Naufragio moral europeo

Las contemporizadoras declaraciones de Von der Leyen parecen haber enfurecido a buena parte de las instituciones europeas. La defensa de un mundo anterior a Trump “fundamentado en reglas” opuesto al unilateralismo estadounidense recuerda más al género de ficción que a la historiografía. No hace falta ir demasiado lejos para conocer el alcance de la hipocresía cósmica de la Unión Europea. La forma en que permitieron la brutal represión española contra la minoría nacional catalana en octubre de 2017 convierte a los indignados funcionarios de Bruselas en una versión barata del capitán Renault al clausurar el café de Rick porque se jugaba a la ruleta.

La legalidad internacional de un mundo fundamentado en el respeto a las reglas emana de la Carta de Naciones Unidas, donde queda bien recogido el derecho a la autodeterminación de las naciones sin Estado. Contrariamente a los opinadores a los que los medios ponen todos los micrófonos, lo de 1945 no iba de los procesos de descolonización, sino que se fundamenta en la Sociedad de Naciones (la ONU es su ‘restyling’) surgida de la Primera Guerra Mundial. Y así fue porque precisamente se entendió que uno de los principales factores de aquel conflicto que empujó a Europa al abismo fueron las tensiones internas de unos imperios que, en virtud de los principios democráticos, no tenían otro destino que el de la disolución. Aún hoy, la inmensa mayoría de conflictos internacionales tienen que ver con esto, la inexistencia de una ley de divorcio entre naciones.

Hablar de “legislación internacional y un mundo basado en reglas” puede ser un eficaz método propagandístico para acusar a Estados Unidos y Trump de las barrabasadas recientes. Un poco para poner contraste respecto a una “arcadia post-1945”. La historia es la que es, y la guerra fría no fue más que la concatenación de conflictos sangrientos y operaciones unilaterales pisando reglas, legislaciones y morales. La operación Gladio, de los servicios secretos occidentales, implicaba guerra sucia, falsas banderas y terrorismo. Los golpes de estado patrocinados por la CIA en América Latina o guerras de Vietnam o Argelia, o desde el otro lado del muro, invasiones como las de Hungría o Checoslovaquia eran acciones también unilaterales donde cada contendiente trataba de proteger sus intereses particulares al margen de lo que opinaba la gente.

Tras la guerra fría, “el fin de la historia” fukuyanense que prometía una estabilidad próspera a base de economía de mercado y democracia liberal quedó muy lejos de esa arcadia moral prometida. Alemania trató a la anexionada RDA como una colonia; el neoliberalismo trinchó millones de vidas, haciendo retroceder a la clase media occidental, destruyendo buena parte de la estructura industrial, y con la oportunidad de la crisis financiero-inmobiliaria, devastar a países enteros con el pretexto de la deuda. Y en todo este período de declive europeo a base de decisiones propias, cabe destacar la impotencia voluntaria ante el escándalo de los papeles de Panamá, donde quedó claro que, a pesar de la certeza de que los ultra ricos se nos ríen en la cara, nadie ha hecho ni dicho nada. O los papeles de Epstein, donde más allá de las fiestas satánicas con poderosos depravados, se olvida que, en el caso de Mandelson, utilizaba toda la red de epsteinistas para sabotear cualquier medida que hiciera pagar impuestos a los ricos en plena crisis de la deuda.

La Europa actual es un naufragio moral. Señala a quien se salta las reglas cuando ha sido incapaz de aplicárselas a sí misma. Europa, con sus discursitos morales, arrebata los coches a los jóvenes para cambiarlos por patinetes eléctricos –en nombre de la sostenibilidad–. O boicotea a Putin mientras ayuda a Erdogan (cuando ambos se disputan codo con codo el campeonato mundial de déspotas). O se empeña en que haya europeos de primera –los españoles– y de segunda –los catalanes, a los que somete a un apartheid lingüístico.

Por cierto, esta Unión Europea, sin ninguna autoridad moral, con un poder muy mermado y con un creciente aislamiento, ¿no se da cuenta de que Cataluña es uno de sus puntos débiles? Cualquier estudiante chino, ruso o estadounidense de primero de relaciones internacionales sabe que la independencia de nuestro país es una forma de desestabilizar esta construcción política, por ahora, fracasada. Quizás nosotros también tomemos nota.

EL PUNT-AVUI