Patrimonio industrial vasco: La desmemoria de un país

«ARS EX INDUSTRIA», PAISAJE Y MEMORIA 

Edificios protegidos de los que solo se ha mantenido una fachada que parece «como de cartón piedra», ciudades-fábrica arrasadas o devenidas ruinas para cimentar un país que apuesta por el turismo y el sector servicios… Profundizar en «Ars ex Industria», la exposición con la que la Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública (AVPIOP/IUHLEE) celebra sus cuarenta años, provoca muchas preguntas. Por ejemplo, ¿somos un país desmemoriado? Parece que sí, nuestro paisaje nos lo confirma.


Eduardo Sourrouille fotografió a varios enmascarados entre las ruinas del edificio de la Compañía de Maderas de Bilbo antes de que lo demolieran para construir el edificio de Frank Gehry. «Yo estuve allí» (1993) es una imagen de despedida y reivindicación. (Eduardo Sourrouille) 

Al entrar por la puerta de Itsasmuseum de Bilbo, conviene fijarse en dos fotografías. En una de ellas, datada en 1970, se aprecian las que fueron las instalaciones de la Compañía Euskalduna de Construcción de Buques. Parecen casi una ciudad, tal es su tamaño y extensión. En la otra, de 2010, ya se ve el nuevo Bilbo, con su paseo de Abandoibarra y la silueta del Museo Guggenheim, a modo de faro. El «efecto Guggenheim», al que siempre se hace referencia como el punto de inflexión a partir del que se materializó el «salto a la modernidad» de la capital financiera e industrial de Euskal Herria, resumida en dos imágenes.

Fuera la industria y la contaminación; viva el turismo y la limpieza de cara al país, barrunto para mis adentros. Fuera también la memoria industrial y obrera que ha hecho a este país ser como es; hola a la “arquitectura fake”, me contestaría, supongo, Alberto Salcedo, el doctor en Bellas Artes y comisario de “Ars ex Industria. El arte como espejo de la cultura y el patrimonio industrial vasco”, una de las exposiciones más ambiciosas sobre arte e industria que se han realizado en Euskal Herria y un viaje, en forma de exposición, que permanecerá hasta el 26 abril en este museo bilbaino. Con ella se cierran las conmemoraciones del 40º aniversario de la Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública (AVPIOP/IUHLEE). 


«Compañeros de hierro» (1995), fotografía incluida en el proyecto «Semillas de hierro». (Fidel Raso)


«Tren margen izquierda» (2023). La imagen no es real, está hecha con Inteligencia Artificial. (Niko Vázquez)

Entras en Itsasmuseum y parece que ingresas en una cápsula del tiempo que te retrotrae a nuestro pasado reciente. El lugar tiene también su aquel, porque el muelle Ramón de la Sota donde se ubica está sobre los restos de la ciudad-fábrica del Euskalduna. Dentro hay 36 obras de artistas de distintas disciplinas -fotografía, escultura, vídeo…- y de primer nivel -Dora Salazar, Joan Fontcuberta, Agustín Ibarrola, Marisa González…- creadores que, desde los años 80 hasta esta actualidad, han ido reflexionando desde el arte sobre el universo estético, simbólico y social de la industria. Y en esta mirada, la del arte, está recogida la memoria de una época crucial que ya ha desaparecido y de un patrimonio cultural, el industrial, que «forma parte de nuestro ADN», apunta Javier Puertas, presidente de la Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública (AVPIOP/IOHLEE), asociación implantada en Bizkaia, Gipuzkoa y Araba.

Por cierto, antes, quedémonos con algunos términos: edificios cebra -esas urbanizaciones blancas y grises o negras que están poblando nuestras localidades-, urbanalización -las ciudades acaban pareciéndose unas a otras; es efecto de una globalización estética- o fachadismo, cuando se dejan exclusivamente las fachadas de los edificios antiguos.


«Espigón de La Benedicta, Sestao», fotografía del proyecto «Ezkerraldea: últimas huellas de la identidad», realizado por Jesús Ángel Miranda junto a Fidel Raso. (Jesús Ángel Miranda)

Pero, ¿los edificios de las fábricas son patrimonio? La pregunta parece incoherente a estas alturas, cuando está aceptado y legislado -la Ley 6/2919 sobre el Patrimonio Cultural de la CAV y la Ley Foral 14/2005, en Nafarroa, tienen apartados específicos sobre el patrimonio industrial-, pero, hace cuatro décadas, no era tan rara. «Evidentemente ahora no estamos en las mismas circunstancias, porque, en aquel contexto social y político de crisis económica, esto de que las fábricas tuvieran un valor patrimonial y que formaran parte de nuestro acervo cultural era básicamente una locura. En Euskadi no tenemos impresionantes restos romanos ni catedrales góticas. De las tipologías del patrimonio cultural que tenemos, el industrial es uno de los más relevantes y, además, nos identifica como sociedad. Porque la Euskadi de hoy no se puede entender sin lo que ha sido nuestro desarrollo industrial de los dos últimos siglos», añade Puertas.

