No concibo un tinglado escénico más vivo, más teatral y al propio tiempo más artificioso que la política. El drama -incluso la tragedia-, la comedia y subgéneros como el sainete, la parodia, la mojiganga, etc., pululan frenéticamente por escaños y tertulias. La farsa hoy día goza de un espléndido predicamento en el mundillo de la política.
En una sociedad en la que se ha institucionalizado la mentira, la ética es a la política como la seráfica Auvernia al FMI.
Por eso uno se inflama cuando estos tribunos bien pagados y alimentados por el sufriente ciudadano de a pie imparten cátedra de moralidad. Sobre todo cuando año tras año prolongan su impresentable gestión: el conflicto de Euskalherría estancado, el acceso de los jóvenes a la vivienda vetado, precariedad laboral…
En estas condiciones, que la esencia de la gestión política se encamine a la propuesta de mociones éticas contra ciertos ayuntamientos e instituciones, resulta absolutamente preocupante y condenable.
Los actos criminales de ETA no han de ser más condenables que el apoyo de estos partidos “democráticos” a un statu quo dantesco. Dantesco y criminal. Y no es únicamente por la lacra de la tortura y la violencia institucional contra la disidencia vasca. Analicen la política del gobierno. ¿Alguien duda de que el PSOE se haya aliado con los ricos del mundo? Si alguien lo duda que escuche a Almunia. ¡Vaya modelo de ética!
Es el alineamiento con EEUU, cuya política exterior de guerras y genocidios años ha debiera haber sido condenada. Es el silencio ante la producción de armas de destrucción masiva fabricadas en el estado español. ¿Qué va a pasar con las bombas de racimo? Es por el apoyo a multinacionales, Repsol, Telefónica, Zara, etc., que potencian la esclavitud- las andanzas de Zara por el Tercer Mundo-, el expolio, la descapitalización de los países pobres…
Que estemos hasta el moño de la sinrazón moral, logística, política y todo lo que se quiera de estos salvapatrias de ETA -que maldita la gracia la que nos hace a los abertzales que añoramos otros caminos hacia la soberanía-, es una cosa. Otra muy distinta es que, personajes cuya moralidad -o inmoralidad- esté tan en entredicho, me dicten qué, cuándo y cómo he de condenar. No tienen más autoridad para obligarme que la que les otorga el “toguillas” de turno, el tricornio o el “mozorro” que te birla el ordenador. Esa es su única autoridad, porque de su calaña moral podríamos hablar largo y tranquilo sin esos primos de zumosol a los que nos hemos referido.
En otro orden de cosas, tampoco es ético fabricarse constituciones -trágalas- cerradas. Nada más ajeno a la democracia que consagrar leyes inmutables.
La ética, por encima de las religiones, es el eje “sine qua non” de un mundo humano, justo y democrático. La ética debe garantizar todos los derechos humanos y como consecuencia los del ciudadano. La ética impone una justicia solidaria en el reparto de la riqueza y en los aspectos retributivos. Impide la explotación o la esclavitud y protege, entre otros, el derecho del ciudadano a preguntar y ser preguntado en cualquier orden de cosas… Y otros muchísimos aspectos que el humanismo y la etología humana dictan.
En estos días, los “padres de la patria” españoles pontifican sobre la inconstitucionalidad de la consulta de Ibarretxe -siglos llevan impidiendo preguntas y respuestas al pueblo vasco-. ¿Qué podemos pensar quienes opinamos que negar la capacidad de consulta a cualquier entidad, además de inmoral, nos parece puro fascismo?
El fascismo es esencialmente inmoral. Las constituciones son leyes que garantizan siempre los derechos del ciudadano. Los partidos que las convierten en dogmas -por mucho que se precien de izquierdas- son partidos fascistas. Por encima de toda constitución están los derechos del ciudadano. El día que los políticos españoles lo asuman se terminará el conflicto vasco, o más propiamente “el conflicto español”.
Tal vez ese día sabríamos porqué ese pavor, ese tabú, a permitir a un pueblo que se exprese libremente. Pura ética.
Farsa o ceguera, miedo o conchabanza, ceguera o malversación de la confianza que ha depositado en ellos el ciudadano es lo que podemos apreciar en nuestros políticos, los de casa.
Porque ya estamos hartos de este marear la perdiz. ¿Cuántos años más tenemos que soportar este -si no fuera tan dramático- vaudeville: ETA, condenas, proclamas patrióticas de la corte…?
¿Por qué los políticos vascos no explicitan de una vez por todas el nudo gordiano de la cuestión? Ni parcheos autonómicos, ni estatutos cepillados, ni transversalidades imposibles y humillantes. Los españoles siempre nos esgrimirán los límites de su constitución mientras tal constitución siga con su antidemocrática espada de Damocles. Es decir, mientras la “sagrada” unidad del estado español emane del ejército, de las armas, de la violencia -según se prefiera- y no de la libre decisión de los ciudadanos.
¿Qué otro argumento podemos esgrimir ante un ZP, un Rajoy o el López de turno? No hay otro. Mientras estén en vigor los artículos 1.2, el 2, el 8, como vulgarmente se dice, “no tenemos nada que arrascar”. Tal vez nos quede mendigar, que es a lo único que realmente parecen aspirar muchos de nuestros políticos.
La fuerza de las armas es la razón secular que han utilizado nuestros vecinos para someter a Basconia a su soberanía o a sus constituciones. ¿Alguien puede exponer algún otro argumento?
Mientras “democráticamente” -la única forma de conseguirlo teniendo en cuenta la potencia de los “argumentos” del vecino- no se supere esta imposición, los vascos seguiremos ofertando exvotos y ritos vacuos al sol.
A ver si de una vez templamos las cabezas, unimos nuestras fuerzas y encaminamos nuestros pasos por la única difícil vereda posible. Sería una voz unánime y sin fisuras, alta y tenaz, exigiendo a España una nueva transición, constitución o lo que sea, que posibilite otro ordenamiento más democrático, más ético. Difícil tarea, viendo como está el patio de la vecindad. ¿Si alguien ofrece otra alternativa más eficaz? Que lo manifieste o tendremos que callarnos in saecula saeculorum.








