Conviene empezar por una obviedad que, de tan obvia, parece olvidarse: el anticatalanismo aragonés es una anomalía histórica. Va contra la historia de ese país. Lo que se llama la Corona de Aragón –un término históricamente muy impreciso, pero que ha hecho fortuna– era un Estado que hoy llamaríamos confederal, o, mejor aún, una commonwealth y que unía voluntades, con una notable eficacia.
Sin embargo, el Aragón moderno –y cuando digo moderno me refiero a esta deformación ideológica nacida en el siglo XIX–, por razones que se pueden explicar muy claramente, ha optado mayoritariamente por construir la identidad sobre un resentimiento tan estéril como persistente respecto a los demás estados de la confederación, muy especialmente respecto a Cataluña.
El vuelco aragonés hacia el anticatalanismo no fue repentino ni inevitable. Fue, más bien, una construcción deliberada que podemos seguir con precisión quirúrgica en la documentación histórica. Y lo que revela esta documentación es difícil de discutir: una élite regional, incapaz de articular un proyecto propio, optó por la vía más cómoda de definirse contra Cataluña.
Encontramos síntomas desde las Cortes de Cádiz, cuando España empieza a pensarse como nación y Cataluña era independiente, bajo el control francés. Los discursos de Isidoro de Antillón –y eso que el hombre había vivido en Valencia y Mallorca– contienen todo el argumentario que después aragoneses y españoles utilizarán contra Cataluña.
Pero el verdadero punto de inflexión llega con la desamortización. Cuando Mendizábal pone a la venta los bienes eclesiásticos, ¿quién tiene capital para comprarlos? La burguesía catalana, por supuesto. Los Güell, los Arnús, los Girona adquirieron extensiones inmensas en Aragón y esto originó quejas amargas. Los cronistas aragoneses de la época ya hablaron con amargura de “expoliación catalana”, y así fijaron el vocabulario del agravio.
Incluso episodios como la construcción del ferrocarril profundizaron en las heridas. La línea Barcelona-Zaragoza, financiada mayoritariamente con capital catalán, fue vista como una humillación. “Somos la estación de paso hacia Madrid”, lamentaba la prensa de Zaragoza en 1861. Quizás tenían razón, no digo que no, pero la culpa no era de Cataluña, sino del incipiente modelo radial español que ellos mismos habían defendido en Cádiz antes.
La aparición del catalanismo político fue la gota que colmó el vaso. Cuando Valentí Almirall publica ‘Lo catalanisme’, en 1886, la reacción aragonesa es inmediata y virulenta. Marcelino Isábal publicó una serie de artículos en ‘El Heraldo de Aragón’ en los que ya aparecen todos los tópicos que todavía hoy escuchamos: la Cataluña egoísta, la Cataluña insolidaria, la Cataluña que quiere vivir a expensas del resto de España.
Y fue sobre esa construcción teórica como se pasó del anticatalanismo de élite al anticatalanismo de masas. En la crisis de 1898. Cuando Cataluña, traumatizada por la pérdida de las colonias españolas de América –que eran un gran mercado–, comienza a articular reivindicaciones proteccionistas. Entonces Aragón reacciona con furia. Los cerealistas aragoneses, encabezados por Basilio Paraíso, organizan el movimiento de las “cámaras agrarias” explícitamente contra los industriales catalanes.
Incluso el aragonés regeneracionista Joaquín Costa, que inicialmente había festejado con el catalanismo, da un giro copernicano y pasa a atacar “el particularismo catalán que quiere convertir España en su mercado cautivo”.
La Semana Trágica de 1909 fue la excusa perfecta para consolidar el discurso. El ‘Noticiero de Zaragoza’ llegó a publicar que, mientras los aragoneses morían en Marruecos defendiendo a la patria española, los catalanes preferían matar frailes. Obviamente, no tenían en cuenta que la mayoría de los fallecidos en Barcelona fueran obreros fusilados por el ejército.
La Mancomunidad fue el siguiente episodio. Cuando Aragón trató de crear su mancomunidad, en 1923, el gobierno español la prohibió. La reacción lógica –vaya, me parece a mí– habría sido solidarizarse con Cataluña, que era víctima de la misma discriminación. Pero no: la prensa aragonesa culpó a Cataluña de haber “envenenado el pozo” con su “separatismo” y haber hecho imposible su mancomunidad.
Más tarde, la dictadura de Primo de Rivera institucionalizó el anticatalanismo aragonés. Cuando el dictador prohíbe el catalán, el Ateneo de Zaragoza le felicita efusivamente y le da un homenaje. Durante la República, los diputados aragoneses en las cortes españolas fueron de los más agresivos contra el estatuto, y llegaron a afirmar que Cataluña quería hacer de Aragón una colonia lingüística, como si los catalanes de la franja estuvieran obligados a aprender una lengua que ni sabían.
Evidentemente, el franquismo, inteligente como siempre para estas cosas, supo explotar el filón y la transición no mejoró las cosas. El presidente aragonés Hipólito Gómez de las Roces, declaró: “La autonomía aragonesa debe servir para frenar las ambiciones catalanas”. Y cuando se redactó el estatuto aragonés se incluyó aquella disposición infame sobre las “modalidades lingüísticas propias”, cuyo único objetivo era no reconocer la realidad catalanohablante de la Franja.
Así llegamos a Sijena.
La verdad de todo este relato, por dura que sea, es ésta: En lugar de asumir su historia compartida con los Països Catalans y, a partir de este fundamento, construir un futuro común, prefirió negarla, falsificarla y convertirla en motivo de enfrentamiento. Seguramente porque para las élites que han construido el artefacto es más fácil, mucho más fácil, culparnos a los catalanes de sus males que asumir la propia responsabilidad en su declive demográfico y económico. Y, por supuesto, porque el Aragón regenerador, de altura de miras y digno no ha podido acabar de asomar nunca.
La realidad triste es que este Aragón, enfangado en el anticatalanismo estéril, se muere lentamente. Pueblos enteros desaparecen del mapa mientras sus políticos siguen obsesionados con victorias ridículas como la reciente decisión de los tribunales españoles sobre las piezas artísticas del MNAC. Y a mí, personalmente, me sabe mal ver esto. Porque admiro y aprecio profundamente los aragoneses libres: de Antonio Peiró Royo, Carlos Forcadell o aquel Gaspar Torrente que diseñó su estelada, a la gente de Andalán, el gran José Antonio Labordeta o el diputado Jorge Pueyo, que ha vuelto a situar la lengua nacional aragonesa en el lugar que le corresponde. Y quisiera ver un Aragón mejor, mejor sobre todo para los aragoneses, como vecino.
VILAWEB
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