Este economista, que es también miembro de la directiva y coordinador en el Estado español de la Red Europea de Asociaciones de Patrimonio Mundial, lleva 16 años al frente de AVPIOP. Actualmente, la asociación está compuesta por unos 150 miembros, procedentes de distintos sectores -«el patrimonio industrial es interdisciplinar», recalca-, entre los que se encuentran arquitectos, artistas… Hacen una labor de protección y vigilancia, pero también “educativa” con los medios, los políticos y la opinión pública. «He tenido reuniones con políticos en las que nos decían que Euskadi terminaba en la Ría y que la Margen Izquierda no es Euskadi», añade.


Un hombre mira por la ventana de su casa, situada a escasos metros de una zona industrial. (Juantxo Rodríguez)


Retrato de la vida en las ciudades industriales, donde unos niños juegan en un solar junto a una fábrica. (Juantxo Rodríguez)

EN NUESTRO ADN

Las cosas y las sensibilidades han cambiado, por suerte. «Empieza a haber cierto cambio de paradigma y sí que los planteamientos respecto a la conservación del patrimonio están más consolidados, también a nivel institucional, algo que es fundamental para nosotros», añade Puertas. Pero, de ahí a la perfección, hay un trecho. Explicado a vuelapluma: en el caso de Gipuzkoa, Araba y Bizkaia, sí que se protege, pero las instituciones no vigilan lo suficiente que esa protección se cumpla. Ahí Puertas señala directamente a las Diputaciones -cada una tiene su propio criterio y el de algunas, sobre todo la de Bizkaia, es «un criterio muy laxo», apostilla-, aunque también pide al Gobierno de Lakua que se “moje”.

Por ejemplo, ante el reciente escándalo del derribo del palacete Irurak bat de Getxo, «la portavoz del Gobierno Vasco se descolgó con unas declaraciones diciendo que ellos no tenían nada que ver con eso, porque este palacete solo estaba protegido en el nivel municipal. Pero el Gobierno Vasco como tal sí tiene una responsabilidad, que es que la ley se cumpla», puntualiza. «Las Diputaciones, sobre todo en Gipuzkoa y Bizkaia -añade Puertas-, no están diciendo a los propietarios: ‘Oye, tú que tienes un bien cultural protegido, la ley te dice que tienes que conservarlo, ya lo puedes ir haciendo porque, si no, voy a hacerlo yo subsidiariamente y, luego, te voy a pasar la factura’. No lo están haciendo, están mirando para otro lado». Y lo que sigue a esto es ruina, derribos… y suelo disponible para nuevas edificaciones.


Los Altos Hornos vistos casi como si fuera una catedral iluminada por Santiago Yañiz, en «Paisajes en la memoria» (1987). (Santiago Yañiz)

¿El resultado de esta dinámica? «Es terrible, se nos están cayendo los edificios que ya están protegidos», avisa Puertas. En esa situación de abandono que denuncia la asociación están en la actualidad cerca de una docena de edificios, la mayoría en Bizkaia. Aquí la lista: En Bizkaia, en la bilbaina Punta Zorroza, Grandes Molinos Vascos y Talleres de Zorroza -comprados por una promotora inmobiliaria-, el puente de Alzola -cruza el río Cadagua-, la Teneria de Forua -antigua fábrica de curtidos ubicada junto a la ría de Gernika-, la bermeana Conservas Ormaza y los cotos mineros de Muskiz.

En Gipuzkoa, la Fábrica de Manufacturas Olaran, en Beasain; la Nueva Cerámica de Orio, el viaducto de Ormaiztegi -diseñado por el ingeniero Alexander Lavalley, predecesor de Gustave Eiffel- y la draga Jaizkibel, situada en los astilleros de Ondartxo, en Pasaia. En Araba, la gasolinera Goya, de Gasteiz. «En 2024-2025 no se ha protegido nada de patrimonio industrial y, con este nuevo equipo de Gobierno, mucho nos tememos que no es una prioridad», explica Puertas.


