad académica somos nosotros. Porque esa lengua sin universidad es la nuestra. Porque aquella nación donde un ayuntamiento nos borra del cartapacio es la mía, es la vuestra.
Y mientras no lo vivamos así –mientras seguimos tratando a Catalunya Nord como un territorio que apenas lo sentimos tan nuestro como sentimos Barcelona o Tortosa–, los catalanes no habremos entendido lo más elemental, lo más básico para empezar a caminar hacia la liberación: que una nación no se divide. Que la partieran, sí. ‘Ellos’. Que nos la partieran. Pero esto significa que la división es y debe ser, en todo caso, suya. Nunca en la vida, nuestra.
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