El pasado 15 de octubre se inauguró en el Museo Histórico Alemán de Berlín la exposición “Hitler y los alemanes: nación y crimen”, muestra que se centra en la figura de Adolfo Hitler y donde se ha evitado dar la impresión de glorificar al dictador y por ello ni tan siquiera se muestran sus uniformes. Algo parecido en España respecto a Franco sería impensable cuando aún ni siquiera se han atrevido a retirar sus restos del Valle de los Caídos, donde yacen más de treinta mil republicanos muertos durante su construcción. Los alemanes, que se libraron de Hitler gracias a las tropas aliadas -y Franco murió en el hospital, de viejo, treinta años después-, han querido mostrar a las nuevas generaciones cómo fue aquel terrible paréntesis de su historia y sus consecuencias y evitar que puedan proclamar “yo no lo sabía”. En la muestra, más de mil objetos muestran el atractivo inicial de un hombre (Hitler) y un partido (nazi) que ofrecían trabajo, orgullo y un propósito vital, a la vez que empleaban la violencia y la brutalidad contra aquellos que no comulgaban con sus ideas. Algo parecido a lo que ocurrió con la España de Franco, sólo que durante 40 años. En aquella época, los alemanes se volvieron locos y siguieron a Hitler, como aquí, muchos se volvieron perturbados y siguieron a Franco hasta el final. Sólo que en Alemania muy pocos son ahora nazis, mientras que en España los franquistas o sus hijos siguen teniendo tal poder que la justicia argentina preguntaba al gobierno español si la justicia española estaba investigando el genocidio franquista. Pues no, señora justicia argentina, ni se tiene intención alguna.