Juan Carlos Eguillor, crítico con la desindustrialización, visualizó a Bilbo vestido de placas de titanio, por el Guggenheim, y con la cabeza de la chimenea de la demolida Compañía de Maderas. (Juan Carlos Eguillor)


Anna Schmidt pinta, en «Baldío» (2020), los terrenos olvidados de las urbes abandonadas. (Anna Schmidt)
BILBO, EN «TOP»

Imaginemos ahora que volamos, en modo dron, sobre la superficie de Hego Euskal Herria a la búsqueda de los restos físicos del gran despegue industrial de los siglos XIX y XX. Salimos de Sakana, sobrevolamos la cuenca del Deba y aquín está la capital vizcaina y sus localidades ribereñas, el gran laboratorio en el que, a finales de los 90, se aplicó el «efecto Guggenheim» -el museo se inauguró en 1997- y surgió la «nueva» Euskal Herria. Adiós a la industria, hola a otro modelo económico de turismo y servicios; así se vendió a nivel institucional aquella transformación del país. El presidente de la AVPIOP, quien hizo su tesis doctoral sobre el «efecto Guggenheim», lo denomina “city marketing”, nada menos.

«Se puso en marcha un plan con dinero público, que se llamaba Programa de Demolición de Ruinas Industriales, cuyo objetivo era vaciar cualquier referencia material y visual en nuestro paisaje de las industrias para reutilizar aquellos suelos con operaciones especulativas -viviendas, etcétera- y borrar así cualquier seña y referencia a ese pasado industrial», recuerda.

En aquella renovación urbana, «perversa», en sus palabras, se gastaron más de 20 millones de euros de dinero público en demoliciones. ¿Hoy en día, con lo que sabemos, haríamos lo mismo?, surge la pregunta. «Entiendo el contexto, por supuesto, pero ahora, y en conversaciones con nuestros responsables políticos, te das cuenta de que sí existe cierta sensación de arrepentimiento por cómo se llevó a cabo esa transformación», responde. La tendencia actual, añade, tampoco es perfecta: vamos camino hacia la “urbanalización”; es decir, en Euskal Herria se nos está quedando un paisaje urbano estándar, que bien vale para Durango, Taiwán o Lima. Y una opinión pública que no termina de ser consciente de lo que se está perdiendo en el camino.


Xabi Otero retrata en esta fotografía en todo su esplendor a la empresa Marcial Ucín de Azpeitia, en el año 2000. (Xabi Otero)

RUINAS QUE VALEN MUCHO

¿Por qué no se reutilizaron estos edificios para otros usos, como sí se hizo en otros países? Ahí esta la cuenca alemana del Rurh, por ejemplo. Con la falta de vivienda actual, ¿por qué no se utilizan las fábricas abandonadas? ¿Por qué, cuando desaparecen ante nuestros ojos no decimos nada? Alberto Salcedo, el comisario de la exposición y socio también de la AVPIOP, es nacido en un barrio obrero, en Laudio, y procede de una familia también obrera, de Oleaga. Igual por eso lo tiene tan claro: «Ahora la gente ya no se identifica con la clase obrera y eso hace que se trastoque todo: de la conciencia social que había antes, hemos pasado a una etapa más individualista. Yo estoy a favor de la transformación, pero con lo que no estoy de acuerdo es con el arrasamiento, porque el Bilbao que vivimos hoy ha perdido totalmente el carácter que tenía. Es más de un siglo de industrialización y, de repente, estamos hablando de, aunque suene cursi, una ciudad de hierro que ha vendido su alma al titanio. Hemos cambiado la fábrica por el museo; un museo que es como un McDonald’s de la gastronomía vasca: tiene empleados, el encargado puede ser vasco, la materia prima incluso podría ser vasca, ¿pero qué está sirviendo? Comida americana».

Uno de los casos que documentó en su tesis -“Arte y memoria industrial vasca. Revitalización del patrimonio industrial obsolescente mediante su intervención artística” (2023)- es el de Talleres de Zorroza, presente en la exposición en una fotografía de Carlos Cánovas e incluido ahora en la lista de edificios en situación de peligro elaborada por la AVPIOP. Terminada la tesis y con la documentación recabada, Alberto Salcedo fue consciente de que «el arte puede intervenir para evidenciar» lo que pasaba e «intentar cómo conservar esa memoria o activar a la sociedad para que lo reclame como suyo».


«Altos Hornos de Vizcaya» (2024), grabado sobre hormigón con estructura de acero de
Vinicius Libardone. (Vinicius Libardone)

Así decidió denunciar la situación de este edificio monumental, protegido desde los 90, y cuya propietaria, una inmobiliaria, ha dejado degradar e incluso había demolido alguno de los edificios protegidos. Lo hizo ante las instituciones: «El Ayuntamiento, que si era cosa de Diputación. El Gobierno Vasco, que era cosa de Diputación, y Diputación, que no era cosa suya», explica. Presentó denuncia ante la Fiscalía -la Ley de Patrimonio Cultural habilita a cualquier ciudadano a hacerlo- y ahora el caso está judicializado. Otro tanto hizo con Molinos Vascos, aunque esta denuncia fue archivada. «La Diputación se ha comprometido a restaurar las cubiertas, pero esa restauración nunca llega. En los últimos quince años ya es la tercera vez que veo en prensa que las van a arreglar. El edificio se va degradando y, si al final se cae, ¿quién es el responsable? ¿Tenemos conciencia en la sociedad de la importancia que tiene? Es lo que yo llamo el discurso hegemónico para positivar la transformación post-industrial».

Un ejemplo de ello es el proyecto de Zorrozaurre, apunta, el Plan Especial de Ordenación Urbana ideado por la arquitecta Zaha Haddi, que incluía recuperar e incluir 19 edificios industriales. «Pero se ha demolido muchísimo», apostilla Salcedo. «Y hacen edificaciones que imitan a las anteriores; o sea, patrimonio fake», añade. En la lista de “heridas patrimoniales”, causadas en Bilbo principalmente por la apuesta institucional por una arquitectura de nombres famosos y premios Pritzker, Salcedo incluye al depósito Franco, un edificio que se demolió parcialmente para incrustar las Torres de Isozaki y del que solo han dejado la fachada -fachadismo de manual-; el edificio de la Alhóndiga, tanto en el exterior como en su interior o el nuevo Museo de Bellas Artes. «Estamos privatizando una plaza pública», apunta refiriéndose a la plaza donde estaba la estatua de Arriaga, que ahora queda dentro del museo.


«Sala de control (2002-2003)». Marisa González documentó durante dos años el proceso de desmantelamiento de la planta nuclear de Lemoiz. Ahora prepara su participación en «La era atómica», para el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Fechas: del 25 de noviembre de este año al 16 de mayo de 2027, y estará comisariada por Julia Garimorth, Maria Ptqk y Maria Stavrinaki. (Marisa González)

¿QUÉ HACEMOS CON LEMOIZ?

Una de las grandes ruinas industriales de este país es la central nuclear de Lemoiz. Marisa González (Bilbo, 1943) es una de las artistas pioneras en el Estado en combinar la creación artística y las tecnologías de comunicación y reproducción de imágenes y es también quien más ampliamente ha documentado el desmantelamiento de la central los años 2002 y 2003, después de que el Gobierno de Madrid decidiera echarle la llave en 1984 tras atentados, muertes y fuertes protestas populares. Hasta finales de enero pasado presentó parte de este trabajo en la restrospectiva que le dedicó la Alhóndiga -antes se vio en el Reina Sofía de Madrid- y en Itsasmuseum se pueden ver algunas fotografías de un trabajo en el que, reconoce, «era consciente de que estaba haciendo algo muy importante. Lemoiz estuvo 20 años parado, montado entero. Nada más le faltaba pulsar un botón y se ponía en marcha». Relata aquellos días, en las plantas bajo tierra, con los obreros cortando las turbinas para poder sacarlas al exterior. Le decían: «Es increíble, nosotros estamos en este infierno, porque era un infierno y el puro fuego, para ganar el pan de nuestros hijos. Y a usted, la vemos divertida». Del material almacenado e inservible de la central pudo llevarse un camión y, aunque en Madrid le robaron gran parte del material, sigue custodiando «como un cuarto de camión» con la memoria de una construcción que nunca se puso en marcha.


«Bilbao, Zorrotza, 1993» (1993), de Carlos Cánovas. La imagen corresponde a Talleres de Zorroza, que está situado en Punta Zorrotza. Es un conjunto monumental protegido pero en peligro, debido al abandono por parte de los propietarios. (Carlos Cánovas)

El trabajo de Marisa González sobre Lemoiz estará también presente el otoño que viene en la exposición del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Se titulará “La era atómica” (del 25 de noviembre de este año al 16 de mayo de 2027), y estará comisariada por Julia Garimorth, Maria Ptqk y Maria Stavrinaki. ¿Ella qué haría con la central de Lemoiz en la actualidad?, le preguntamos. Hay un proyecto de piscifactoría que no arranca. «Yo lo primero que les dije cuando empezaron a desmantelar, era que parasen y lo dejaran como museo de la industria, como un museo de una nuclear. Me parece que solo hay una en Francia. ¿Por qué? Porque las nucleares están contaminadas todas, pero esta es la única que no está contaminada y sería un reclamo turístico impresionante en el mundo entero, porque nadie ha visto una central nuclear por dentro».

Misma pregunta para Javier Puertas: «Nosotros nunca nos inclinamos por un uso en concreto. Siempre hablamos de que el uso que se dé a la instalación tiene que ser compatible con los valores patrimoniales arquitectónicos que tiene y que no se desconfigure y que, entiéndeme, no se prostituya».


Javier Puertas, presidente de la AVPIOP, y Alberto Salcedo, comisario de la «Ars ex Industria», posan en la entrada de la exposición que se puede ver en el Itsasmuseum de Bilbo. (Aritz Loiola | FOKU)

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